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30/12/2016 07:18 CET | Actualizado 30/12/2016 07:18 CET

La cárcel a vista de pájaro

¿Qué efectos tiene el arte sobre las personas? El poético título de la exposición Bálsamo y fuga, en CaixaForum Barcelona hasta el 15 de enero de 2017, propone una respuesta. El alivio y la evasión son, precisamente, el denominador común de las creaciones realizadas por internos en centros penitenciarios y las piezas de la prestigiosa Colección "la Caixa" con las que se relacionan en esta muestra. Presos, artistas y la capacidad del arte para ofrecer alternativas. Y que nadie se llame a engaño, que esto no trata de lo marginal que es la población carcelaria ni de lo raritos que son en la comunidad artística, como si las necesidades de unos y otros fueran algo ajeno. Ungüentos para las heridas y las llagas, así como vías de escape y nuevos caminos, los necesita cualquiera. Aquí no se acentúa la diferencia o la construcción del otro, sino lo más básico que se puede compartir: la humanidad.

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A la izquierda, dibujo de la planta de la exposición Bálsamo y fuga, © Mery Cuesta; a la derecha, arriba, imagen de Dogville (dir. Lars von Trier, 2003), © Zentropa Entertainments; a la derecha, abajo, imagen de Ágora (dir. Alejandro Amenábar, 2009), © Telecinco Cinema.

Esa vocación se atisba nada más entrar. Un plano del puño y letra de la comisaria Mery Cuesta eleva la mirada mostrando la planta y el recorrido de la exposición. Un inicio a lo Dogville (2003), film que arranca con un picado en el que se ven "divinamente" las casas del pueblo protagonista como un simple dibujo en el suelo. La exposición de CaixaForum, por supuesto, no va de Nicole Kidman pateada por un celestial Lars von Trier en medio de un montón de mitos clásicos reinterpretados, pero sí que comparte con la película el interés por aproximarse a la complejidad de la naturaleza humana desde arriba.

Buscando una visión de conjunto, no desde la superioridad, sino desde la voluntad de quedarse con lo básico. Como aquellos otros momentos cinematográficos de Ágora (Alejandro Amenábar, 2009) en los que la cámara ascendía hasta perder de vista las individualidades de tal o cual personaje para mostrar, sencillamente, un hormigueante conjunto de personas. El plano de Bálsamo y fuga anticipa un entorno penitenciario en el que, mediante el efecto democratizador del arte, las experiencias particulares devienen universales.

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JM., Libertad añorada (antiguo centro penitenciario de Girona, 2011), © FotoGasull.

Así, el visitante se introduce en una versión virtual de centros como Brians 2 o la Modelo, no ya como espacio de extrañeza y de particularidades exóticas -como tampoco los museos deberían percibirse como fríos santuarios alejados de la cotidianidad-. Desde la entrada se ve a través de un cristal -evocación de las "peceras" de las cárceles- el epicentro de la muestra, el reloj de arena que en el patio de la cárcel marca, dicta, controla las horas de los internos. Esta escultura de Jorge Barbi (Todo el tiempo del mundo, 1991) establece una inquietante correspondencia con la tela de Edward Ruscha que corona el ventanal, De 9 a 5 (1991) -sí, como el título original de la comedia sobre tres secretarias desesperadas que en castellano se llamó Cómo eliminar a su jefe (Colin Higgins, 1980)-.

Implícita en el conjunto, una advertencia: hay muchos tipos de prisión, dentro y fuera del centro penitenciario. «Yo soy preso», le decía uno de los reclusos a la comisaria, «pero al menos dispongo de mi tiempo». El auténtico poder de la institución, como de la sociedad en general, no sólo reside en la solidez de los muros que levanta, siempre presentes en la iconografía carcelaria como algo que superar -lo consigue el pajarillo pintado por JM. en Libertad añorada (antiguo centro penitenciario de Girona, 2011)-, sino también y sobre todo en su capacidad para controlar el tiempo, otro de los temas favoritos de los internos y que en la exposición es tratado mediante relaciones emocionantes: entre otras, la del barco de colillas recogidas en el patio de Brians 2 -un buen ejemplo, por cierto, de la cercanía de lo "taleguero" con el outsider art y el bizarre anglosajón-, titulado Larga espera (Juan Manuel Fernández González, 2012) y colocado junto a un mar infinito de Hiroshi Sugimoto (Canal de la Mancha, acantilado de Weston, 1994).

Bálsamo y fuga es un bestiario en el que desfilan criaturas de todo pelaje, sorprendentes en la infinita variedad de sus formas. Y de sus dimensiones simbólicas. Como sucede en los repertorios medievales de rarezas zoológicas, nunca son sólo lo que se percibe con los ojos, ni están lejos de lo que implica ser humano. Del mismo modo que el interno A. I. ve a los funcionarios de prisiones como figurillas animalescas en Bestias de azul (Brians 2, 2013), o Y. M. K. expresa sus temores en forma de fieras en la pintura Amenaza (Puig de les Basses, 2015), quizá haya quien vea a los prisioneros como peligrosas aves rapaces o insidiosas carroñeras, y a los artistas como fabulosos especímenes de espectaculares y excepcionales plumajes. Sin embargo, como ya dejó claro hace siglos Ramon Llull en su Libro de las bestias (publicado hacia 1280), cualquier animal está en cualquiera de nosotros.

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Andrei Cristea, Pájaros (Brians 2, 2015), © FotoGasull.

El arte permite volar suficientemente alto como para distinguir estas lecciones. Bálsamo y fuga es una iniciativa de los monitores artísticos de prisiones -profesores de arte solamente del sistema penitenciario catalán- que para mostrar al mundo su trabajo encuentran la complicidad necesaria en Mery Cuesta, responsable de la celebrada muestra Quinquis de los ochenta (2009) sobre la imagen estereotipada de la delincuencia, crítica, ensayista, profesora, baterista, dibujante de cómic y, cuando la ocasión lo requiere, Leoparda de Rekalde.

Tras cuatro años de colaboración, podríamos decir que Bálsamo y fuga como labor de comisariado y resultado final es un constructo intelectual perfectamente hilado a base de referencias teóricas -Michel Foucault está ahí, susurrando su ensayo Vigilar y castigar (1975)- y de bordar relaciones estéticas y simbólicas: por ejemplo, las Aves-Ucelli (1997-2013) de Jochen Lempert, retratadas casi como si fueran fichas policiales, porque la catalogación científica tiene algo de control carcelario, dialogan con piezas como los Pájaros (Brians 2, 2015) de Andrei Cristea, que no sólo recuerdan el anhelo de libertad, sino también la celebración de una diversidad inacabable. Sin embargo, esta exposición implica mucho más.

El mundo, la vida, la realidad a vista de pájaro son otra cosa, quizá porque elevarnos mediante artes pajariles nos ofrece tanto el placer de sentirnos libre como la responsabilidad de la empatía con los demás. Bálsamo y fuga es un potentísimo dispositivo ético capaz de unir lo visceral, lo racional y lo emocional, porque habla -grita- desde el hígado, pero con mucho seso, y al son de unos ventrículos y unas aurículas latiendo a todo trapo -como los corazones de arcilla esmaltada de la obra con los que Stefan Bucobanu intenta mejorar Cada día (Brians 2, 2015), tan popular en Instagram (#balsamoyfuga)-. Vamos, una muestra entrañable en toda la chorreante humanidad de la palabra.

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