Solidaridad democrática con Ucrania
"Si los ucranianos y las ucranianas no quisieran entrar en la UE y en la OTAN para conseguir paz, seguridad, democracia y prosperidad, haría mucho que esta guerra habría acabado".
Son muchos los motivos por los que Europa y Estados Unidos han ayudado a Ucrania desde que empezó la invasión a gran escala de Rusia, en febrero de 2022. España presta asistencia financiera, a través de la Unión Europea, y militar. Desde mi punto de vista, es nuestra obligación moral, y también nuestro interés, continuar haciéndolo.
En el crispado ambiente político que vive nuestro país, la ayuda a Ucrania es uno de los asuntos que todavía generan consenso. Aun así, en ciertos espacios políticos sobrevuela la idea de que la invasión de Ucrania fue una respuesta de Vladimir Putin a un supuesto expansionismo occidental. Según esta teoría, Occidente, subordinado a los intereses de Estados Unidos y articulado en torno a la OTAN, expandió su dominio a países exsoviéticos de Europa del este en las décadas posteriores a la caída de la URSS. Quienes sostienen esta interpretación, pueden llegar a considerar “normal”, “justificado” o “entendible” que Rusia reaccione al ver como una amenaza que incluso Ucrania, con quién comparte frontera y estrechos lazos históricos, también “caiga” bajo “dominio occidental”.
Esta es una visión colonialista de la historia de Europa en las últimas tres décadas. Es una interpretación simplista de la política internacional, según la cual solo los gobiernos de las potencias más poderosas definen el curso de los acontecimientos. Ignora, a propósito, lo más importante, bajo mi punto de vista: la voluntad popular.
Igual que los polacos, los lituanos o los finlandeses en su momento, en 2013 los ucranianos y las ucranianas decidieron, mayoritariamente, ser una democracia independiente y unirse a la Unión Europea y a la OTAN, dos proyectos supranacionales que les proporcionarían seguridad y oportunidades sociales y económicas. Lo expresaron con las masivas protestas contra el gobierno de Viktor Yanukovich, títere de Putin, que echó para atrás, en el último momento, el acuerdo de asociación con la UE. El argumento antes mencionado pasa por alto lo que sucedió en Maidan en 2014, lo que los ucranios y ucranias llaman la Revolución de la Dignidad.
La reacción del Kremlin fue tratar de imponer su voluntad por encima de la voluntad del pueblo ucraniano. Si ya no lo podía hacer con el gobierno títere que había caído, lo iba a hacer por la fuerza. Primero, anexionando Crimea en 2014; después, ocupando el Dombás con fuerzas paramilitares; y más tarde, con la invasión a gran escala de 2022. Imperialismo puro y duro.
Justificar estas agresiones a la soberanía de un país con el argumento anti-occidental es pasar por alto la Revolución de la Dignidad. Incluso, a veces, se niega que existiera esta voluntad popular, diciendo que todo fue instigado por la CIA. A mí me parece que esto es tratar a la gente de Ucrania como marionetas sin criterio personal, sin ideología y sin poder alguno.
Si se ingora la política doméstica de un país, no se puede entender su política internacional. Miren, si no, a Estados Unidos hoy. La opinión pública de una sociedad es determinante para la política exterior que vaya a desarrollar su gobierno. El argumento anti-occidental se desmonta muy fácilmente haciéndonos la pregunta más importante: ¿qué quieren los ucranianos y las ucranianas?
Está demostrado que esta es una de las narrativas que impulsa el Kremlin en los países europeos a través de su aparato de desinformación. No podemos caer en estas trampas. Si los ucranianos y las ucranianas no quisieran entrar en la UE y en la OTAN para conseguir paz, seguridad, democracia y prosperidad, haría mucho que esta guerra habría acabado. Hoy, tras once años de guerra, siguen defendiendo la independencia de su país y su voluntad popular. Lo hacen jugándose la vida todos los días. Hay que tener una importante confusión mental para seguir en teorías de la conspiración a estas alturas.
Como demócratas, no podemos tolerar que sea Putin quien decida si Ucrania entra en la UE o en la OTAN; la decisión corresponde a los ucranianos y las ucranianas, por una parte, y las mismas organizaciones, por otra. Como demócratas, no podemos tolerar que el Kremlin, por la fuerza, anexione territorios que, por ley, son ucranianos. Como demócratas, no podemos tolerar que el gobierno americano y el gobierno ruso decidan el futuro de Ucrania. Por solidaridad democrática, los europeos tenemos que permanecer unidos y reforzar nuestra ayuda a Ucrania con un objetivo: conseguir una paz verdaderamente justa, que respete la voluntad popular de su pueblo.
Pepe Mercadal es secretario primero de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso y diputado por Illes Balears