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18/04/2016 07:00 CEST | Actualizado 18/04/2016 07:00 CEST

#expo_sugimoto

Barcelona, calle Diputació, número 250. Con el mismo móvil con el que has pagado el taxi, haces saber al mundo lo que va a acontecer mediante un tweet: «A punto de ver Sugimoto en la Mapfre». Te haces un selfie junto al portal de acceso -de hecho son diecinueve, porque se necesita materia primera abundante para escoger la mejor pose-, lo describes, etiquetas y geolocalizas convenientemente en Instagram, y lo compartes en Facebook. Para cuando te has identificado, mostrado la entrada -también con el móvil, por supuesto-, pasado el control de seguridad y el servicio de audioguías, tu visita ya forma parte de la sucesión de flashes de inmediatez virtual que llamamos presente y que fluye en un rápido torrente de clics, likes y emoticonos.

Dentro, la cosa cambia. Silencio reverencial, sala oscura y empieza la exposición Black Box (Caja negra, hasta el 8 de mayo de 2016) del artista japonés Hiroshi Sugimoto (Tokio, 1948). La muestra, que recorre su faceta como fotógrafo a través de cinco de sus series más famosas, abre con los Seascapes (Paisajes marinos, desde 1980). Grandes formatos en honor a la contemplación, sólo agua y cielo, y calma, mucha calma. Las composiciones horizontales remiten sin remedio -y por mucho que se quiera evitar el tópico- a los paisajes románticos de C. D. Friedrich, pero también al riguroso e incluso cenobítico claroscuro del fotógrafo inglés Michael Kenna. Imágenes que tienen que ver con la pulcritud de la meditación zen, por supuesto, y con lo que puede acontecer cuando uno se queda sin cobertura, batería o plan de datos: volver, de repente, a prestar auténtica atención al mundo que le rodea. Entonces, sin necesidad de filtros ni aplicaciones de retoque fotográfico, la realidad adquiere relieve, las sombras se hacen profundas y las luces centellean.

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Hiroshi Sugimoto, Golfo de Sagami, Atami (1997), © Hiroshi Sugimoto.

A la mirada sosegada y la melancólica sensación de tiempo suspendido constantes en la obra de Sugimoto, en ocasiones, se les une algo menos amable. Especialmente inquietantes se manifiestan sus Portraits (Retratos, 1994-1999). Grandes fotografías de dobles en cera de personajes históricos. Por un lado, la exactitud detallista; por el otro, la desagradable sensación de que los Enrique VIII (1999), Ana de Cleves (1999) o Emperador Hirohito (1999) que admiramos sólo parecen humanos, porque no lo son realmente. Lo mismo ocurre con los animales de la serie Dioramas (1975-2012). Pese a la apariencia adorable, el convencimiento de que ya no están entre nosotros les confiere un aura perturbadora. Si acaso, quizá permanecen las escenografías sobre la Prehistoria del Museo de Historia Natural de Nueva York donde fueron tomadas las fotos. Sugimoto nos enfrenta a imágenes de seres que, ni vivos ni muertos, son siniestros entes arrancados del flujo temporal de la vida terrenal. Qué cosa tan rara. O no tanto, porque ¿no sucede lo mismo con todos los rastros virtuales que dejamos pululando en la Red, descontextualizados, convertidos en anacronismos al cabo de minutos de haberlos colgado? Retratos y escenas que devienen autónomos y que permanecerán incluso después de que aquellos que los protagonizan se vayan. En este aspecto funerario de la fotografía, que Roland Barthes ya señaló en su ensayo La cámara lúcida (1980), radican tanto la grandeza como la maldición de las imágenes respecto a los originales que reproducen -o evocan, interpretan, inventan, reconstruyen, etc.-, desde el considerado primer autorretrato fotográfico de la historia, el daguerrotipo que Robert Cornelius realizó de sí mismo en 1839, hasta los selfies actuales.

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Izquierda: Hiroshi Sugimoto, Emperador Hirohito (1999), © Hiroshi Sugimoto, en Black Box; derecha: Robert Cornelius, Autorretrato (1839), Library of Congress (Washington).

La serie Theaters (Cines, desde 1976) también gira en torno a la difícil relación del ser humano con el tiempo, y como la luz impacta en su transcurrir y en su finitud. Cines o autocines desiertos fotografiados dejando el obturador abierto durante las proyecciones, de modo que las pantallas se convierten en rectángulos brillantes al fondo de túneles oscuros. Algo así ya lo pintó el Bosco en La ascensión al Empíreo (1500-1504), y no es muy distinto de lo que explican las personas que han llegado a explicar sus experiencias cercanas a la muerte (ECM).

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Izquierda: Hiroshi Sugimoto, U. A. Playhouse, Nueva York (1978), © Hiroshi Sugimoto, en Black Box; derecha: El Bosco, La ascensión al Empíreo (1500-1504), Palazzo Ducale (Venecia).

En la última serie, Lightning Fields (Campos de relámpagos, desde 2006), en la que Sugimoto registra sin cámaras los efectos de descargas eléctricas sobre negativos fotográficos, es donde mejor se aprecia su respeto por la artesanía y el rechazo hacia la tecnología digital. Son los contrastes de ese Japón que tanto concede la distinción honorífica de Tesoro Nacional Viviente a los maestros en distintas disciplinas tradicionales como produce sofisticados androides de extraña apariencia humana. Quizá intentos de perpetuarnos, de permanecer un poco más, distintos sólo en lo epidérmico.

Sales de la exposición. Cuarentaicinco likes en el tweet, que han "retuiteado" veintisiete veces. Ciento ochentaicinco likes en Instagram, más treinta y nueve comentarios -la mayoría sobre lo bien que te sienta la camisa, porque la velocidad y la intrascendencia se entienden bien-. Noventa y cuatro likes en Facebook, más veintinueve comentarios. Tu visita a la exposición en este momento bulle, forma parte del presente. Dentro de unas horas formará parte de un pasado remoto. Sin embargo, tú, si te has llevado algo de Sugimoto, te preguntarás qué tipo de tiempo es tu presente, porque, como decía Yasunari Kawabata en la novela Lo bello y lo triste (1964), «El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos, pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo». También, quizá con un escalofrío, te plantearás si ese trepidante torrente de clics, likes y emoticonos al que aludíamos al principio no será sólo un pálido y espectral reflejo de la Fuente Lete, la Fuente del Olvido, aquella de la que bebían los muertos en los Infiernos de la mitología griega y romana para olvidar la vida terrenal...