Ni salvadores ni genios: la impunidad de los superricos que toleraron a Epstein y ahora juegan con el futuro del mundo
Muchos de ellos son altísimos ejecutivos de tecnológicas, élites políticas y multillonarios que "se creen por encima de la ley".

La reciente publicación de cerca de tres millones de documentos oficiales sobre la investigación de Jeffrey Epstein ha reabierto una herida que nunca terminó de cerrarse. Más allá de los detalles judiciales, lo que emerge con fuerza es el retrato de una élite económica que convivió, negoció y socializó con un delincuente sexual convicto durante años. No hablamos de figuras marginales, sino de algunos de los hombres más ricos e influyentes del planeta.
Epstein pudo operar durante décadas con una indulgencia judicial difícil de imaginar para cualquier ciudadano común. Su fortuna y su red de contactos funcionaron como escudo. Los nuevos archivos no solo amplían la información sobre sus crímenes, sino que iluminan el ecosistema de poder que lo rodeaba: ejecutivos tecnológicos, magnates financieros y responsables políticos que siguieron tratándolo incluso después de su condena en 2008 por tráfico sexual de menores.
Entre los nombres que aparecen figuran pesos pesados del mundo empresarial y tecnológico: Bill Gates, Peter Thiel, Reid Hoffman, Elon Musk o el actual secretario de Comercio de EE UU, Howard Lutnick. Algunos mantuvieron vínculos empresariales o filantrópicos; otros sostuvieron reuniones sociales cuya frecuencia minimizaron públicamente. Hoy, cuando la presión reputacional aumenta, varios de ellos intercambian reproches en redes sociales, en una escena que tiene más de ajuste de cuentas infantil que de ejercicio de responsabilidad.
Una élite sin fronteras ideológicas
El intercambio público entre Elon Musk y Reid Hoffman —con acusaciones cruzadas y mensajes sarcásticos sobre visitas a la isla privada de Epstein— ilustra la degradación del debate. Pero el problema es más profundo que una pelea en X.
Los documentos revelan algo más inquietante: el círculo de Epstein trascendía las divisiones partidistas. En su agenda cabían demócratas centristas y conservadores fervientes; filántropos progresistas y libertarios radicales. Bill Clinton y Donald Trump, enemigos declarados en la arena política, compartieron en distintos momentos proximidad con el financiero.
Lo que unía a estas figuras no era la ideología, sino la pertenencia a una misma clase: la de los ultrarricos con acceso privilegiado a información, influencia y capital. Esa comunidad de intereses parece haber pesado más que cualquier diferencia política.
El negocio del caos
Algunos intercambios de correos incluidos en los archivos muestran a un Epstein fascinado por la inestabilidad global. En mensajes privados celebraba el Brexit como antesala de nuevas alianzas y oportunidades financieras. En otros correos, mencionaba conflictos en Ucrania o disturbios en Oriente Próximo como escenarios fértiles para los negocios.
Esa mentalidad oportunista —ver en cada crisis una ocasión para multiplicar beneficios— no era exclusiva suya. Refleja una lógica más amplia de cierto capitalismo financiero que prospera en contextos de shock. Cuando las reglas se reescriben y los mercados tiemblan, quienes cuentan con liquidez e información privilegiada suelen salir reforzados.
No es casual que algunos analistas vinculen este comportamiento con la llamada "doctrina del shock": aprovechar el desconcierto colectivo para consolidar poder económico. En ese sentido, Epstein no era un extraterrestre moral dentro de su entorno, sino una versión extrema de dinámicas ya normalizadas.
¿Filántropos o poder sin control?
El senador Bernie Sanders ha sintetizado el malestar creciente al señalar que existe la percepción de una élite que se considera por encima de la ley. Frente a esa crítica, otros opinadores han defendido una visión más amable de los multimillonarios, recordando que crean empresas innovadoras, generan empleo o financian causas culturales y educativas.
Ese argumento presenta varios problemas:
- Las grandes compañías no son obra exclusiva de sus fundadores, sino también de miles de trabajadores
- La filantropía depende del capricho individual, no de mecanismos democráticos
- El poder acumulado permite influir en normas fiscales, laborales y mediáticas
El caso de Jeff Bezos resulta ilustrativo. Cuando adquirió The Washington Post en 2013 fue presentado como un mecenas dispuesto a sostener el periodismo independiente. Durante años, el modelo funcionó relativamente así. Pero esa estabilidad dependía de su voluntad. Si el propietario decide cambiar el rumbo —recortar plantilla o modificar la línea editorial— no existe contrapeso ciudadano que lo impida. Lo que se concede como gesto puede retirarse como decisión estratégica.
La cuestión de fondo no es si algunos multimillonarios realizan acciones positivas. El problema es estructural: una concentración extrema de riqueza otorga una capacidad desproporcionada para moldear políticas públicas, mercados e incluso narrativas informativas.
Epstein encarnó la cara más oscura de esa impunidad: un hombre que, protegido por su red de contactos, operó durante años con una sensación de intocabilidad. Su caída no debería servir solo para alimentar disputas entre magnates, sino para cuestionar el sistema que permitió su ascenso.
Porque cuando el poder económico se acumula sin límites efectivos, la frontera entre influencia legítima e impunidad peligrosa se vuelve cada vez más difusa. Y en ese terreno resbaladizo no solo se juega la reputación de unos pocos, sino la salud democrática de todos.
