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08/10/2013 07:15 CEST | Actualizado 07/12/2013 11:12 CET

Torres Monsó: la corona y la calavera

Prólogo a modo de vanitas

8 de octubre de 2013, Francesc Torres Monsó recibe el Premio Nacional de Cultura de Cataluña. Para él una corona y una calavera. Una vanitas, porque la retórica de este tipo de premios -retrospectiva («cuánta obra...»), laudatoria («lo merecía...») y centrada en la finitud («han tardado...»)- sitúa el trofeo junto al reloj de arena. Los barrocos, teatrales y mordaces lo pintaban en sus bodegones poniendo el oro sobre los huesos.

Nada de esto es ajeno al artista, que a sus casi 91 años -los celebrará el 7 de noviembre- sigue tirando de ironía: quedándose sordo, realiza una pieza que es una oreja de escayola (Orella, 2001), o escribe en morse «jaque mate» en la entrada de su última exposición (Anar fent i prou [Ir tirando y ya está], vista entre 2012 y 2013 en Palafrugell, París y Girona). Como a sus antecesores del siglo XVII, le interesa la muerte, pero también la sonrisa, porque ambas forman parte de su auténtico objeto de estudio: la condición humana.

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En esta fotografía Torres Monsó aparece ostentando la misma corona que la granada, el fruto tanto del sexo -es símbolo de la fecunda diosa Astarté- como del inframundo -la griega Perséfone permanece en los infiernos tras comerla-. Un mensaje vegetal sobre la vida y la muerte. Josep Maria Oliveras, Llinatge [Linaje] (2012), cortesía del artista.

Torres Monsó Rex también es Paco

Los premios, construcción social sobre el lugar que ocupamos, aureolan, santifican, señalan y separan del resto de mortales. Y, pese a la ficción y el aislamiento inherentes, resultan necesarios y esperados por lo que implican de consenso, reconocimiento y alimento para el ego. El mismo Torres Monsó soñó que recibía este galardón días antes de conocerse el veredicto del jurado, y le contó a Eva Vázquez para El Punt Avui que no le extrañó porque quizá ya le tocaba.

Los premios, además, constituyen una excepción, un paréntesis en la cotidianidad. De ahí que hoy no sea el día más adecuado para entender demasiado sobre la verdadera repercusión de Torres Monsó. Tan sólo que, según el jurado, su «dilatada trayectoria ejemplifica la problemática de la escultura durante la segunda mitad del siglo XX». Hoy no, pero sí cualquier otro día.

Hoy no, pero cualquier otro día, Pep pasa en bicicleta por delante de la casa y estudio de Torres Monsó. El artista, como cada mañana, espera a verle pasar desde su ventana. Se saludan, se hacen gestos usando un código que sólo ellos entienden, y en unos cuantos movimientos se han explicado cómo están y si se verán más tarde. Ahí, en su ventana del barrio de Santa Eugènia de Ter, en Girona, en esa ventana de vivienda monástica que comparte con su esposa Rosa Rodríguez -y con un fantasma en el cuarto de baño-, en esa ventana donde a veces da una cabezada y ya no ve pasar a su amigo Pep, el artista es simplemente Paco. Y está para compartir cotidianidad y humanidad.

Por la tarde puede ser Carme quien le visita. Ella realiza una tesis doctoral sobre su recorrido artístico, un catálogo razonado, y hay mucho que hacer. Al cabo de un rato de repasar y rastrear, deciden que ya seguirán otro día. Aunque Paco se pone a disposición, ordenar una memoria de 70 años de trabajo requiere evitar todos los peligros del Funes el memorioso de Borges, que para recordar necesitaba vivir de nuevo lo recordado. Él echa la vista atrás y se sumerge en un magma hasta que Carme le devuelve a tierra firme. Un salto atrás y un salto adelante, pero juntos.

Paco y Carme ahora trabajan en un espacio ordenado y pulcro, muy diferente de lo que había sido tiempo atrás el estudio del artista. Glòria se había colado en aquel desorden de moldes, obras a medio hacer y obras acabadas, piezas de bronce y de resina, plásticos, fragmentos de cuerpos que parecían exvotos, fotos del cielo y fotos pornográficas, esquelas, hierros, botes, herramientas, recortes de periódico, revistas y libros por todas partes -Lodge, Ballard, Genet...-, amontonamientos de formas y palabras que ella sabía que eran síntomas de una mente febril en su ansia de escarbar en sí mismo, en los demás, en el mundo. Glòria se introducía en esa especie de apeiron -"lo indeterminado", que diría el filósofo Anaximandro- para rescatar las formas y los discursos con que realizar sus exposiciones.

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Esta vez Torres Monsó aparece como títere. O recibiendo los estigmas como el San Francisco (1724-1733) de Antoni Viladomat, porque la marioneta y el santo comparten la supeditación a una voluntad ajena. ¿Como los héroes trágicos ante el destino? ¿Como cualquiera de nosotros en tantos momentos? Probablemente, porque Torres Monsó es un artista atento a la realidad y fundamentalmente crítico. Josep Maria Oliveras, Ser res [Ser nada] (2012), cortesía del artista.

