Dennis llegó a recibir 400 paquetes al día en su casa y lo deja tras casi 11 años: "Vivía un poco como un ermitaño, apenas tenía contacto social"
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Dennis llegó a recibir 400 paquetes al día en su casa y lo deja tras casi 11 años: "Vivía un poco como un ermitaño, apenas tenía contacto social"

Cobraba 25 céntimos por paquete y acabó sin poder salir de casa ni para ir al médico: "Cada vez te exigen más".

Reparto de paquete a domicilioanut21ng

Durante casi once años, Dennis Schigt montó guardia en la puerta de su propia casa. Recibía paquetes, a veces hasta 400 en un solo día, los clasificaba, los escaneaba, los guardaba en la planta baja y esperaba a que sus dueños pasaran a recogerlos. ¿Lo que ganaba por cada uno? Veinticinco céntimos de euro

A los 40 años, este vecino de Winterswijk (Países Bajos) ha decidido cerrar el "Servicepunt Dennis", su punto de entrega a domicilio, y recuperar algo que había perdido por el camino: poder salir de casa.

Al principio le pareció buena idea justo por lo contrario de lo que acabó siendo. "Vivía un poco como un ermitaño", recuerda en declaraciones al diario Brabants Dagblad. "Fue muy duro, apenas tenía contacto social. Eso fue lo que me hizo decir que sí". Aceptó para tener gente alrededor y terminó atrapado por esa misma gente.

El día para Dennis empezaba temprano. A primera hora llegaban los paquetes de empresas como GLS, DPD o Mondial Relay; luego venía clasificarlos, escanearlos, almacenarlos. Entre semana, los clientes recogían de tres a siete u ocho de la tarde. 

El problema no eran las horas, sino no poder desconectar nunca. "Me escriben que quieren pasar ya a la una, mientras estoy haciendo otras cosas. O que quieren venir el sábado", cuenta. "Muchas veces he dicho 'vale, ven'. Pero lo dejé, porque al final acaban abusando. Los mensajes que me entran el sábado no los miro hasta el lunes".

"La peluquería, la compra, el médico: todo antes de las diez"

Salir un rato era casi imposible; ausentarse más tiempo, impensable. "Hace poco tuve que ir dos días al hospital. Lo primero que me dijo una chica cuando volví fue que era francamente indignante que hubiera estado fuera tanto tiempo. Me puso de muy mal humor, te arruina el día", relata. 

Su vida entera se plegó al horario de los paquetes: "Es planificar constantemente. La peluquería, la compra, el médico: todo tiene que estar hecho antes de las diez". El verano pasado tocó fondo, cuando otros puntos del pueblo cerraron por vacaciones y le cayó todo encima: "A veces tenía cuatrocientos paquetes al día. A las tres ya había cola en la puerta. La calle entera se llenaba de coches".

Lo que le empujó a dejarlo no fue una crisis ni una sanción, sino el peso acumulado: estar siempre disponible, la casa llena de desconocidos, lo poco que sacaba. "Cada vez me cuesta más. Cada vez te exigen más". Su caso, además, no es único, y ahí es donde deja de ser una anécdota: a una colega suya de la ciudad de Westervoort el ayuntamiento le cerró su punto de entrega por los problemas de tráfico que generaba alrededor de su casa, y ahora investiga si trabajaba de forma ilegal desde su vivienda. Dennis lo entiende: "Esto es un barrio residencial, no un local comercial". A él nunca le llegó una queja formal, aunque sabe que a algún vecino le molestaba el trajín. 

Ahora, por primera vez en una década, no sabe qué va a hacer, y no le importa demasiado. Cobra una prestación y un orientador del servicio público de empleo le ayudará a buscar algo que encaje. Solo tiene una condición, y lo dice como quien por fin respira: "Sea lo que sea, será algo fuera de casa. Toda esa gente entrando y el mezclar trabajo y vida privada... ya estoy harto de eso".

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