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Jacques, arquitecto de 79 años y buceador aficionado, esconde en su sótano 15.000 conchas marinas: "Todavía bajo a diez metros en apnea; a los tiburones no les tengo miedo"

Jacques, arquitecto de 79 años y buceador aficionado, esconde en su sótano 15.000 conchas marinas: "Todavía bajo a diez metros en apnea; a los tiburones no les tengo miedo"

Incluso en 2024, con más de setenta años, seguía buceando en el mar Rojo, en Egipto, junto a su familia.

Un hombre bcuceando en el mar profundo
Un hombre bcuceando en el mar profundoJason Edwards

Todo empezó como empiezan muchas pasiones duraderas: casi sin querer. Jacques Jeandot tenía apenas diez años cuando, durante unas vacaciones de verano, descubrió el mundo submarino. Aquel primer contacto con el mar marcaría una vida entera dedicada al buceo, la exploración y la colección de conchas marinas. Hoy, con 79 años, este vecino de Dole es una figura conocida entre buceadores y coleccionistas, dueño de una de las colecciones privadas más impresionantes que pueden encontrarse en Francia.

El recuerdo fundacional está grabado con nitidez. La familia viajaba por la costa francesa cuando una escena quedó fijada para siempre: su padre logró rescatar la embarcación de un marinero que estaba a punto de estrellarse contra las rocas por culpa del oleaje. Aquel gesto improvisado terminó en amistad… y en una invitación que cambiaría el rumbo de Jacques.

“Si os gusta el buceo, hay un sitio extraordinario”, les dijo aquel marinero. El destino era la playa de Pampelonne, cerca de Ramatuelle, en la Costa Azul. Padre e hijo no lo dudaron.

El descubrimiento del fondo marino

La escena que encontró allí distaba mucho del paisaje turístico actual. No había multitudes ni sombrillas: kilómetros de arena prácticamente desiertos, cerca del faro de Camarat. Fue allí donde Jacques realizó sus primeras inmersiones con equipos rudimentarios, muy lejos de la tecnología actual.

Un buceador belga les introdujo en el uso de tanques fabricados a partir de trenes de aterrizaje de aviones reconvertidos. Los reguladores eran de doble tubo y exigían técnica y paciencia. “Había que inclinarse para vaciar el agua”, recuerda. Aquel fue el verdadero inicio.

Con solo dieciséis años ya buceaba en pecios y recuperaba ánforas griegas y romanas a veinte metros de profundidad. A partir de ahí, el mar se convirtió en una constante. Siempre que podía —por trabajo o por azar— Jacques exploraba nuevas costas.

Sus viajes lo llevaron por:

  • Francia y España, donde siguió formándose como buceador
  • Nueva Caledonia y la Polinesia Francesa, con largas estancias
  • Las Antillas, Madagascar y diversas islas del Pacífico
  • Vietnam y otros enclaves del sudeste asiático
  • Allí donde encontraba mar y personas dispuestas a compartirlo, se sumergía.

Un tesoro ordenado al milímetro

Con los años, a las inmersiones se sumó otra obsesión: clasificar, conservar y estudiar lo que encontraba. Hoy, su colección alcanza las 15.000 piezas, todas cuidadosamente guardadas en vitrinas y cajones.

La magnitud solo se aprecia al cruzar las puertas de su casa. En la entrada ya aparecen las primeras conchas; en el salón, una selección de ejemplares blancos y raros. Pero es al descender por una escalera oculta, tras pasar por otras colecciones y su inseparable arpón —“el más potente del mundo”, bromea—, cuando se revela la verdadera cueva de Alí Babá.

Allí se despliega un universo de formas, colores y tamaños. Jacques se mueve entre Muricidae, Cassidae, Strombidae o Harpidae con la misma naturalidad que bajo el agua. Todo está organizado siguiendo estrictamente la clasificación científica establecida por Lamarck: familias, géneros, especies y subespecies. “No es solo coleccionar, es comprender”, insiste.

Aventuras en el Pacífico y respeto ganado

No todas las piezas proceden de sus inmersiones. Intercambios, ferias especializadas y compras han completado una colección construida durante décadas. En lugares como Numea o las Islas de la Lealtad, Jacques combinaba su trabajo como arquitecto con inmersiones nocturnas, aprovechando el insomnio para explorar arrecifes poco transitados.

En Polinesia, especialmente en las Islas Marquesas, llegó a encontrar especies rarísimas en apenas unas inmersiones, sorprendiendo incluso a buceadores locales con décadas de experiencia. Los tiburones nunca le intimidaron. “Si saben que no tienes miedo, se van”, resume. Esa valentía le ganó respeto y amistad entre las comunidades locales, algo que valora tanto como cualquier hallazgo.

La pasión que quiere legar

Incluso en 2024, con más de setenta años, seguía buceando en el mar Rojo, en Egipto, junto a su familia. Aún hoy puede descender diez metros en apnea.

Aunque ha empezado a desprenderse de parte de su colección —regalando piezas o vendiendo duplicados en ferias—, sus verdaderos tesoros permanecen bien guardados. Su mayor deseo ahora es otro: transmitir esta pasión a su nieto, que con menos de diez años ya le pide acompañarle al mar.