Los griegos inventaron el canon y lo clásico, con todo su rigor matemático, su severidad dórica y su racionalidad apolínea, pero también se pusieron máscaras para dar vida a las tragedias y recordar que el caos, primigenio, salvaje, dionisíaco, está a sólo un paso. Tal vez ahí radique una de las pulsiones que sugieren cómo un artista que parte del Noucentisme y las bases formalistas de Aristides Maillol llega hasta las instalaciones especulativas y las sesiones fotográficas que son casi performances, y siempre con lucidez y coherencia. Hoy, a su edad, ofrece la imagen de un anciano entrañable. Y lo es, pero en el sentido más etimológico de la palabra, entrañable de interior trémulo y churretoso que en sus vaivenes y espasmos empuja la vida desde lo más elemental, entrañable de hígado comido por el águila, de intestino meduseo, de corazón ofrecido en sacrificio. Por eso, cuando juega a hacer de vejuco indignado refunfuña que «los de ahora no saben nada» -lo recuerda Carme-, y, por ejemplo, lanza descargas como la instalación Coprofàgia [Coprofagia, 2007] para hacernos despertar, o posa desnudo, o vestido con sus embudos escultóricos -otra forma de desnudarse-.

Esas sesiones fotográficas son el resultado de otra complicidad. Parecida a la de Pep, la de Carme o la de Glòria, y al mismo tiempo única, porque las relaciones de Paco tienden a erigirse en singularidad. Josep Maria, tras la cámara o preparando el atrezo de los montajes, retrata a alguien «creíble, real bajo el punto surreal, irónico, erótico», se maravilla. Y eso puede ser así porque Paco, ese artista autoexigente y trabajador que hoy es laureado, además es generoso. Todas las personas que le conocen bien coinciden en lo mismo. Todas.

Paco es un maestro, «pero de esos que enseñan sin explicar», recalca Pep, y «de los que jamás desvelan un misterio», añade Carme. Una consideración evidente ante los lápices monumentales del Instituto Santiago Sobrequés de Girona (Llapis, 1981), algunos de los cuales apuntan con la rectitud de la academia, mientras que otros se desvían en ángulos insospechados celebrando la libertad, la sorpresa y la creatividad. «Ten carácter, sé valiente», pide Paco a los que, por encima de cualquier otra consideración, son sus amigos. Amigos de años y años.

No muy lejos de las idas y venidas en casa del artista, en plena calle, Roser se dedica a señalar y explicar sus numerosas esculturas situadas a lo largo de Girona y la vecina población de Salt. Aquí su obra pública es numerosa y abarca un arco cronológico suficientemente extenso como para justificar una visita guiada en términos de introducción a uno de los corpus más fecundos y difíciles de catalogar de la plástica catalana. Pero los visitantes que siguen y escuchan a Roser no sólo buscan detalles de la historia del arte, sino descubrir hasta qué punto un artista puede influir en la idiosincrasia de un paisaje urbano. Y del día a día, porque casi todo el mundo en Girona o en Salt pasa en algún momento ante una escultura suya, sea cruzando una plaza (Foques [Focas], 1950), girando en una esquina (Jaume I [Jaime I], 1972), entrando o saliendo de un céntrico edificio (la sugerente flor de poliéster de 1980), paseando por una avenida (Nou ordre mundial [Nuevo orden mundial], 1997)...

Acaso este sea el motivo por el que el actual alcalde de Girona, Carles Puigdemont, utiliza en su espacio web la imagen de las grandes letras blandas A, B, C, Q (1981). Una obra emblemática por el desafío a las convenciones sobre la materialidad -el hierro pintado parece plástico reblandecido-, pero sobre todo por haberse convertido en punto cívico, en lugar de encuentro para los adultos y de tránsito lúdico para los pequeños.

Hoy Torres Monsó recibe una corona refulgente. Pero esa no es la auténtica, porque bajo el metal, las medallas y los camafeos ya había otra, la de Paco. Una incrustada en su cráneo y nacida de su tuétano. Una hecha de siluetas, excrecencias de sí mismo, claro, pero también reflejo de todas las personas cuyas historias se entrecruzan con la suya, los conocidos -Pep, Carme, Glòria, Josep Maria, Roser...- y muchísimos otros que dentro o fuera de los museos se han estremecido, se han reído o han meditado con una de sus propuestas. Tanto Paco como las obras de Torres Monsó, si es que se puede hacer tal distinción, acaban resultando «golpes de luz», en palabras de Josep Maria. Flashes de inteligencia que estimulan el pensamiento, los afectos y la individualidad de cada uno de nosotros. Dicho de otro modo, son llamadas radicales hacia uno mismo.

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Todas las imágenes del artículo forman parte del libro Torres Monsó: Una illa habitada [Torres Monsó: una isla habitada] (2012), con fotografías de Josep Maria Oliveras y textos de Lluís Muntada y Carme Ortiz. Josep Maria Oliveras, Tres reis [Tres reyes] (2012), cortesía del artista.

Epílogo a modo de reconocimiento

Gracias a Pep Admetlla, escultor; a Carme Ortiz, docente y crítica de arte; a Glòria Bosch, directora de arte de la Fundació Vila Casas; a Josep Maria Oliveras, fotógrafo; y a Roser Asparó, historiadora del arte. Las conversaciones con todos ellos establecen una cercanía con el Torres Monsó de carne, hueso, sangre y humores. Y, por supuesto, gracias a Paco, cuyo trabajo es inspiración para quien quiere arriesgarse con los caminos difíciles. «Gennariello, brilla», exhortaba Pier Paolo Pasolini en su pequeño tratado de pedagogía Cartas luteranas (1976), la misma consigna que nos deja Torres Monsó con su corona y su calavera.

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