Todos los caminos llevan a Ceuta: historia de la relación imposible entre Sánchez, Meloni y su lucha por el dominio europeo
Política
Política

Todos los caminos llevan a Ceuta: historia de la relación imposible entre Sánchez, Meloni y su lucha por el dominio europeo

Presidentes de ambos países atraviesan el momento más delicado de las relaciones diplomáticas. Sin embargo, desde el principio de sus mandatos las tensiones han estado presentes y, ahora, queda menos de un año para las elecciones.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.Antonio Masiello

Pedro Sánchez y Giorgia Meloni, presidente del Gobierno español y Primera Ministra italiana. Primera espada de la socialdemocracia europea y máxima representante de la extrema derecha en el viejo continente. Presidente del Partido Socialista Obrero Español y fundadora de Fratelli d´Italia, uno en contra del genocidio en Gaza y otra amiga hasta hace escasas semanas de Donald Trump y Netanyahu. Con las cartas encima de la mesa, parece evidente que los caminos de los líderes políticos nunca iban a encontrarse. Ahora, a menos de un año para que se celebren elecciones generales en los dos países, protagonizan la tensión internacional que acapara todas las portadas tras la crisis humanitaria en Ceuta.    

Ambos representan dos proyectos ideológicos diferentes, antagónicos y, aunque han procurado mantener abiertos los canales institucionales entre Madrid y Roma, sus desencuentros se han ido acumulando en asuntos especialmente sensibles en el ámbito internacional. La migración, la guerra de Gaza y el reconocimiento de Palestina, la construcción de alianzas dentro de la Unión Europea y, finalmente, la reciente gestión de la crisis migratoria de Ceuta han dibujado una relación marcada por la distancia y el enfrentamiento. Mientras uno se ha erguido en la defensa de los derechos humanos, la otra se posicionaba bajo los marcos que rigen las posiciones de extrema derecha. 

En otras palabras, cuando la emergencia humanitaria llegó a la ciudad autónoma hace once días, el conflicto no partía de cero. Existía ya un largo historial de discrepancias que habían convertido a Sánchez y Meloni en dos de las figuras más representativas de las distintas corrientes que conviven —y compiten— dentro de Europa. El duelo entre Sánchez y Meloni no escenifica sólo un conflicto de intereses puntuales, también son dos narrativas que intentan imponerse en el marco internacional

Una relación fría desde el principio

La llegada de Giorgia Meloni al poder en Italia, en otoño de 2022, marcó el comienzo de una relación complicada con el Gobierno de Sánchez. La distancia era, evidentemente, ideológica. Meloni llegaba al Palazzo Chigi al frente de Fratelli d´Italia —escisión del partido Il Popolo della Libertà y heredera natural del Movimiento Sociale Italiano (MSI), formación fundada por seguidores del dictador Benito Mussolini—, después de una campaña en la que había reivindicado posiciones reaccionarias en migración, identidad nacional y seguridad, mientras Sánchez encabezaba un Gobierno grosso modo socialdemócrata que había situado la defensa del Estado del bienestar y los derechos sociales entre sus principales señas de identidad. Aquella diferencia de partida no impidió la cooperación entre ambos países por los múltiples intereses compartidos y el marco europeo que comparten, pero sí condicionó desde el primer momento la relación personal y política entre los dos dirigentes

En Madrid se observaba con cautela el ascenso de una líder vinculada a la extrema derecha mundial; en Roma se contemplaba con distancia a un presidente socialista que se había convertido en uno de los referentes y pocos supervivientes de la izquierda europea. De hecho, Sánchez tardó 11 días en felicitar la victoria electoral de la italiana y la primera reunión entre ambos fue en Roma en 2023. Cordialidad y trato correcto, nada que sobresaliera. Sin embargo, la cortesía duró poco. Ese mismo año, Meloni se convirtió en uno de los principales respaldos de Vox en aquellas elecciones generales de España; lo que, tras la derrota de la derecha, hizo que la distancia aumentara con Moncloa.

La migración hace evidente la brecha

La migración fue, muy pronto, el terreno en el que esas diferencias adquirieron una dimensión política más evidente. Meloni convirtió el control de las fronteras en una de las prioridades de su Gobierno y defendió una estrategia basada en reducir todo lo posible las llegadas irregulares, endurecer los controles, combatir a las organizaciones dedicadas al tráfico de personas. El proyecto de la primera ministra, con el que tuvo un gran respaldo electoral, para establecer centros de migrantes en Albania se convirtió en el ejemplo más visible de esa política y en una de las medidas que más debate generaron en Europa por las devoluciones en caliente. De hecho, sigue en trámite dentro del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. 

Sánchez, por su parte, defendió una respuesta que combinara el control de las fronteras con la cooperación con los países de origen y tránsito, la lucha contra las mafias y una mayor implicación de las instituciones comunitarias. Para el Gobierno español, la migración debía ser gestionada como un fenómeno europeo y no únicamente como un problema de seguridad nacional.

La diferencia entre ambos modelos fue adquiriendo una dimensión política cada vez mayor. Meloni podía presentar la política italiana como un ejemplo de firmeza frente a la migración irregular que, mientras Sánchez trataba de demostrar que era posible reducir las llegadas mediante acuerdos de cooperación y sin renunciar a una política migratoria vinculada a los derechos humanos. La regularización de más de medio millón de personas por parte del Gobierno español fue el clímax de esta tensión. Meloni calificó dicha acción de "profundamente errónea" y acusó al Ejecutivo de generar "un efecto llamada", además de que era una decisión que no sólo correspondía a España ya que dicha regularización "afectaría a toda Europa". 

