Ted Widmer, historiador: "Trump ha leído la historia incorrectamente: ve la doctrina Monroe como una forma de intimidar y saquear las Américas"
EL experto habla reprocha al presidente estadounidense cometer un grave error histórico.

La discusión sobre qué significa "América" volvió al primer plano en un lugar inesperado: el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. Allí, Bad Bunny desplegó una idea expansiva del término, enumerando países del hemisferio y repitiendo un mensaje inclusivo: América no es solo un país, es una comunidad diversa que va de Alaska a la Patagonia. Cuando cerró con un "Dios bendiga a América" -sus únicas palabras en inglés- lo hizo tras haber abrazado simbólicamente a todo el continente.
La reacción de Donald Trump fue inmediata. Desde sus redes sociales calificó el show como un agravio contra la grandeza estadounidense. Pero al hablar de "América", Trump se refería exclusivamente a Estados Unidos. Y ahí está el choque de visiones.
América: ¿concepto continental o marca nacional?
Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha utilizado "América" como sinónimo de Estados Unidos, reforzando una política exterior que prioriza el lema "America First". Bajo esa lógica, el hemisferio occidental aparece como una zona de influencia natural sobre la que Washington tendría derechos preferentes.
En ese marco ha resucitado una referencia histórica: la Doctrina Monroe. Trump la invoca como si fuera un título de propiedad geopolítico, una advertencia a potencias externas -China, Rusia, Irán- para que no interfieran en "nuestro" vecindario.
Sin embargo, el historiador Ted Widmer sostiene que esa lectura es profundamente errónea. Según él, Trump ha reinterpretado la doctrina como:
- Una licencia para intimidar
- Un argumento para ampliar la presión militar
- Un pretexto para asegurar recursos estratégicos
- Una coartada ideológica para el unilateralismo
Nada de eso -argumenta Widmer- encaja con el espíritu original del documento de 1823.
Qué fue realmente la Doctrina Monroe
La llamada Doctrina Monroe apareció en el mensaje anual al Congreso de James Monroe en diciembre de 1823. Pero su arquitecto intelectual fue su secretario de Estado, John Quincy Adams.
El contexto era delicado. Tras la derrota de Napoleón en 1815, las monarquías europeas -agrupadas en la Santa Alianza- buscaban sofocar cualquier brote revolucionario. Al mismo tiempo, los movimientos independentistas en América Latina avanzaban contra el debilitado imperio español.
La propuesta británica fue clave. El ministro de Exteriores George Canning sugirió una declaración conjunta para disuadir a las potencias europeas de recolonizar territorios americanos. Adams vio la oportunidad: Estados Unidos debía apoyar la autodeterminación en el hemisferio.
El resultado fue una fórmula prudente, no expansionista. En esencia decía:
- América no debía ser objeto de nuevas colonizaciones europeas
- Estados Unidos no intervendría en asuntos internos de Europa
- Cualquier intento de imponer sistemas monárquicos en el continente sería visto como hostil
- No era una amenaza imperial. Era un mensaje de equilibrio y no intervención
Conviene recordar algo que la retórica actual suele omitir: en 1823 Estados Unidos no tenía fuerza suficiente para imponer nada. Su ejército apenas superaba los 6.000 hombres y su marina dependía, en la práctica, del respaldo británico.
La joven república aún cicatrizaba tras la Guerra de 1812, cuando tropas británicas incendiaron Washington. Lejos de proyectar dominio, buscaba estabilidad y reconocimiento internacional.
Adams, diplomático experimentado y políglota, entendía que el poder estadounidense residía más en la legitimidad de su modelo republicano que en la coerción militar. De hecho, había declarado que su país no saldría al mundo "en busca de monstruos que destruir". Esa frase resume el contraste con la reinterpretación actual.
De la solidaridad al intervencionismo
Es cierto que la Doctrina Monroe fue transformándose con el tiempo. En distintos momentos sirvió para justificar:
- Intervenciones en el Caribe
- Presiones sobre Centroamérica
- Expansiones territoriales en el siglo XIX
El llamado “corolario Roosevelt” a comienzos del siglo XX dio un giro más intervencionista. Pero también existieron etapas de cooperación, como la política de "buena vecindad" de Franklin D. Roosevelt, que apostó por el respeto mutuo y el comercio.
La doctrina, en otras palabras, fue flexible. Pero su núcleo original no era la dominación, sino la defensa del hemisferio frente a imperios externos y el respaldo -al menos retórico- a la autodeterminación.
¿Una doctrina o una consigna?
Cuando Trump habla de actualizar la Doctrina Monroe en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, plantea una advertencia directa a potencias extrarregionales. El énfasis está en la fuerza, en la exclusión y en la competencia estratégica.
Widmer sostiene que eso es una lectura invertida de la historia. Donde Adams vio cooperación y equilibrio, Trump ve intimidación. Donde antes había una invitación a construir repúblicas independientes, ahora aparece una lógica de esferas de influencia.
Paradójicamente, la visión hemisférica que mostró Bad Bunny desde un escenario deportivo se acerca más al espíritu panamericano original que la retórica presidencial. Reconocer que América es plural, que comparte destinos y desafíos, implica entender que la grandeza no se impone: se construye en comunidad.
La disputa no es solo semántica. Es una batalla por el significado de América y por el uso político de la historia. Y, como advierte Widmer, cuando se invoca el pasado para justificar el poder, conviene asegurarse primero de haberlo leído bien.
