La mansión de Michael Jordan tardó 12 años en venderse y acabó un 67% por debajo del precio inicial: el culpable, su obsesión por personalizarla con el número 23
Un ejemplo de que la fama no siempre añade valor cuando una propiedad.

A veces, el deseo de las celebridades por dejar su huella en cada rincón de sus propiedades acaba convirtiendo auténticas mansiones de lujo en espacios demasiado personales para el resto del mundo. Lo que para Michael Jordan era un símbolo de su legado deportivo acabó convirtiéndose en uno de los principales obstáculos para vender una de las mansiones más famosas de Estados Unidos.
La legendaria residencia del exjugador de los Chicago Bulls, ubicada en Highland Park, a las afueras de Chicago, permaneció más de doce años en el mercado inmobiliario antes de encontrar comprador. Cuando finalmente se cerró la operación, la propiedad se vendió por 9,5 millones de dólares, muy lejos de los 29 millones que Jordan pedía cuando la puso a la venta en 2012. Se produjo una rebaja final que rondó el 67%.
La vivienda, conocida como "Legend Point", no es lo que se dice una casa convencional. Según recoge Daily Mail, está diseñada a la medida de una superestrella de la NBA. En unos 5.200 metros cuadrados de superficie se albergan nueve dormitorios, 19 baños, una cancha de baloncesto cubierta de tamaño reglamentario, pista de tenis, piscina, biblioteca, sala de puros y garaje para 14 vehículos. Sin embargo, el mismo elemento que la hizo mundialmente famosa pudo haber reducido su atractivo para potenciales compradores.
El 23 en todas partes
La entrada principal de la finca está presidida por una enorme puerta metálica decorada con el número 23, el dorsal que convirtió a Jordan en una leyenda del baloncesto. Una personalización que no se quedaba ahí, sino que aplicaba también a diversos espacios de la propiedad que incorporaban referencias directas a la carrera del deportista, desde logotipos hasta elementos decorativos vinculados a su imagen pública.
Los expertos inmobiliarios llevan años advirtiendo que las reformas excesivamente personales suelen dificultar la venta de viviendas de lujo. Cuanto más adaptada está una casa a los gustos de su propietario, más difícil resulta que un comprador se imagine viviendo en ella. Además, la propiedad de Jordan recibía visitas diarias de muchos fanáticos que acudían a hacerse fotos en la puerta, un atractivo turístico que para muchos compradores potenciales suponía más un inconveniente que una ventaja.
Durante años se intentaron diferentes estrategias para encontrar comprador. El precio fue rebajado en varias ocasiones hasta alcanzar los 14,855 millones de dólares en 2015, una cifra curiosamente elegida porque la suma de sus dígitos también daba 23, otro guiño al número fetiche de Jordan. Pero ni siquiera esa rebaja consiguió desbloquear la operación.
Al final, la mansión terminó vendiéndose por apenas 9,5 millones de dólares, poniendo fin a una espera de más de una década y demostrando que, incluso en el mercado inmobiliario de lujo, la fama no siempre añade valor cuando una propiedad está demasiado ligada a la personalidad de su dueño. Y pocas veces esa advertencia ha quedado tan clara como en una mansión donde el número 23 terminó siendo tan icónico como difícil de vender.
