Alba Marchante (34) y su hermano, ingeniero agrícola, eligieron el campo: "Si no estudias te tienes que ir al campo a trabajar; para mí no ha sido un castigo, y para mi hermano tampoco"
Durante años se repitió la idea de que trabajar en el campo era la única salida para quien no estudiaba.

Durante décadas, una frase se ha repetido en miles de hogares españoles: "Si no estudias, acabarás trabajando en el campo". Una advertencia que muchas familias utilizaban para empujar a sus hijos hacia los estudios y alejarlos de los trabajos agrícolas, asociados tradicionalmente al esfuerzo físico, la incertidumbre y unas condiciones de vida más duras.
Sin embargo, la historia de Alba Marchante demuestra que esa visión está lejos de reflejar toda la realidad.
A sus 34 años, esta agricultora ha decidido reivindicar un sector que conoce desde pequeña y que, lejos de vivir como un castigo, considera una elección de vida. Lo hace además junto a su hermano, que estudió Ingeniería Agrícola y que también ha terminado vinculado profesionalmente al campo.
"Siempre hemos escuchado aquello de que si no estudias te tienes que ir al campo a trabajar. Para mí no ha sido un castigo, y para mi hermano tampoco", explica.
Romper un prejuicio muy arraigado
La reflexión de Marchante pone sobre la mesa un debate que lleva años presente en muchas zonas rurales: la percepción que existe sobre los trabajos agrícolas.
Durante generaciones, numerosos padres intentaron que sus hijos buscaran oportunidades lejos de las explotaciones familiares. La agricultura se asociaba a jornadas interminables, rentabilidades inciertas y una vida marcada por el esfuerzo constante.
Sin embargo, el sector ha cambiado profundamente en las últimas décadas. La mecanización, la incorporación de nuevas tecnologías, la digitalización de procesos y la llegada de perfiles técnicos altamente cualificados han transformado buena parte del trabajo agrícola.
El caso de su hermano es un ejemplo de ello. Tras estudiar Ingeniería Agrícola, decidió desarrollar su carrera precisamente en un ámbito que muchos consideran incompatible con la formación universitaria, cuando en realidad ocurre justo lo contrario.
Una profesión cada vez más especializada
Los expertos llevan años alertando de la necesidad de atraer talento joven al campo español.
La falta de relevo generacional se ha convertido en uno de los grandes desafíos del sector. Mientras miles de agricultores se acercan a la jubilación, el número de jóvenes que deciden incorporarse a la actividad sigue siendo insuficiente para garantizar la continuidad de muchas explotaciones.
Por eso, historias como la de Alba Marchante llaman la atención. No porque sean habituales, sino precisamente porque cuestionan una idea que durante mucho tiempo se dio por sentada: que trabajar en el campo era la última opción.
Su experiencia demuestra que también puede ser una decisión consciente y vocacional, incluso entre personas con formación superior.
El campo como elección
Lejos de sentirse obligada a seguir un camino determinado, Marchante reivindica que la agricultura puede ofrecer oportunidades profesionales y personales que muchas veces pasan desapercibidas para quienes viven alejados del entorno rural.
Una visión que comparte con su hermano y que choca con algunos de los tópicos más extendidos sobre el sector. Porque mientras durante años se utilizó el campo como amenaza para quienes no estudiaban, cada vez son más quienes recuerdan que detrás de la agricultura moderna hay innovación, formación, conocimiento técnico y una actividad esencial para el conjunto de la sociedad.
Y precisamente por eso, Alba Marchante insiste en una idea sencilla: trabajar en el campo no debería entenderse como un castigo, sino como una profesión más. Una que, en su caso y en el de su hermano, eligieron libremente.
