Trump, el zar desorientado de las Américas
Trump es una maldición bíblica, una plaga que nos ha invadido, y de quien no cabe esperar beneficio alguno.
Muchos observadores han comenzado a llamar al nuevo enfoque de la geoestrategia estadounidense "la Doctrina Donroe" —un término que apareció en una portada de enero del New York Post—, una versión trumpiana de una idea del siglo XIX . Obviamente, el neologismo modula el apellido de James Monroe, escrito con D de Donald.
En 1823, el quinto presidente norteamericano, James Monroe, aspiraba a impedir que las potencias europeas se inmiscuyeran en el hemisferio occidental y generó una doctrina intervencionista que presuponía que los Estados Unidos lideraban aquel sector del globo e impedían la intromisión de Europa en su esfera de influencia. «Estados Unidos reafirmará y aplicará la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense», afirma ahora la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, recién publicada .
En 2026, la potencia competidora seguirá siendo China, que ha acumulado un enorme poder político y económico en América Latina durante las últimas décadas y cuya hegemonía ha llegado a absorber la antigua y decadente potencia rusa. Trump querría dividirse el mundo con China y Rusia en sendas esferas de influencia. En los últimos meses, altos funcionarios estadounidenses han explicado su estrategia en esos términos: el secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaraba el pasado jueves: "El hemisferio occidental es el vecindario de Estados Unidos y lo protegeremos".
Para un presidente como Trump que creció en Nueva York, donde empresarios, políticos y jefes de la mafia luchan por el territorio, controlar el propio barrio es cuestión de sentido común, aseguran los politólogos que observan el caso. "Trump traduce esa visión neoyorquina tan provinciana a una visión global", dijo John Feeley, exembajador de Estados Unidos en Panamá. "Y si lo ponemos en el contexto actual —añadió Feeley—, las Américas son su esfera de influencia".
Para lograrlo, ha recompensado a los dirigentes que han aceptado sus exigencias y ha castigado a los que no lo han hecho. En los extremos, el loco Miley ha sido recompensado y el tirano Maduro está en la cuerda floja. En todo caso, la política americana se ha convertido en injerencia poco defendible e incompatible con el Derecho Internacional ulterior a la Segunda Guerra Mundial: Javier Milei ganó las elecciones de medio mandato en Argentina, para sorpresa de todo el mundo, después de que Trump ofreciera al país un rescate de 40.000 millones de dólares, siempre y cuando su hombre ganara. El desdén del presidente por los derechos humanos es manifiesto; por ejemplo, quien se hace llamar "el dictador más genial" de El Salvador , Nayib Bukele, no es para Trump una preocupación sino un activo porque acepta deportados venezolanos de Estados Unidos.
El planteamiento general del dominio trumpiano sobre América es disparatado. Este sujeto megalómano ha hecho abstracción de los tiempos que corren y, como si fuera un caudillo medieval, se ha apropiado incluso de la toponimia —el Golfo de México ha de llamarse Golfo de América—, ha impuesto su apellido como identificador de su imperium —el Kennedy Center será (hasta que alguien lo remedie) el Kennedy-Trump, y está marcha un nuevo arco de triunfo trumpista frente al Lincoln Memorial— y ha lanzado sus redes imperialistas con un afán autocrático de la peor estirpe. Su idea de los límites del poder de quien posee la legitimidad de las urnas es estrafalaria y excesiva, y el carácter democrático de su mandato ha de ser relativizado con la idea de que también Hitler comenzó su escalada hacia el genocidio a través de las urnas.
Pero, además de hurgar en el ‘patio trasero’ del Sur americano, se ha negado a descartar el uso de la fuerza militar para tomar el control de la isla de Groenlandia y ha insinuado repetidamente la idea de convertir a Canadá en el estado número 51 de la Unión. También ha amenazado con confiscar el Canal de Panamá. Ha impuesto aranceles exorbitantes a socios clave y afirma periódicamente que podría abandonar el pacto comercial entre Canadá y México firmado durante su primer mandato. Ha interferido escandalosamente en las elecciones de Honduras y de Argentina, e intentó influir la justicia brasileña cuando se juzgaba por golpismo a Bolsonaro.
Impuso sanciones al presidente de Colombia en octubre. Ha lanzado ataques mortales contra supuestos barcos cargados de drogas en aguas venezolanas —ejecuciones extrajudiciales que el gobierno ha intentado legitimar designando arbitrariamente a los traficantes como terroristas— y ha amenazado con ataques militares contra México, Venezuela y cualquier otro país al que culpe de facilitar el consumo de drogas en Estados Unidos.
Como ha dicho el insobornable diario británico “The Guardian”, «la diplomacia de las cañoneras ha vuelto. Estados Unidos ha desplegado un extraordinario poderío militar frente a las costas de Venezuela —su mayor presencia en el Caribe en décadas— y se está incautando de petroleros. Según fuentes fiables, Trump le dio al presidente autoritario de Venezuela, Nicolás Maduro, un ultimátum para que renunciara cuando hablaron recientemente, y ha señalado una recompensa de 50 millones de dólares por su cabeza.
A Trump no le preocupa la represión del régimen. Supuestamente se trata de combatir las drogas, pero Venezuela no es un productor ni un importante canal de narcóticos, y Trump acaba de indultar al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández por graves delitos relacionados con las drogas”.
Hay mucha bibliografía publicada sobre estos asuntos, que han generado innumerables análisis que, en sustancia, reflejan preocupación y perplejidad. No es imaginable a estas alturas que Trump sea capaz de cambiar las grandes
fronteras americanas, ni tampoco que a medio plazo logre modular la política de las republicas del Nuevo Continente. En Brasil, por ejemplo, su desnortado apoyo a Bolsonaro a través de aranceles absurdos que trataban de perjudicar a Lula da Silva no han tenido efecto alguno y tanto Lula como la propia izquierda han salido fortalecidos, mientras la mayoría de los aranceles exagerados ya han decaído… Lo más cierto es que Trump no tiene medida, ni inteligencia para gestionar su indiscutible poder, que le permite por ejemplo convertir El Caribe en un gigantesco aparcamiento de navíos de guerra, que no sabe cómo utilizar.
Trump es, en fin, una maldición bíblica, una plaga que nos ha invadido, y de quien no cabe esperar beneficio alguno. Si el destino no lo remedia, quedan todavía tres años de furia y de arbitrariedad en la Casa Banca, que puede estallar en cualquier parte y arrojar a la humanidad a cualquier despeñadero. Ante tanto desatino, la única dirección de avance segura para Europa es el fortalecimiento de la Unión, que al menos garantizará la pervivencia de contrafuertes ideológicos y económicos que nos permitan resistir los embates alocados que nos llegan de América.