El Papa y el género. Las rémoras
"Ha resultado refrescante la coincidencia entre la más genuina democracia cristiana, la que postula el Vaticano, con la izquierda socialdemócrata europea".

El papa norteamericano Roberto Francis Prevost, nacionalizado peruano tras haber ejercido una larga tarea misionera en el país sudamericano, es un personaje cosmopolita, con una visión multifocal de la realidad del planeta, que le ha permitido hacerse cargo de la compleja geoestrategia mundial y de las diversas pugnas por la hegemonía que han incendiado vastas regiones del globo. En este sentido, ha resultado refrescante la coincidencia entre la más genuina democracia cristiana, la que postula el Vaticano, con la izquierda socialdemócrata europea. Escuchando al Papa en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, uno creía oír al Enrico Berlinguer de los años setenta del pasado siglo enunciando su compromiso histórico. No es extraño que los socialistas españoles salieran del acto emocionados ante un personaje como León XIV que postulaba el respeto al derecho Internacional y el multilateralismo junto a unas políticas sociales encaminadas a garantizar un estado de bienestar protector, promotor de una redistribución eficaz, generoso con los inmigrantes y pendiente de consolidar una sociedad tan plural y diversa como integrada.
Nunca nos explicaremos del todo cómo los máximos dirigentes del PP y de VOX, que acaban de firmar un acuerdo para defender la indefendible tesis de la “prioridad nacional” -es decir, una discriminación sistémica de los inmigrantes frente a los nacionales-, aplaudieron a quien acababa de afearles su proceder durante siete minutos… que hubieran sido más si Prevost, apiadándose de ellos, no hubiera enfilado la puerta de salida cuando consideró suficiente el homenaje.
La lección magistral de Prevost a la clase política española incluyó varias normas de buena educación, como el control de la polarización política o la exclusión de los insultos y las humillaciones irónicas del repertorio del debate. Por una lógica elemental, nuestros diputados y senadores habrían de acomodar sus conductas al modelo que tanto les agradó si realmente fueron sinceros los aplausos, pero sería inútil hacerse ilusiones: el tono hosco, agraz, desabrido, insultante, irreverente del discurso parlamentario continuará como hasta ahora. Ya se sabe que los milagros no existen, aunque las iglesias los cultiven para embelesar al personal.
Pero no todo han sido aciertos en el proceder del papa norteamericano, que como es normal criticó con la proverbial rotundidad tanto el aborto como la eutanasia (asuntos estos de índole moral que cada uno debería gestionar según su conciencia, sin intromisiones). Los principales fallos de la “visita pastoral” han estado relacionados con el género y han sido por omisión: nuestras sociedades tienen todavía dos gravísimos problemas en este ámbito, de los que la Iglesia Católica no parece darse por aludida puesto que los excluye del debate: la postergación de la mujer y la discriminación del colectivo LGTBIQ+.
