Rusia pierde la guerra ante Europa
"Cuando la guerra se alarga y se multiplican los ataques exitosos del enemigo, es muy difícil para el poder mantener el prestigio propio y convencer a la población de que la victoria está cerca".
La celebración este 9 de mayo del Día de la Victoria en Rusia, aniversario del triunfo de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi, ha deparado al presidente Putin una amarga experiencia, basada sobre todo en la incapacidad acreditada de sus ejércitos para ganar la guerra de Ucrania. Una guerra que dura ya más tiempo que el que fue necesario para combatir y vencer a la horda de Hitler en su malhadado intento de someter a la URSS. Dicho rubicón se atravesó el pasado enero porque fue entonces cuando la guerra actual superó en duración a la “Gran Guerra Patria”. Una influencer rusa partidaria de la guerra actual describía la realidad de su propio país explicando en Telegram que los abuelos de la Segunda Guerra Mundial “ya habían llegado a Berlín, y nosotros, por alguna razón, seguimos agitando los puños y diciendo tonterías sobre líneas rojas”.
La situación psicológica de Rusia es de franca depresión. Por una parte, la sociedad moscovita, como la del resto del extenso país, ha comprobado como la guerra se extendía a medida que los drones ucranianos conseguían incrementar su radio de acción. Ningún rincón de Rusia está a salvo de tales ataques, que ya son frecuentes también en Moscú. Por esta razón, Putin, en reconocimiento a su impotencia, ha llegado a pedir un alto el fuego bilateral para poder celebrar sin sobresaltos el tradicional desfile, que este año no ha lucido carros de combate ni ha incluido la exhibición de los cadetes militares. Según algunas versiones, Moscú no dispondría de tanques para lucirlos porque están todos en el frente y, por supuesto, los cadetes tampoco pueden abandonar la guerra unas horas para desfilar.
Tampoco tienen precedente las medidas de seguridad que se han implantado, como por ejemplo una limitación de las actividades en línea -al estilo del “Gran cortafuegos” chino-, el corte de Internet durante largos periodos de tiempo y la multiplicación de controles internos. Y todo ello contribuye a desmoralizar a la gente. Yaroslav Trofimov, de “The Wall Street Journal”, ha explicado que las restricciones son tan severas que incluso los nacionalistas leales a la guerra han comenzado a hablar de una revolución inminente. En los círculos sociales de Moscú circulan rumores de supuestos preparativos de golpe de Estado y luchas internas entre las distintas ramas del aparato de seguridad”.
En estas circunstancias, la caída de Putin, de 73 años, en la consideración de sus súbditos ha sido brutal. En un país acostumbrado al culto a la personalidad en que el líder adquiere proporciones taumatúrgicas, la adhesión al régimen es un engrudo que permite sortear la mayoría de los obstáculos. Pero esta bajada en la consideración es progresiva, a medida que se van haciendo más perceptibles los hechos de guerra adversos. Así por ejemplo, la serie de ataques ucranianos de las últimas semanas que devastaron la refinería y el puerto petrolero de Tuapse, en el Mar Negro, ha causado una gran contaminación que ha afectado a una gran zona turística… Cuando la guerra se alarga y se multiplican los ataques exitosos del enemigo, es muy difícil para el poder mantener el prestigio propio y convencer a la población de que la victoria está cerca. Por eso han comenzado las muestras de desagrado y las manifestaciones de una ciudadanía que ya estaba crónicamente irritada por la corrupción reinante y a la que ahora se le regatea lo más importante, una paz sin sobresaltos.
La llegada de Trump al poder en 2025 generó ilusión en el Kremlin ya que se pensaba que el presidente norteamericano forzaría una paz negociada en Ucrania. Pero a la vista está que Trump tiene otras preocupaciones que le permitan más lucimiento (es u decir, porque sus planes también se están frustrando). En todo caso, hoy es claro que el sostén de los ucranianos está en Europa sobre todo, lo que pone de manifiesto que la UE, poderosa y rica, está en condiciones de plantar cara a los devaneos expansionistas de Putin. En toda la gran frontera oriental.
La deserción del iluminado Trump, absorto en sus acuerdos con el genocida Netanyahu, debería ser aprovechada por Europa para asumir plenamente el papel de retaguardia de Ucrania. La negociación de paz ya no debería celebrarse bajo el binomio Putin-Trump sino en un marco Rusia-Unión Europea. El comportamiento absurdo del mandatario americano confirma que el Viejo Continente tiene esta vez que resolver en solitario sus propios problemas, y la UE no se estabilizará hasta que los rusos hayan entendido que no habrá coexistencia pacífica entre Bruselas y Moscú hasta que Rusia haya entendido que la estabilidad en un sistema complejo de relaciones proviene de la democracia, que es básicamente el imperio de un estado de derecho, por lo que siempre será muy difícil que un gran espacio político federalista como el europeo se entienda creativamente con el sátrapa vitalicio que dirige un primitivo régimen autoritario como el ruso.