'La verdad', ¿se lo contamos a nuestras parejas?
La divertida comedia con Joaquín Reyes que seguramente no te esperabas.
Llega La verdad a la cartelera del Teatro Infanta Isabel. Comedia de Florian Zeller, el dramaturgo de moda, protagonizada por Joaquín Reyes y dirigida por Juan Carlos Fisher, que se ha convertido en un experto en montar textos de Zeller en España, pues este es el tercero que pone en escena.
Lo primero que hay que decir es que el autor no está de moda porque sí. Sabe escribir teatro, y La verdad es una de las mejores muestras. Aunque no es la que le dio la fama. Esa le viene de su trilogía de la familia: El padre, La madre y El hijo. Dramas que cuando llegaron a Londres arrasaron. Incluso dos de ellas llegaron a convertirse en películas que se pueden ver en Amazon Prime: El padre, protagonizada por Anthony Hopkins, que obtuvo dos premios Oscar, y El hijo por Hugh Jackman.
Tres tragedias que hacían pensar que ese era el género en el que dicho autor se movía como pez en el agua. Pues bien, la comedia de salón o vaudeville tampoco se le da nada mal. La muestra es La verdad. Una obra escrita para que el público se ría, sí, pero no para decirle que se tiene que reír y de qué. Que es en lo que suelen caer las comedias actuales más populares, y de ellas está la cartelera llena.
La situación es la siguiente. El protagonista, un hombre casado, de profesión liberal, con esposa e hija ya crecidita, tiene como amante a la mujer de su mejor amigo. Después de seis meses de relaciones escondidas, a hurtadillas, siempre en el mismo hotel, ella le plantea dos cosas. Pasar más tiempo juntos, por ejemplo, un finde, y, ya que están, contarles la verdad a sus parejas respectivas.
¿Que qué hace el protagonista? Ponerse a inventar y a argumentar porque según él contar la verdad no es la mejor estrategia en sus circunstancias, y su amante, la esposa de su mejor amigo, a contrargumentar. Si fuera un partido de tenis podría decirse que este es el primer set de los muchos que se van a dar en la obra. Y sirve para marcar el terreno de juego y como se hacen los puntos en este partido.
Sin embargo, ese planteamiento no sirve para saber qué va a pasar en el partido ni cómo se va a desarrollar. Ni siquiera quién dará la bolea final o quién, de este partido de dobles, va a ganar. Nada es predecible, excepto que como vaudeville, un vaudeville sin puertas, habrá entradas y salidas. Y, también, que los personajes se ocultarán datos unos a otros que el público sabrá, un conocimiento que le sirve para reír con lo que los actores se dicen en escena pues le añade contexto. Aunque, no siempre sabe el espectador que es lo que ocultan, pero si se le dan pistas para que lo intuyan o para crearle dudas y sospechas sobre lo que saben o dejan de saber los personajes. En este sentido es paradigmática la escena final.
Dar a estas relaciones y diálogos verosimilitud, exige al elenco sutileza. Una sutileza que tal vez se le ningunee a priori a Joaquín Reyes por el tipo de humor que ha practicado hasta ahora y que le ha dado tanta fama. Por lo que es una sorpresa ver como el instrumento actoral lo tiene afinado para poder asumir este tipo de roles. Donde la caricatura no es posible y los recursos a
usar tienen que ser otros, y que resulta que él los tiene y los practica sin perder su especificidad y carisma, por los que se le conoce y atrae al público. No le van a la zaga el resto. Destacando Natalie Pinot, como esposa. Verla tirar de los hilos en los que pone en un brete a su marido y como su personaje lo disfruta, es un gusto. Alicia Rubio sabe hacer lo propio como amante. Quizás flojeen las escenas de Reyes con Raúl Jiménez, porque entre ellos no parece haber química, al menos del día del estreno. La que tiene que haber entre los que se supone que son los mejores amigos de siempre. Una relación muy distinta de la que deben tener con sus mujeres que, al fin y al cabo, aparecieron después como sus respectivas parejas y la química a crear tiene que ser otra.
A todo eso se le añade una escenografía eficaz que permite recrear los ambientes de esa clase media de profesionales o altos funcionarios con buenos salarios. Hecha de madera de aspecto noble y grandes ventanales de cristal, en los que el reflejo permite a veces una perspectiva de la escena de trescientos sesenta grados. Espacio que remite a lugares confortables y con estilo, pero que podría ser cualquiera y en los que es fácil imaginar a los personajes y los espacios que habitan y usan.
Con lo anterior Juan Carlos Fisher ha conseguido una buena comedia. Con la que el público ríe, lo pasa bien y sale de buen rollo. Pero esta comedia es más que eso. De ahí el crédito que se le da a Zeller. Porque con este enredo amoroso de amantes y de cuernos, plantea cómo funciona la verdad y su espejo, la mentira, en sociedades tan sofisticadas como la occidental.
Lo que se puede y no se puede contar, lo que se debe y no se debe decir, y los intereses que mueven ese 'poder' y 'deber'. También que la verdad se puede vehicular de otras maneras, además del uso perverso que se puede hacer de ella facilitando la mentira, que a veces se califica de piadosa. De hecho, Zeller ha escrito el espejo de esta obra que se llama, como no podía ser de otra manera, La mentira. Y se sale de La verdad deseando reírla y verla.