Ganaba 60.000 euros al año, perdió su trabajo y ahora lo rechazan para repartidor y reponedor de supermercado: "Vivo de rechazo en rechazo"
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Ganaba 60.000 euros al año, perdió su trabajo y ahora lo rechazan para repartidor y reponedor de supermercado: "Vivo de rechazo en rechazo"

De sentirse un privilegiado a prácticamente vivir en el ostracismo social y laboral.

Un hombre derrumbado tras perder el trabajoGetty Images

Durante años ingresó en la franja alta del IRPF y pagó sin rechistar. Estaba convencido de que, si alguna vez llegaba un despido, el sistema respondería. Pero en diciembre de 2024 la carta llegó y el sueldo de 60.000 euros anuales desapareció de golpe. Desde entonces, su vida laboral se ha convertido en una sucesión de candidaturas fallidas. "Vivo de rechazo en rechazo", resume.

Hasta ese momento dirigía contenidos en una organización del ámbito medioambiental. Tenía estabilidad, responsabilidades y un salario que le permitía cubrir sin sobresaltos 1.000 libras mensuales de alquiler y facturas, además de 550 libras en manutención infantil. Hoy su cuenta bancaria apenas respira.

Los primeros meses tras el despido los afrontó con energía. En enero encadenó tres entrevistas -e incluso una segunda ronda- en entidades del sector profesional, una agencia de marketing digital y una consultora internacional. Parecía cuestión de tiempo. No lo fue. Dos de los puestos terminaron en manos de candidatos internos. "Competir contra alguien que ya está dentro es casi imposible", lamenta.

Probó entonces la táctica del volumen: hasta 50 solicitudes semanales. La estrategia no dio resultado. Tampoco los pequeños proyectos de consultoría que aceptó para ganar algo de oxígeno. Sin ahorros y con solo tres meses de indemnización, el margen se evaporó rápido. Cuatro meses después, solicitó el Crédito Universal, equivalente al ingreso mínimo vital (IMV).

Dos búsquedas paralelas

La necesidad le obligó a dividir su estrategia en dos carriles muy distintos:

  • Vía uno (carrera): puestos de comunicación en grandes organizaciones, acordes a su trayectoria directiva
  • Vía dos (supervivencia): trabajos inmediatos para generar ingresos: almacenes, fábricas, reposición en supermercados, reparto o asistente de profesor

Ha trabajado como temporal en entornos industriales. "Es duro, pero al menos sientes que haces algo útil", admite. Lo que no esperaba era que también lo descartaran para empleos básicos. Ni repartidor ni reponedor. Ni siquiera algunos puestos de inventario en tiendas.

En paralelo, observa cómo el mercado de su sector exige perfiles casi enciclopédicos para salarios cada vez más ajustados. "Piden experiencia estratégica, gestión de equipos, análisis de datos, comunicación digital… y no quieren pagar por todo eso". Ahora ha reducido el ritmo y se centra en tres o cinco candidaturas muy seleccionadas cada semana, intentando apoyarse en contactos internos o reclutadores.

Mientras tanto, recibe llamadas de fundadores que buscan talento senior a precio de saldo. "No quiero convertirme en un recurso barato", zanja.

Cuando las cuentas no cuadran

El Crédito Universal le aporta alrededor de 340 libras mensuales. La cifra, dice, no resiste ningún cálculo básico. Además, el sistema aplica una reducción del 55%: por cada libra que gana trabajando, más de la mitad se descuenta de la ayuda.

En la práctica, esto genera un círculo perverso:

  • Acepta empleos temporales mal pagados para cubrir gastos inmediatos
  • Esos ingresos reducen la prestación
  • El tiempo invertido le resta energía para optar a puestos acordes a su experiencia

"Es una trampa laboral", sostiene. El sistema, diseñado para transiciones rápidas en empleos de entrada, no parece adaptado a profesionales con trayectoria directiva.

Las citas periódicas en el centro de empleo tampoco ayudan. Su orientador fue amable, pero incapaz de ofrecer asesoramiento ejecutivo. Lo derivaron a talleres grupales de habilidades impartidos por una organización externa. En la misma sala coincidían perfiles radicalmente distintos: una madre con hijos pequeños, un adolescente a punto de examinarse y personas con dominio básico del inglés. "No hay forma de que una sesión así funcione para todos", explica. En una ocasión terminó ayudando al formador a dirigir la clase.

La presión psicológica pesa tanto como la financiera. Ha acudido a terapia y toma antidepresivos. "No me han hecho sentir mejor, pero sí han evitado que me derrumbe". La vergüenza también se acumula. Su pareja y sus padres lo sostienen económicamente en momentos puntuales, algo que agradece y detesta a la vez. “Quiero cuidar yo de ellos, no al revés”.

Su vida social prácticamente ha desaparecido. Cada domiciliación bancaria es un recordatorio de que las matemáticas no salen.

Reinventarse para no depender

Con el mercado laboral tradicional cuesta arriba, ha empezado a diseñar una alternativa. Tras dos décadas en comunicación estratégica, detectó un vacío: qué ocurre en una organización cuando la agencia externa define la estrategia y se marcha. Ahí, dice, es donde el mensaje puede diluirse.

Su idea es ofrecer un servicio flexible de supervisión y coherencia narrativa, por proyecto o a tiempo parcial, para evitar que la estrategia se desvirtúe. Un modelo más autónomo, menos expuesto a decisiones corporativas que pueden borrar de un plumazo un puesto directivo.

Ahora vive en un delicado equilibrio: trabajos temporales para pagar facturas y, en paralelo, la construcción de una consultoría propia. No sabe si volverá a un gran cargo estable. Lo que sí tiene claro es que la única red de seguridad real quizá no sea la que creyó estar financiando durante años, sino la que consiga tejer por su cuenta.

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