La verdad más terrible
A la gente le importa la vida de personas anónimas y lejanas menos de lo que les importa confirmar que los otros —contra los que se definen, a los que necesitan para ser alguien— son los verdaderamente malos.

No sé, a lo mejor soy yo, que ya estoy desquiciado, pero siempre que ocurre una catástrofe que tiene alguna repercusión política al apuntar a la incompetencia de un dirigente, me da la impresión de que los tertulianos, políticos y columnistas del lado contrario se alegran de que haya ocurrido. Vale, no todos. Pero no son pocos los que exageran lo sucedido o reaccionan a nuevas noticias que agravan la tragedia con un lenguaje corporal de autoafirmación. Y cuando un escándalo señala a un posible delito —económico, sexual…— de alguien alienado —no es errata— ideológicamente, igualmente las celebrities que militan en la alienación contraria celebran que el mundo se ajuste a sus expectativas, o buscan dónde está el error ante nuevos indicios que indican, por ejemplo, que el delito no existió.
Ocurre con precisa simetría en los dos bandos de la III Guerra Mundial. La proclama suele tomar la forma de la indignación, pero nunca me parece el enfado reflejo de alguien que está sinceramente dolido por lo ocurrido, sino la cólera ganadora del que de pronto ve un agujero en la defensa del equipo enemigo por la que puede marcar un gol. Esto que voy a decir es terrorífico, pero lo creo sinceramente: si un político de izquierdas descubriera al despertar mañana que la dana sólo fue un sueño, que nadie murió durante aquellos días de octubre y Mazón sigue gobernando la Comunidad Valenciana con buenas expectativas electorales, no sé si respiraría aliviado o contrariado. Exactamente lo mismo diría de un político de derechas cambiando la DANA por el accidente de Adamuz y a Mazón por Puente.
Y exactamente lo mismo diría de los delitos económicos o sexuales. Hay que ver lo mal que sienta a los enfadaditos de un lado que lo que parecía ser un robo o un abuso cometido en el otro lado finalmente resulte ser una falsa alarma. Nunca les vi alegrarse al enterarse de que una mujer que parecía haber sufrido una agresión en verdad no la había sufrido, o de que un dinero que debería haber sido destinado a dotar de medios a un hospital efectivamente había sido destinado a dotar de medios a un hospital. Algunos psicólogos consideran que la principal, casi la única, motivación que alienta la conducta humana es la búsqueda de la coherencia entre los hechos y nuestras expectativas, la predicción del mundo desde los mapas habitualmente ridículos que usamos para movernos en él.
Yo no estoy de acuerdo. Sí creo, claro, que ratificar tu visión del mundo puede ser un valor importante, especialmente cuando estás dentro de una secta, especialmente cuando dirías las palabras “derecha” o “izquierda” si te pidieran definirte en una frase —¡en el año 2026 d.C.!—, especialmente cuando te sentirías menos desnudo sin ropa en mitad de la calle que sin etiquetas en un debate político. Pero por encima de eso está la verdad más terrible: salvo que los medios nos pongan en primer plano un caso particular —por ejemplo, la niña que perdió a su familia, que despierta una sincera lástima—, a la gente le importa la vida de personas anónimas y lejanas menos de lo que les importa confirmar que los otros —contra los que se definen, a los que necesitan para ser alguien— son los verdaderamente malos.
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