Europa contra Trump y España marca la pauta
La amenaza trumpista de romper las relaciones comerciales con España es solo una parte muy menor de la confrontación.

Toda la prensa internacional del día de hoy relata, como es natural, el desencuentro entre el primer ministro español, Sánchez, y el presidente norteamericano, Trump, pero la mayoría de los medios ya no se refieren tan solo al desmarque español de la brutal operación de Israel y los Estados Unidos contra Irán. POLITICO, por ejemplo, dedica hoy sus análisis sobre la cuestión como un enfrentamiento ideológico claro entre Washington y tres de los principales líderes "centristas" europeos: Sánchez, Macron y Starmer. La amenaza trumpista de romper las relaciones comerciales con España es solo una parte muy menor de la confrontación.
Quizá no se ha prestado la debida atención al hecho significante de que hace apenas unos días, durante los preparativos de la brutal agresión, el laborista Starmer, primer ministro británico, ya negó a Trump la utilización da las bases aéreas de las islas para los bombarderos norteamericanos que iban hacia Irak. Fue entonces cuando el desaforado presidente USA lanzó el dardo presuntuoso: Starmer no es precisamente Churchill, dijo, sin percatarse de que él tampoco es Abraham Lincoln. Pero el americano tuvo que tragarse el sapo de la negativa, secundada después por la de Sánchez, que hizo lo mismo con las bases españolas.
En cuanto a Macron, en palabras de POLITICO, "ha calificado la guerra con Irán de peligrosa, advirtiendo que no cumple con el derecho internacional y que no puede ser apoyada". Si a ello se añade que la presidenta de la comisión, von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, han respaldado explícitamente la posición de Sánchez contra el chantaje económico que baraja Trump, se verá que Europa -la UE y e Reino Unido- han formado una oposición muy clara y firme contra el proyecto belicista, imperialista, de Trump, secundado por el genocida primer ministro israelí.
El principal mérito de la rebelión europea, desencadenada por la explícita y resonante negativa española a participar en la guerra, es que representa una revisión de la historia que arranca en 2003, cuando un predecesor de Trump impulsó su política intervencionista en Oriente Medio con la invasión de Irak, secundada entonces -las vueltas que da la vida- por los primeros ministros español y británico, Aznar y Blair. Era el Trío de las Azores.
Como se recordará, hace ahora 23 años, el presidente republicano George W. Bush utilizó la añagaza de las imaginarias armas de destrucción masiva para cristalizar la coalición contra Sadam Husein, en la que participó España de la mano de Aznar. El 18 de marzo de 2003, el presidente francés, Chirac, declaraba solemnemente: "Irak no representa hoy una amenaza inmediata que justifique una guerra. Francia llama a la responsabilidad de todos para que se respete la legalidad internacional. Deshacerse de la legitimidad de las Naciones Unidas, privilegiar la fuerza sobre el Derecho, sería una gran irresponsabilidad". El jefe de Estado francés batió entonces todos sus récords de popularidad, con tres cuartas partes de los franceses satisfechos con su decisión. Pero a pesar de todo, la segunda guerra de Irak comenzó al día siguiente, desencadenada por Estados Unidos, aliado con Gran Bretaña. Las relaciones con Estados Unidos se vieron deterioradas durante varios años, pero Chirac ganó un prestigio innegable en muchos países con esta negativa. Y en cuanto a España, el 11 de marzo de 2004 se producían unos terribles atentados islamistas que produjeron 192 muertos y más de dos mil heridos.
En el 2003, la izquierda y el centro españoles se manifestaban activamente contra el belicismo del gobierno bajo el lema de "no a la guerra", el mismo que ha enarbolado Sánchez en su mensaje oficial de negativa a participar militarmente en el conflicto actual. Todavía no hay encuestas, pero no es difícil intuir que una clara mayoría de españoles y de europeos está en contra de atizar una guerra inicua, inútil, que llevará hasta la consunción a unos territorios ya muy castigados.
Torticeramente, la Casa Blanca ha intentado una miserable operación de imagen al declarar una portavoz de Trump que España se había plegado a última hora a la voluntad del sátrapa y ya daba facilidades al ejército norteamericano. El desmentido no deja lugar a dudas. La posición española es la ya conocida, la que se resume en el vibrante “no a la guerra” que el gobierno español ha decidido interpretando la voluntad de la mayoría. Y no estamos solos, ya que la única vía de agua europea que afecta a esta posición es la que ha abierto el débil canciller de Alemania, el socialcristiano Merz, quien además de reírle las gracias a Trump, le ha recordado ante la comunidad internacional que España es el país que se niega a invertir el 5% de su PIB en la defensa. Como bien ha dicho nuestro ministro de Exteriores, hubiera sido impensable que Merkel, y mucho menos Adenauer, hubiera actuado con tan humillante cobardía.
Como es lógico, el PP, que siempre ha tenido el horizonte demasiado cerca de sus propias narices, se ha apresurado a manifestar que Sánchez podría aprovechar esta intervención ante la comunidad internacional para convocar elecciones. Ignoro, evidentemente, si piensa hacerlo o no. Pero la cuestión no es esa: nuestro país ha dado una lección de dignidad y de principios al mundo, y la ciudadanía española tiene elementos de juicio para explicar a las generaciones emergentes para qué sirve realmente la democracia. Un bien tan preciado que uno no querría ver zarandeado por algunos mediocres políticos que no están a su altura.
El HuffPost no se hace responsable ni necesariamente comparte las opiniones expresadas por los autores o colaboradores de esta publicación.
