Trump alimenta a la izquierda europea
"La ciudadanía en general ha reaccionado contra los grupos ultra, neofascistas, que en un primer momento creyeron que la llegada del bárbaro Trump fortalecería sus posiciones"

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, de centro izquierda, que está al frente del Partido Socialdemócrata danés desde 2015, cobró notoriedad recientemente en toda Europa por su vehemente e inflexible oposición a Donald Trump cuando este, en un extraño rapto de arrogancia y locura, exigió la entrega de la isla de Dinamarca, de soberanía danesa, para garantizar supuestamente la defensa occidental.
La inaudita reclamación del presidente Trump a un país aliado, que forma parte de la OTAN y del núcleo duro de la Unión Europea, terminó de deteriorar la pésima imagen del mandatario americano, un dechado de arbitrariedad con ínfulas de dictador, que ni siquiera respeta el marco institucional de su propio país, en el que auspició claramente un golpe de fuerza -la ocupación del Capitolio- tras ser derrotado por Biden en las elecciones presidenciales del 2020.
En sentido contrario, Frederiksen ha salido claramente reforzada por la agresión americana, y ha resurgido de sus cenizas al conseguir un resultado que, aunque bajo, le permite aspirar a conservar el gobierno. Como ha escrito el analista Jakob Weizman en ‘POLITICO’, los socialdemócratas, a la cabeza del "bloque rojo" de partidos de izquierda, ahora “necesitan convencer a un político veterano, fumador de pipa y que a veces se cepilla los dientes con jabón, el líder centrista Lars Løkke Rasmussen, para que le conceda al partido un tercer mandato tras las negociaciones posteriores a las elecciones”.
La segunda llegada de Trump en 2025 benefició objetivamente en primera instancia a la extrema derecha europea, que comulga con sus postulados ultraliberales, racistas, xenófobos. Pero las fuerzas de centro izquierda de la Unión Europea han salido claramente fortalecidas una vez que la opinión pública ha empezado a visualizar la catadura moral del personaje -amigo íntimo del pederasta Epstein- y su belicosidad enfermiza, que le ha llevado a respaldar, legitimar y potenciar el genocidio israelí en Gaza y en Líbano, a intervenir violentamente en la política venezolana y a abrir en canal Oriente Medio, causando daños de alcance global, destrozando el mercado energético, perturbando no solo la prosperidad de la zona sino la economía mundial, con independencia de los costos humanos de una gran guerra claramente improvisada y sin visos de concluir en breve.
Así las cosas, la popularidad de Trump ha caído en picado hasta un nuevo mínimo histórico del 36%, según los últimos sondeos de Reuters/Ipsos. Este descenso representa una pérdida de cuatro puntos porcentuales en una sola semana. Y, por supuesto, también se ha resentido la ultraderecha europea, que había aclamado a Trump desde su aterrizaje. La ciudadanía en general ha reaccionado, como es lógico, contra los grupos ultra, neofascistas, que en un primer momento creyeron que la llegada del bárbaro Trump fortalecería sus posiciones.
Weizman eleva asimismo el punto de vista de su análisis: El desempeño de Frederiksen en Dinamarca “también refleja una tendencia más amplia en toda Europa, donde el centroizquierda muestra una renovada capacidad de lucha. En recientes elecciones desde Castilla y León en España, pasando por Marsella y París, Eslovenia y ahora Dinamarca, hay indicios de que oponerse a las políticas al estilo Trump, o incluso contrarrestar al propio Trump, puede ser una estrategia ganadora”.
Hoy mismo, Sánchez, en el Congreso de los Diputados, explotaba el filón “Callar ante una guerra ilegal no es prudencia ni lealtad, es un acto de cobardía y complicidad”. Y esta afirmación, inobjetable, explica el probable declive de unas organizaciones ultra que pensaron que la creación de una introspectiva “fortaleza europea” podía incrementar todavía más el bienestar de unas elites acaudaladas que tratan de protegerse de la abundante miseria de alrededor. De hecho, Pedro Sánchez, al negar a Trump el uso de las bases militares compartidas en España, se ha convertido en un héroe en la amplia comunidad formada por los países democráticos.
Tras el oropel de Trump, un indeseable sin principios que incluso aprovecha la información privilegiada que le proporciona el cargo -él gradúa sus propios mensajes- para incrementar su obscena fortuna, no hay más que violencia, exclusión y falta de principios. Europa, que tiene la experiencia de muchos siglos de sedimentación intelectual y de humanitarismo, no puede parecerse a los actuales Estados Unidos, que caen de vez en cuando en le error adolescente de escuchar a los falsos profetas que predican un mundo de cartón piedra, que parece sacado de los frágiles decorados de Hollywood.
Ojalá el denigrante espectáculo de Irán en llamas, la crisis de energía y el interminable reguero de cadáveres que va dejando tras de sí un Trump sanguinario y brutal abra los ojos de quienes han pretendido desconocer o despreciar la moderada madurez europea, que, con errores, ha conseguido llevarnos a altas cotas de bienestar pacífico, humanitario, cooperativo y dispuesto a crear un habitable orden global.
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