Palestina: otra frontera entre Sánchez y Meloni

El genocidio en Gaza abrió una segunda gran brecha entre Madrid y Roma. El 28 de mayo de 2024, España reconoció oficialmente el Estado de Palestina junto a Irlanda y Noruega. Sánchez convirtió aquella decisión en uno de los principales gestos de su política exterior y defendió que el reconocimiento podía contribuir a impulsar la solución de los dos Estados y a abrir una vía política al conflicto. Ya saben, el mítico "No a la guerra". La posición española fue acompañada de una defensa cada vez más contundente del alto el fuego, del incremento de la ayuda humanitaria y de la necesidad de aumentar la presión internacional para alcanzar una solución política y pacífica. Todo ello con el evidente rechazo de Israel y Estados Unidos. 

Italia eligió un camino diferente. El Gobierno de Meloni se negó al reconocimiento inmediato de Palestina. Roma sostenía que dicho acto debía producirse en unas condiciones que contribuyeran realmente a la creación de un Estado palestino viable y no como un gesto político. Esta diferencia se hizo especialmente visible a medida que avanzaba el conflicto y Sánchez aumentaba su presión diplomática sobre Israel. La cuestión palestina añadió así otra capa de tensión a una relación que ya estaba marcada por la migración: mientras el líder socialista español encabezó los gobiernos europeos más activos en la defensa de la causa palestina, Meloni mantenía una posición más próxima a Estados Unidos e Israel. Aunque entonces Trump ya decía aquello que "ella ya no es la misma persona". 

La batalla por el liderazgo europeo

La tensión entre ambos dirigentes no se limitó a las políticas concretas. También comenzó a manifestarse en la pugna por el peso y protagonismo político dentro de la Unión Europea. En febrero de 2026, antes de una reunión informal de los líderes europeos en el castillo de Alden Biese (en la localidad belga de Bilzen), Alemania, Italia y Bélgica organizaron un encuentro de coordinación al que Sánchez no fue invitado. El episodio provocó malestar en el Gobierno español y fue interpretado como una señal de que Meloni estaba construyendo un espacio propio de alianzas dentro de la UE en el que España no tenía un asiento y "que minaban" los principios básicos de la Unión.

El matiz es importante: Sánchez no fue excluido de una reunión oficial del Consejo Europeo. La reunión formal de los Veintisiete se celebró posteriormente y España participó en ella. Lo relevante políticamente fue la existencia de ese encuentro previo, una reunión restringida en la que algunos gobiernos buscaban coordinar posiciones antes de sentarse con el conjunto de los líderes europeos. Para Madrid, la cuestión tenía una dimensión simbólica evidente: España es uno de los grandes Estados miembros de la Unión y su ausencia tenía un mayor significad en los ejes ideológicos entre los que se mueve actualmente Europa. Para Meloni, la construcción de alianzas con otros países europeos constituye una herramienta para aumentar su influencia en Bruselas, como hemos visto en las últimas horas con los acuerdos alcanzados con, por ejemplo, Dinamarca para ejercer presión sobre España. 

El episodio mostró que la relación entre ambos ya no podía explicarse únicamente por sus diferencias ideológicas. Había también una competición por el espacio político europeo. Sánchez pretendía mantener a España en el núcleo de las grandes decisiones comunitarias; Meloni trataba de consolidar una red de gobiernos con los que pudiera negociar y formar mayorías en cuestiones estratégicas con enfoque de extrema derecha. La distancia entre ambos empezaba a medirse no sólo por aquello que defendían, sino también por quién se sentaba con quién antes de las grandes cumbres.

Elecciones a la vista 

Y así llegan ambos líderes a Ceuta. Después de cuatro años donde las relaciones se han ido distanciando por todos los motivos posibles. Migración, Gaza, reuniones en Bruselas y, ahora, la presión que ejerce Italia ante la entrada de miles de personas en la ciudad autónoma. Con todo, hay que tener en cuenta un detalle importante: los dos se encuentran vislumbrando las próximas elecciones generales en las que su futuro se tambalea. Meloni utilizará Ceuta como un enorme armamento electoral muy ligado con el discurso antimigratorio de la extrema derecha mundial. Sánchez, por otro lado, se refugiará en la defensa de los derechos humanos y la rápida actuación del Ejecutivo para solventar la situación.

Las elecciones, tanto las italianas como las españolas, tendrán fecha en el primer semestre de 2027. Serán unos comicios que marcarán el devenir ideológico de la Unión Europea por la trascendencia de ambos países, pero también por la entidad de sus actuales líderes. Ceuta se enmarca así en el pistoletazo de salida donde ninguno cederá en los primeros metros. 

MOSTRAR BIOGRAFíA

Redactor de Política en El HuffPost. Graduado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en elDiario.es, El Confidencial y Redacción Médica. Además de la actualidad política e informativa, ha cubierto efemérides como la DANA o la erupción del volcán de La Palma, realizado entrevistas a raperos o elaborado reportajes sociales, especialmente sobre migración y vivienda.

Más de Política

Comentar:
comentar / ver comentarios