Josefa Ros Velasco, experta en aburrimiento crónico: "¿Cómo le explicas a una persona de 95 años que tiene que ocupar su tiempo pintando un dibujo de Disney?"
El aburrimiento como uno de los principales factores de riesgo de las personas mayores.

Llegar a la vejez no siempre significa encontrar calma o tiempo para disfrutar. Para muchas personas mayores, especialmente aquellas que viven solas o en residencias, los días pueden convertirse en una sucesión de horas vacías, rutinas repetidas y actividades que no sienten propias. Ese aburrimiento silencioso, del que apenas se habla, puede terminar afectando mucho más que al estado de ánimo.
Sobre esa realidad lleva más de una década investigando la filósofa y experta en aburrimiento crónico Josefa Ros Velasco. Se trata de una de las primeras voces en advertir de que el aburrimiento disfuncional en la vejez no es un problema menor, sino un factor que puede poner en riesgo la salud física y mental de las personas mayores, especialmente en contextos de soledad o institucionalización.
En su trabajo con personas de entre 75 y 100 años en residencias, la experta ha observado cómo la falta de personalización en las actividades puede generar una profunda sensación de desconexión con el tiempo. “Hay actividades que son para todo el mundo, pero ¿cómo le explicas a una persona de 95 años que tiene que ocupar su tiempo pintando un dibujo de Disney?”, cuenta Josefa en la conferencia ‘Soledad no deseada y aburrimiento en la vejez: comprender sin culpabilizar’, en unas declaraciones recogidas por el Diario Vasco.
Hace falta más personalización
En muchas residencias, la escasez de recursos y de personal obliga a estandarizar la atención y a proponer actividades que, aunque hechas con buena intención, no siempre conectan con los intereses reales de cada persona. El resultado es una rutina homogénea que deja poco espacio para la autonomía y la elección, y que puede acabar reforzando esa sensación de días intercambiables en los que el tiempo, más que vivirse, simplemente pasa.
Josefa señala así uno de los grandes fallos del sistema residencial: la atención estandarizada, que trata a todos por igual cuando lo que hace falta es personalización, recursos y tiempo humano para que cada residente encuentre una ocupación con sentido. Defiende que aburrirse no puede confundirse con descansar y que, cuando la inactividad viene impuesta desde fuera, la experiencia se vive como pérdida de tiempo y no como pausa reparadora.
La experta apunta a un sistema tensionado, donde la falta de recursos condiciona tanto la atención como la experiencia cotidiana de quienes viven en residencias. “El personal dice que no va a hacer más de lo necesario al cobrar muy poco y estar cansado de un trabajo demoledor”, resume Josefa, hablando de una realidad que explica en parte por qué la individualización de los cuidados sigue siendo más un objetivo que una práctica extendida.
