Michael Pollan, profesor de Harvard: "Normalmente pensamos que somos más conscientes que los animales, pero en cierto sentido ellos son más conscientes que nosotros"
Sociedad
Sociedad

Michael Pollan, profesor de Harvard: "Normalmente pensamos que somos más conscientes que los animales, pero en cierto sentido ellos son más conscientes que nosotros"

La realidad de las pantallas, las redes sociales o los chatbots comienzan a ganarle terreno a la conciencia humana. Esto inexorablemente empieza a privarnos cada vez mas de percibir la realidad tal y como es.

Michael Pollan, invitado al The Late Show en Nueva YorkCBS via Getty Images

Cada mañana, cuando abrimos los ojos, recuperamos algo que solemos dar por hecho: la conciencia. Percibimos el entorno, recordamos lo que hicimos ayer o anticipamos lo que vendrá.

Ese flujo mental cotidiano es el punto de partida del último libro de Michael Pollan, A World Appears, en el que el escritor y profesor de Harvard reflexiona sobre uno de los misterios más profundos de la experiencia humana: qué significa realmente ser consciente.

Para Pollan, ese espacio interior —donde soñamos despiertos, dialogamos con nosotros mismos o simplemente dejamos que la mente divague— es extraordinariamente valioso. Sin embargo, sostiene que en la actualidad está sometido a múltiples presiones externas que amenazan con colonizarlo.

La conciencia, un territorio en disputa

El autor plantea una idea que denomina "higiene de la conciencia". Con esta expresión se refiere a la necesidad de cuidar nuestro mundo mental del mismo modo que cuidamos el cuerpo o la salud física. En su opinión, la atención —el recurso que dirige nuestra conciencia— se ha convertido en un bien cada vez más disputado.

Buena parte de la responsabilidad recae en el ecosistema digital. Las redes sociales, explica, están diseñadas para captar la atención del usuario mediante estímulos constantes. Los algoritmos no buscan necesariamente enriquecer nuestra vida mental, sino mantenernos conectados el mayor tiempo posible. En ese proceso, nuestra capacidad para decidir dónde dirigir la atención se debilita.

"Cuando hablamos de conciencia también hablamos de atención", explica Pollan. Si esa atención es constantemente redirigida por plataformas tecnológicas que monetizan cada segundo de permanencia, el resultado es una mente cada vez más fragmentada.

A este fenómeno se suma otro más reciente: la aparición de chatbots y sistemas de inteligencia artificial capaces de mantener conversaciones aparentemente humanas. Según algunos estudios citados por Pollan, una proporción creciente de adolescentes recurre a estos sistemas para hablar, pedir consejo o incluso buscar compañía.

El riesgo de confundir máquinas con mentes

Para el autor, el problema no es únicamente tecnológico, sino también psicológico. Los seres humanos tienen una fuerte tendencia a atribuir conciencia a aquello que se comporta como si la tuviera. Si una máquina responde en primera persona, expresa emociones simuladas o muestra empatía, es fácil olvidar que detrás no hay una mente real.

Pollan considera preocupante que algunas personas establezcan vínculos emocionales con estos sistemas. Las relaciones humanas auténticas —explica— incluyen fricciones, desacuerdos y momentos incómodos que nos obligan a replantear nuestras ideas y a definir nuestra identidad. Un chatbot, en cambio, suele ofrecer respuestas complacientes y adaptadas a lo que el usuario quiere escuchar.

En ese sentido, advierte de que confundir simulaciones de conciencia con experiencias humanas reales puede empobrecer nuestra vida mental.

Lo que los animales nos recuerdan

Una de las reflexiones más provocadoras de Pollan surge cuando compara la conciencia humana con la de los animales. La cultura occidental suele asumir que los humanos ocupan la cúspide de la conciencia, pero el escritor sugiere que esa idea puede ser engañosa. "Normalmente pensamos que somos más conscientes que los animales", afirma, "pero en cierto sentido ellos son más conscientes que nosotros".

La razón es simple: un animal no puede permitirse distraerse. Su supervivencia depende de estar plenamente presente en el entorno. Un depredador o una presa que pierde la atención corre el riesgo de morir. Los seres humanos, en cambio, vivimos en entornos relativamente seguros que nos permiten desconectar mentalmente durante largos periodos.

Paradójicamente, esa misma seguridad facilita que nuestra atención sea capturada por estímulos artificiales, pantallas o flujos interminables de información.

Recuperar el control de la mente

Ante este panorama, Pollan propone recuperar una relación más deliberada con la propia conciencia. No se trata de eliminar el ruido mental —algo imposible— sino de volver a tomar el control sobre él.

Prácticas como la meditación pueden ayudar a delimitar ese espacio interior, apartando durante un tiempo las distracciones tecnológicas y permitiendo observar cómo funciona la mente sin interferencias externas. También sugiere aprovechar momentos cotidianos —esperar en una cafetería, caminar o simplemente no hacer nada— para cultivar esa presencia mental.

En última instancia, el mensaje del autor es sencillo pero ambicioso: cuidar la conciencia como si fuera un bien precioso. En un mundo donde cada vez más actores compiten por capturar nuestra atención, proteger ese espacio interior puede convertirse en uno de los grandes desafíos del siglo XXI.

Más de Sociedad

Comentar:
comentar / ver comentarios