Pulsión de cambio valenciana
"Frente a la resignación, toca afirmar una moral de victoria. Y hacerlo sin complejos".
Hay barreras mentales más difíciles de derribar que las físicas. A lo largo de la historia, muchos de los mayores frenos al progreso no han sido materiales, sino emocionales y culturales: la resignación, el miedo y la desmoralización colectiva. Si miramos atrás, comprobamos que numerosos avances que hoy consideramos irrenunciables -las vacaciones pagadas, el voto femenino o la libertad de vivir con dignidad la diversidad sexual y de género- tardaron demasiado en llegar porque hubo quienes se empeñaron en presentar cada conquista como una amenaza.
El miedo a la vanguardia no impulsa; bloquea. No construye alternativas ni abre horizontes, pero sí resulta una herramienta eficaz para paralizar a las mayorías sociales. Por eso, la moral de derrota ha sido siempre uno de los instrumentos más útiles de quienes quieren que nada cambie. Cuando se instala la idea de que no merece la pena intentarlo, de que todo está perdido de antemano o de que el cambio es imposible, lo que realmente se busca es que el progresismo baje los brazos antes incluso de disputar el futuro.
Ahora bien, también es legítimo temer el retroceso. Hay regresiones políticas y sociales que obligan a mantenerse alerta y a luchar. Del miedo al pasado puede surgir la acción; del desánimo a la acción, en cambio, hay un abismo.
Eso es exactamente lo que está en juego también en nuestro presente. De cara a 2027, en València y en la Comunitat Valenciana no basta con tener razón, ni siquiera con tener mejores propuestas. Hace falta algo más: generar una convicción colectiva de cambio, una energía social capaz de traducirse en esperanza, movilización y victoria. Porque ninguna transformación profunda se abre paso si antes no conquista el estado de ánimo de una sociedad.
Por eso conviene leer con cautela todos los mensajes que intentan instalar, de forma interesada, la resignación. Las encuestas convertidas en oráculos desmovilizadores, los relatos que presentan al bloque conservador como un poder inevitable o la ofensiva permanente para erosionar cualquier expectativa progresista forman parte de una misma batalla: la batalla por la moral pública. No se trata solo de desgastar a un partido o a unos liderazgos concretos; se trata de desactivar la posibilidad misma de un nuevo ciclo político.
La cuestión, por tanto, no es únicamente electoral. Lo que se dirime en 2027 es si València y la Comunitat Valenciana se resignan a seguir bajo gobiernos que han demostrado negligencia, insensibilidad y subordinación a los marcos de la derecha más reaccionaria, o si abren una nueva etapa de reconstrucción democrática, justicia social y ambición transformadora. Esa es la verdadera disyuntiva.
Frente a la resignación, toca afirmar una moral de victoria. Y hacerlo sin complejos. El cambio no puede plantearse como una hipótesis remota, sino como una tarea posible, necesaria y urgente. Esa pulsión de cambio debe expresarse con claridad en dos objetivos políticos: que Diana Morant presida la Generalitat y que Pilar Bernabé lidere la Alcaldía de València. No como una simple operación de nombres, sino como la condición para poner las instituciones al servicio de una mayoría social que necesita ser cuidada, defendida y representada.
Porque ganar no es ganar por ganar. Ganar es abrir paso a políticas que dignifiquen la vida de las personas dependientes; que reparen con justicia a las víctimas de la DANA; que protejan los servicios públicos frente a los recortes; que garanticen vivienda asequible frente a la especulación; que combatan el odio, el racismo y la exclusión; y que blinden la educación, la sanidad, la cultura y la lengua propias frente a quienes las desprecian o las convierten en moneda ideológica.
También significa dejar atrás una forma de gobernar que confunde ciudad con escaparate y territorio con negocio. Una forma de gobernar más pendiente del asfalto, de la foto y de la rentabilidad inmediata que de la vida cotidiana de la gente; más próxima a los intereses especulativos que a las necesidades de los barrios; más dispuesta a convivir con la anticultura y el negacionismo que a defender un proyecto moderno, habitable y decente de ciudad y de país.
El proyecto progresista para 2027 no puede salir a la defensiva ni limitarse a resistir. Tiene que salir a ganar. A ganar para que una vivienda no cueste un proyecto de vida. A ganar para que, cuando haya alertas y emergencias, existan responsables públicos a la altura, presentes y comprometidos. A ganar para impulsar corredores verdes, planificación urbana sostenible y políticas útiles frente al cambio climático. A ganar, en definitiva, para que la política vuelva a ser una herramienta concreta de mejora material y de esperanza compartida.
Ese proyecto debe hablarle a la mayoría social: a la gente joven que necesita becas, empleo y alquileres posibles; a las personas mayores que merecen pensiones dignas y cuidados; a quienes trabajan en lo público y sostienen los servicios esenciales; a quienes han llegado de otros lugares y reclaman derechos y respeto; a quienes defienden la cultura, la ciencia y la convivencia frente al fanatismo. La pulsión de cambio solo será real si logra articular a esa mayoría diversa en torno a una idea común de futuro.
La batalla electoral de 2027 será decisiva, pero antes de ser una batalla de votos será una batalla de ánimo, de horizonte y de confianza colectiva. Si el progresismo consigue activar esa moral de victoria y contagiar una auténtica pulsión de cambio, el actual ciclo conservador podrá ser recordado como lo que debe ser: un paréntesis breve, oscuro y superable en la marcha hacia una València y una Comunitat Valenciana más justas, más dignas y más vivibles.