El aviso de un sociólogo experto en longevidad sobre los excesos de la juventud: "La factura llega a los 55 años"
Un estudio demográfico advierte de que la esperanza de vida ya no avanza al mismo ritmo en todos los territorios que forman el continente europeo.
Los hábitos que se arrastran durante la juventud y la edad adulta temprana no pasan factura de inmediato, pero acaban haciéndolo. Y suelen hacerlo en un momento muy concreto. “Cuando tienes 20 o 30 años, crees que ya te cuidarás más adelante. Pero alrededor de los 55 años llega el ajuste”, advierte el sociólogo Serge Guérin, especialista en envejecimiento. “No es una cuestión moral. Es una constatación”.
Guérin resume así una de las conclusiones centrales de un amplio estudio del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (Ined) y el CNRS, que analiza la evolución reciente de la esperanza de vida en Europa. El trabajo detecta la aparición, desde comienzos de la década de 2010, de una “Europa a dos velocidades”, pero también identifica una franja de edad especialmente sensible: la comprendida entre los 55 y los 74 años.
Es en ese tramo donde, según el sociólogo, se hacen visibles las consecuencias acumuladas de los estilos de vida mantenidos durante décadas. “Durante mucho tiempo, el aumento de la esperanza de vida se explicó por la reducción de la mortalidad infantil y materna, gracias a los avances sanitarios y a la protección social”, explica. “Pero a partir de cierta edad ya no hablamos de riesgos puntuales, sino de trayectorias vitales completas”.
El estudio descarta que Europa haya alcanzado un límite biológico insalvable. “No hemos llegado todavía a esa frontera”, señala Guérin. “Las estimaciones sitúan el límite en torno a los 83 años para los hombres y 87 para las mujeres. Por tanto, todavía se puede ganar esperanza de vida”. El problema, subraya, no es la biología, sino la ruptura de la dinámica de mejora.
Esa ruptura se produce de forma desigual y tiene múltiples causas. “Hay una doble dinámica”, explica el sociólogo. “Por un lado, los comportamientos individuales: alimentación, actividad física, consumo de alcohol o tabaco. Pero, al mismo tiempo, influyen factores colectivos muy potentes, como el entorno social, la estabilidad laboral o la calidad de los vínculos con los demás”.
El informe muestra que las regiones donde la esperanza de vida sigue creciendo son, en general, aquellas con mejores condiciones económicas y sociales. “La esperanza de vida es un indicador excelente para entender el desarrollo de un territorio y su calidad de vida global”, afirma Guérin. “Los datos son bastante claros: se vive más tiempo allí donde las cosas funcionan mejor”.
En el extremo opuesto, los territorios donde la longevidad se estanca o retrocede concentran trayectorias vitales más frágiles. “Cuando no has podido cuidarte antes, o no has tenido las condiciones para hacerlo, eso no se paga a los 25 años”, señala el sociólogo. “Pero el cuerpo acaba pasando factura más adelante, y suele hacerlo en torno a los 55”.
Guérin insiste en que el mensaje no busca culpabilizar a las generaciones más jóvenes. “No se trata de señalar con el dedo ni de decir ‘lo hiciste mal’”, aclara. “Se trata de entender que la longevidad no depende solo de la medicina o del sistema sanitario, sino de cómo vivimos, trabajamos y nos relacionamos a lo largo del tiempo”.
El estudio advierte de que, si no se corrigen esas desigualdades acumuladas, la brecha en esperanza de vida seguirá ampliándose en Europa. Y con ella, una evidencia incómoda: que los excesos, las carencias y las renuncias de la juventud no desaparecen con los años, sino que acaban reapareciendo cuando el margen de maniobra es mucho menor.