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23/12/2016 07:22 CET | Actualizado 23/12/2016 07:22 CET

Tortitas con nata y Pica Pica

picapicaPica Pica/Cantajuego son mucho más importantes de lo que sus inocentes y bienintencionadas canciones transmiten. Ayudan a que nuestros hijos coman entretenidos y no te lancen el contenido de su cuchara contra la pared de enfrente. Algunos padres, sin su existencia, no sabrían si su equipo de fútbol juega en primera o segunda división y quién sabe si gracias al tiempo en forma de descanso musical que nos regalan, alguno no vaya a inventar una nueva vacuna o la tele transportación.

Imagen: Youtube

Aun a riesgo de que puedan tomarme muy en serio, voy a abrir este espacio con mi asistencia a un espectáculo teatral y de entretenimiento infantil, un negocio en auge, y todo lo que en él se me pasó por la cabeza. Se trata de Pica Pica que, para los que no lo sepan, es todo un fenómeno que afecta principalmente a miles de niños en edad temprana y a los padres, abuelos, tíos, padrinos o cualquier otra posibilidad de parentesco que los mismos puedan tener. Y es que uno tiene la manía de sentarse en un teatro y comenzar a escribir mentalmente y a veces, claro, no estás a lo que ibas.

Para situar a los que no lo conozcan, Pica Pica es "un grupo de música y teatro infantil que ha alcanzado gran popularidad entre los niños por sus divertidos espectáculos y la interpretación de canciones de toda la vida" y, añado, se encuentran en plena campaña, como dejan más que claro en su espectáculo, de su nuevo lanzamiento en DVD llamado (entre sus muchas cualidades no está la originalidad) Grandes Éxitos.

Pica Pica son Nacho Bombín, Emi Bombón y Belén Pelo de Oro, verdaderas estrellas musicales e iconos para los más pequeños y conocidos por ser ex-componentes de Cantajuego, que se lo montaron por su cuenta al no encontrar en este proyecto la potenciación necesaria de su individualidad y libertad artística.

Yo, a los tres Pica Pica les he visto tantas veces que a veces tengo la sensación de que viven conmigo a diario. Sus gestos excesivos, sus personalidades inquietantes, su ingenua teatralidad... Tanto que, a veces creo adivinar hasta lo que deben pensar sobre los asuntos más trascendentales. Solo me había pasado algo parecido en mi infancia con Grease, con sus canciones, sus bailes y sus personajes, ya que tengo tres hermanas y, ya fuese juntas, o por separado, ponían la cinta de vídeo (en Beta) de la película en una secuencia interminable que empezaba en el desayuno y acababa tras la cena en el único televisor que en esa época tenían la mayoría de las casas. Y así, hasta el día que la cinta se rompió, dirigiéndose injustamente todas las miradas de una familia numerosa hacía mí única persona.

Tal vez por este trauma no pienso hacer una crítica de Pica Pica, ni siquiera buena. Puede haber más implacables fundamentalistas en este territorio que en religión, enseñanza o política. No se trata de herir ninguna sensibilidad y más habiendo descubierto en mi hija de dos años a una groupie en potencia y vislumbrado una cara de emoción que, hasta esta fecha, no había visto en su máxima expresión.

En el público de Pica Pica, no podrías distinguir quién es votante del PP, de Ciudadanos, del PSOE o de Podemos, y es que si algo tiene un niño es que con una ilusión es capaz de poner patas arriba cualquier ideal o principio.

No es de extrañar tampoco, cuando aprendió a cantar y bailar con Pica Pica y Cantajuego antes que a andar y hablar y no es ninguna figura retórica, ni una hipérbole.

Ahora que vienen Guns n' Roses a Madrid (la comparación a estas alturas del grupo con Cantajuego no es tan odiosa como parece), se me pasa por la cabeza si esta fascinación provocada como padres educadores no se volverá en nuestra contra en la adolescencia cuando nuestros hijos liberen sus gustos y nos horrorizaremos tanto como escandalizaba a mis padres mi fascinación, a todo volumen, por el Master Of Puppets de Metallica.

