Robin, 80 años, se levanta a las 4:30 de la mañana, trabaja 15 horas al día y se niega a jubilarse para no "morir en vida": "Hay dos sillas que te matan: la eléctrica y el sofá"
En mayo cumplirá 81 años y no piensa cambiar de ritmo.
Unos cuentan los días, meses o años que quedan para la jubilación y dejar de trabajar, y otros lo ven como morir en vida e intentan seguir al pie del cañón hasta ancianos o incluso, como sueñan muchos artistas, "morir en el escenario". Es el caso de Robin, que a sus 80 años sigue no solo trabajando, sino con una actividad que la mayoría no resistiría o querría ni con 30 años: 15 horas al día y 'madrugones' a las 4:30 de la mañana.
Robin Blair, propietario de JJ Blair & Sons en Darlington, en el noreste de Inglaterra. No cree en la jubilación entendida como retiro pasivo. A su edad mantiene abierto uno de los últimos puestos de fruta que quedan en su mercado.
Hay una frase que forma parte de la entrevista a Business Insider y resume toda una filosofía de vida: "Hay dos sillas que te matan: la eléctrica y el sofá". Y no es una ocurrencia. Es la forma en la que ha vivido siempre.
Desde que tiene memoria, su vida está ligada a la tierra y al comercio. Nació en 1940 y prácticamente creció bajo el mostrador del mercado, donde su madre lo escondía mientras atendía a los clientes. En su familia, trabajar no era una opción, era lo natural. La frutería familiar se fundó en 1875, y su padre siguió activo hasta pasados los 90 años.
A los cinco años, Robin ya sembraba semillas, plantaba coles y cuidaba tomates. No como castigo ni como excepción, sino como parte de la educación. Él y sus hermanos recibían su propio terreno para cultivar y podían quedarse con los beneficios. Aprendieron pronto a calcular costes, tiempos y rendimientos. Había incluso una rivalidad sana entre ellos para ver quién sacaba más dinero con la cosecha.
De los carros de caballos al declive del mercado
Robin dejó la escuela con 15 años para dedicarse al trabajo a tiempo completo. Era duro, pero nunca lo vivió como una carga. Durante años, todo el proceso era manual: cosechar por la mañana, lavar la fruta, cargarla en un carro de madera tirado por caballos y recorrer varios kilómetros hasta el mercado.
Su abuelo, fundador del negocio, no concebía otra forma de trabajar. Ni vehículos mecánicos ni prisas: el arnés del caballo tenía que ir limpio y brillante.
En aquellos tiempos, el mercado era un hervidero. Abría por la tarde y cerraba cerca de la medianoche. A última hora, los vendedores subastaban a gritos lo que quedaba. No había refrigeración y lo que no se vendía acababa en el compost. De ahí nació un lema que Robin sigue aplicando hoy: "Cuanto mejor parece la fruta, más dinero ganas".
Durante los años 60, 70 y buena parte de los 80, el mercado vivió su época dorada, con cerca de 200 puestos y una actividad constante. Pero la llegada de los grandes supermercados lo cambió todo. Aparcamiento gratis, precios ajustados y comodidad. Competir se volvió casi imposible.
Jornadas interminables… por elección
Su rutina no ha cambiado. Se levanta de madrugada para preparar el género y abrir a las 8:00. Atiende a clientes que buscan producto fresco, trato directo y conversación. A media tarde vuelve al vivero, donde también cultivan plantas. En verano, aprovecha la luz y trabaja hasta las 10 de la noche.
No lo hace por necesidad económica, insiste, sino porque parar no entra en su ADN. "Sentarme a ver la televisión sería empezar a morir", repite. Para él, el trabajo es actividad física, mente despierta y contacto humano. Tres cosas que, a su juicio, mantienen a cualquiera vivo más allá de la edad.
Robin escribe a mano los carteles de precios, cuidando la letra como si fuera caligrafía. Controla el punto exacto de maduración de los plátanos. Brilla las manzanas. Cultiva fresas, frambuesas y arándanos en sus propios invernaderos. Nada se deja al azar.
El futuro, una incógnita
Su hermano Keith, con quien compartió el negocio durante décadas, falleció en 2013. Desde entonces, Robin continúa solo. Reconoce que le entristece pensar qué pasará cuando él no esté. Su hija, Alyson, no descarta seguir la tradición, pero tampoco lo promete. "Nunca digas nunca", le dice.
Mientras tanto, cuenta con el apoyo de su esposa, Alwyn, a la que define como clave para mantenerse activo y saludable. En mayo cumplirá 81 años y no piensa cambiar de ritmo. No habla de heroicidades ni de lecciones de vida. Simplemente de coherencia.
¿Puedes trabajar en España hasta que quieras?
En España puedes trabajar hasta la edad que quieras en el sector privado, ya que no existe una edad máxima legal obligatoria para jubilarte, ya sea por cuenta ajena o propia.
Sin embargo, en el primer caso debes de estar físicamente apto y que la empresa no aplique un convenio colectivo que prevea jubilación forzosa en casos muy tasados (solo si tienes derecho al 100% de la pensión y tu salida crea empleo).
Puedes seguir cotizando indefinidamente y compatibilizar el trabajo con la pensión de jubilación activa (con un porcentaje reducido de la pensión si tus ingresos superan ciertos umbrales).
Eso sí, hay algunas excepciones: funcionarios públicos (edad máxima de 70 años), según la Ley 7/2007, Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP), artículo 27, y profesiones con riesgos, como minería o vuelos, aunque no son generales.