De la "cocaína digital" a la IA invisible: Silicon Valley admite que "hackeó" nuestros cerebros y ahora busca la redención
La solución que pretenden implementar también levanta una gran polémica.

Durante años, las grandes tecnológicas perfeccionaron un dispositivo que se convirtió en una extensión del cuerpo humano: el smartphone. Hoy, algunos de sus propios arquitectos parecen dispuestos a dinamitar esa hegemonía. Tras reconocer —explícita o implícitamente— los efectos nocivos del exceso de pantalla, en Silicon Valley comienza a tomar forma una nueva cruzada: la "computación ambiental" y la llamada "despantalla". La pregunta es inevitable: ¿estamos ante el ocaso del teléfono móvil?
Las cifras explican la magnitud del fenómeno. Según una encuesta de Reviews.org, el estadounidense medio consulta su smartphone unas 144 veces al día. En el transporte público, en la oficina, en el baño. La lógica es siempre la misma: no perderse nada. El FOMO (fear of missing out) se ha convertido en un rasgo generacional, casi clínico. A ello se suman dolencias como el "cuello de texto", consecuencia física de mirar hacia abajo durante horas.
La escena recuerda a los experimentos conductistas de B.F. Skinner: como palomas que esperan una recompensa, millones de usuarios tocan la pantalla con la esperanza de recibir una nueva notificación. El resultado es una economía de la atención que explota la dopamina como combustible.
De la fascinación a la alarma
Los efectos no se limitan a los adultos. Niños que han crecido deslizando el dedo sobre pantallas táctiles intentan ampliar con dos dedos el cristal de un zoológico real. La frontera entre mundo físico y digital se difumina. En las ciudades, los llamados "smombies" —peatones absortos en su móvil— han obligado incluso a instalar semáforos en el suelo para evitar accidentes.
El riesgo no es metafórico. Según el Automóvil Club Alemán (ADAC), alrededor del 13 % de los accidentes mortales en Alemania se deben a distracciones, en su mayoría relacionadas con el uso del smartphone al volante.
Entre adolescentes, la exposición constante a plataformas como TikTok se asocia con problemas de concentración y déficit de atención. Varios gobiernos han reaccionado:
- Australia y Francia han prohibido las redes sociales a menores de 16 y 15 años, respectivamente
- En el estado alemán de Hesse rige ya una prohibición de móviles en las escuelas
Paradójicamente, muchos de los pioneros digitales adoptaron precauciones similares en casa. Steve Jobs limitaba estrictamente el uso del iPad a sus hijos. Bill Gates hizo algo parecido. ¿Simple prudencia paterna o conciencia temprana de los riesgos?
En el corazón de Silicon Valley, las dudas son públicas. Tristan Harris, antiguo especialista en ética de Google, sostiene desde hace años que las tecnológicas "hackearon nuestros cerebros". Chris Anderson, exdirector de Wired, comparó las pantallas con una sustancia más cercana al “crack” que a los caramelos. Athena Chavarria, exdirectiva vinculada a Facebook y a la Iniciativa Chan Zuckerberg, fue aún más gráfica: “El diablo vive en nuestros teléfonos móviles”.
La ofensiva contra la pantalla
Más allá de la autocrítica, las compañías trabajan en alternativas. Las pantallas son caras, frágiles y problemáticas bajo la luz solar. Se rompen con facilidad, distraen y, en ciertos contextos, no pueden usarse legalmente.
Meta dio un primer paso con sus gafas inteligentes desarrolladas junto a Ray-Ban. Se controlan mediante la voz o con gestos en la patilla. La idea es consultar mensajes o grabar vídeos sin necesidad de sacar el móvil del bolsillo. La pregunta es si esos gestos —tocarse la sien en mitad de una conversación— acabarán siendo socialmente aceptados.
Apple, por su parte, explora un wearable con inteligencia artificial sin pantalla ni teclado, del tamaño de un AirTag, que se sujetaría a la ropa. Equipado con cámaras y micrófonos, funcionaría como asistente contextual: bastaría con preguntar en voz alta para obtener información sobre un edificio o una persona frente a nosotros.
Esta visión encaja con el concepto de "computación ambiental": integrar microordenadores invisibles en objetos cotidianos —lámparas, espejos, prendas— que respondan a comandos de voz sin necesidad de interfaces visuales.
OpenAI también se suma a la carrera con un dispositivo enigmático, conocido internamente como "Gumdrop": una suerte de bolígrafo inteligente desarrollado con la colaboración del diseñador Jony Ive. La promesa: escritura a mano combinada con IA en tiempo real. Sin notificaciones, sin scroll infinito.
La revista Wired ya habla con entusiasmo de la “Gran Despantalla”. La IA, sostienen algunos, podría “matar” al smartphone y liberarnos de su tiranía luminosa.
¿Liberación o nueva dependencia?
El discurso suena redentor. La tecnología que creó la adicción ahora promete emanciparnos de ella. Pero el movimiento también tiene una dimensión estratégica: dispositivos más discretos significan más datos contextuales, más información sobre hábitos y entornos.
Cuando el teléfono deja de estar en el bolsillo para convertirse en un clip en la solapa, la recopilación de datos no desaparece; se vuelve más invisible.
Esta retórica salvadora hunde sus raíces en la tradición casi espiritual de Silicon Valley, heredera del idealismo hippie y del pensamiento New Age. Bajo el prisma transhumanista, la tecnología no solo mejora la vida: la redime. Google llegó a adoptar el lema "No seas malvado”, como si el mal pudiera erradicarse mediante código.
Sin embargo, la historia reciente muestra que no todas las promesas prosperan. El “AI Pin” de Humane, promocionado como sucesor del smartphone, fracasó y dejó de producirse el año pasado. El paraíso pospantalla aún no se materializa.
La paradoja persiste: las mismas empresas que popularizaron el smartphone —y vendieron miles de millones de unidades— buscan ahora convencer al mundo de que la era de la pantalla debe terminar. Quizá el móvil no desaparezca mañana. Pero por primera vez en dos décadas, su reinado ya no parece incuestionable.