Y es que Pica Pica/Cantajuego son mucho más importantes de lo que sus inocentes y bienintencionadas canciones transmiten. Ayudan a que nuestros hijos coman entretenidos y no te lancen el contenido de su cuchara contra la pared de enfrente. Algunos padres, sin su existencia, no sabrían si su equipo de fútbol juega en primera o segunda división y quién sabe si gracias al tiempo en forma de descanso musical que nos regalan, alguno no vaya a inventar una nueva vacuna o la tele transportación. Y es que pese a los terribles efectos secundarios que producen, uno piensa que les teníamos que estar agradecidos.

Vayamos pues al espectáculo Bailando de Pica Pica acontecido en el Teatro Alcázar Cofidis y recordemos que su primer estreno El Patio de mi casa fue visto por 50.000 personas (55.000 personas acudieron el año pasado a ver a Bruce Springsteen al Santiago Bernabeu) y su vídeo oficial Yo tengo una casita tiene más de 84 millones de visualizaciones en Youtube (el video más visto de U2 no supera los 70 millones) Una mezcla perfecta de canciones y coreografías que no solo gustan a los niños sino que forman parte del cancionero emocional de sus progenitores (El baile de la fruta, El Patio de Mi Casa, La Mané, El Señor Don Gato...) y todos sabemos lo que pasa con la nostalgia a ciertas edades. Pero a la nostalgia habría que dedicarle un par de artículos aparte.

Tengo que reconocer que en principio no me gustan los eventos donde formas parte de un colectivo marcado, sea en este caso el de padres o sean hombres, mujeres, periodistas, ex cualquier cosa, formaciones políticas o, menos aún, amantes de lo excluyente. Me siento más libre en encuentros culturales no dirigidos donde se puede mezclar cualquier persona, cosa o condición. Dicho esto, en el público de Pica Pica, no podrías distinguir quién es votante del PP, de Ciudadanos, del PSOE o de Podemos, y es que si algo tiene un niño es que con una ilusión es capaz de poner patas arriba cualquier ideal o principio. Y es que, por encima de cualquier otra cuestión, éramos padres en plena comunión con nuestros hijos y eso realmente tiene momentos muy emocionantes y conmovedores. Esas caras iniciales de alucinación al descubrir los pequeños que sus ídolos de Youtube de la Tablet son de carne y hueso, pelotas gigantes sobrevolando nuestras cabezas, pasillos llenos de niños liberados bailando todas las divertidas coreografías o intentándolo, invitados especiales como la Galleta María y padres meneándose extasiados y participativos junto a sus retoños con movimientos que, a determinada edad, rozan lo grotesco. Un espectáculo, aunque corto (poco más de una hora) redentor y curativo de los que deja resaca. Y es que a ver quién me saca ahora de la cabeza el estribillo pegadizo de la canción English Pitinglish.

Pero la tarde aún no había terminado. Tantas emociones abren el apetito a cualquiera y, justo enfrente del Teatro Cofidis Alcázar, hay un VIPS, ese lugar al que me llevaban mis padres cuando yo era un niño a tomar tortitas (que ahora sabes que es una gran cadena de un grupo empresarial en expansión en un mundo globalizado) y mi hija de dos años, extasiada y cansada, las prueba por primera vez y se pone de nata hasta las orejas.

Es allí donde recapitulo y pienso que se trata del plan menos moderno y cool que existe, y que, aunque seguramente estén equivocados, cuando los periodistas hablan de tendencias, se van por otros cerros. Pero, ¿quién de mi generación no tiene recuerdo de Parchís o Enrique y Ana, y quién sabe de los efectos que ha podido tener en nuestras personalidades? Imagino plantear el tema en la redacción, ávidos de alta cultura y me sonrojo. Pero, qué leches, mi hija, Pica Pica y las tortitas con nata forman parte de mi vida cotidiana, y de eso va precisamente esta columna. No me lo tomen en cuenta y que Shakespeare me perdone.

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