Marcos Fernández (26), historiador: "Las redes sociales crean monstruos modernos que siempre están en la otredad, en los otros. Pasa con los okupas, sin ir más lejos"
Según Fernández, las redes sociales no inventan el miedo, pero lo amplifican hasta convertirlo en una experiencia cotidiana.

El miedo siempre ha estado ahí. Antes tenía cuernos, garras, colmillos o forma de infierno. Hoy puede aparecer en un telediario, en un vídeo viral o en un mensaje compartido miles de veces en redes sociales. Esa es la idea que recorre La oscuridad de la razón, el primer libro del historiador Marcos Fernández García, una investigación sobre cómo Occidente ha creado sus monstruos a lo largo de la historia.
A sus 26 años, Fernández sostiene que el miedo no ha desaparecido con la ciencia ni con el progreso. Solo ha cambiado de forma. Y ahora, dice, se propaga con más velocidad que nunca: "Las redes sociales crean monstruos modernos que siempre están en la otredad, en los otros. Pasa con los okupas, sin ir más lejos", indica en una entrevista al diario Hoy.
Del demonio medieval al miedo viral
Durante siglos, el miedo se encarnó en figuras reconocibles: demonios, dragones, brujas, vampiros, infiernos. Eran imágenes que daban forma a lo desconocido y permitían ordenar el mundo.
Pero el miedo, recuerda Fernández, no es solo una emoción individual. También puede convertirse en una herramienta cultural y política. En la Edad Media, por ejemplo, la religión lo utilizaba como mecanismo de control: quien se saltaba las normas podía acabar en el infierno.
La idea sigue funcionando, aunque con otros disfraces. Ya no tememos tanto al demonio con cuernos y rabo, pero sí al vecino, al inmigrante, al okupa, al diferente. El monstruo se ha desplazado.
"Lo que más temor nos da hoy es otro ser humano"
Una de las tesis más potentes del historiador es que el miedo moderno se ha humanizado. Antes el monstruo estaba en los límites del mapa. En los territorios desconocidos se escribía aquello de "aquí hay dragones". Hoy, dice Fernández, esos dragones están en otra parte: en los telediarios y en las pantallas.
"Lo que más miedo nos da hoy es otro ser humano", resume. La Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la capacidad industrial para exterminar personas cambiaron para siempre la idea del mal. Desde entonces, el monstruo ya no necesita parecer monstruoso. Puede tener rostro humano. Incluso puede ser atractivo.
Ahí entran los vampiros modernos, la belleza como máscara del mal y el giro cultural que ha convertido a muchos monstruos en figuras seductoras o injustamente tratadas.
Las redes sociales como fábrica de paranoia
El salto decisivo llega con internet. Según Fernández, las redes sociales no inventan el miedo, pero lo amplifican hasta convertirlo en una experiencia cotidiana. Un mensaje falso, exagerado o directamente absurdo puede circular miles de veces en cuestión de minutos.
El mecanismo es simple: se lanza una amenaza, se repite en una cámara de eco, se magnifica y acaba pareciendo real. Da igual que el fenómeno sea minoritario. Si aparece todos los días en redes, en tertulias y en titulares, termina ocupando un espacio desproporcionado en la cabeza de la gente.
El historiador pone un ejemplo claro: los okupas. Un fenómeno reducido en términos porcentuales, pero convertido en miedo recurrente.
Miedos sin base real, efectos reales
Uno de los puntos más inquietantes de su análisis es este: un miedo no necesita ser cierto para tener consecuencias. Fernández lo explica con claridad: "Se generan temores que no obedecen a nada real, pero tienen los mismos efectos que si tuvieran una base cierta".
Eso ocurre con la inmigración, con el colectivo LGTBI o con cualquier grupo presentado como amenaza. El miedo polariza porque divide el mundo en blanco y negro: nosotros frente a ellos. Y ahí aparece el monstruo moderno: no como criatura fantástica, sino como figura social fabricada.
Quién promueve el miedo
La pregunta fundamental es quién gana con todo esto. Para Fernández, históricamente el miedo lo han promovido las élites: religiosas, políticas o económicas. No siempre las mismas, pero con un objetivo parecido: mantener el poder y conservar el statu quo.
En el pasado podía ser la Iglesia con el infierno. Después, los Estados con enemigos internos o externos. Hoy, sostiene, el miedo se articula desde élites económicas y mediáticas menos visibles, pero muy eficaces.
La diferencia es la velocidad. Antes el miedo viajaba por sermones, rumores o panfletos. Ahora lo hace por algoritmos, vídeos cortos y grupos de WhatsApp.
La ciencia no ha eliminado todos los monstruos
La ciencia ha reducido muchos miedos antiguos. Ya no atribuimos una epidemia a un castigo divino ni creemos, en general, que un demonio provoque una tormenta.
Pero el progreso también ha creado otros temores. Fernández recuerda que la ciencia prometía mejorar la vida humana, pero también ha servido para industrializar la destrucción. La tecnología no es buena ni mala por sí sola: depende de quién la use y para qué.
Por eso el miedo al mal uso de la ciencia sigue ahí. Armas, vigilancia, manipulación, desinformación. Nuevos monstruos con ropa moderna.
Vivir sin miedo no parece posible
El historiador no plantea eliminar el miedo. De hecho, cree que sería imposible. "Es imposible vivir sin miedo y puede que hasta sea importante que lo sintamos de alguna forma", sostiene en la misma entrevista.
El miedo nos protege, nos alerta y también nos obliga a pensar. El problema empieza cuando alguien lo manipula para dirigir la vida pública, señalar culpables o crear enemigos. Ahí deja de ser una emoción útil y se convierte en una herramienta de control.
En el fondo, el libro de Marcos Fernández habla de monstruos, pero también de nosotros. Cada época crea los suyos. La Edad Media tuvo demonios. El siglo XIX tuvo vampiros. El XX descubrió que el ser humano podía ser el monstruo más eficaz. Y el XXI ha encontrado una maquinaria perfecta para multiplicar el miedo: las redes sociales.
La pregunta incómoda no es solo qué nos da miedo. Es quién nos está enseñando a tenerlo.
