Un español que vive en Noruega desmonta la idea de paraíso fácil que muchos tienen del país: "No os voy a engañar, fue duro"
"Es muy difícil hacerse amigo de los noruegos”
No todo lo que reluce en los vídeos sobre Noruega es oro, salarios altos y cafés con vistas a fiordos. A veces es un lago, una gasolinera, una residencia de ancianos y poco más. Eso es lo que viene a contar, sin épica impostada y con bastante honestidad, Vikingo de turno, un enfermero español que vive y trabaja en el país nórdico y que se ha especializado en desmontar, con calma y experiencia propia, algunos mitos recurrentes sobre emigrar al norte de Europa.
En uno de sus últimos vídeos en TikTok, el creador explica cómo fue su primera experiencia laboral en Noruega tras llegar contratado por una empresa intermediaria. Arranca con una aclaración importante: la gestión laboral funcionó bien. “Es verdad que en el otro vídeo dije que la experiencia con la empresa, me buscó trabajo, fue positiva, eso no lo voy a negar”. El choque llegó después, cuando tocó vivir en el primer destino asignado.
Ese lugar era Rødberg, un pueblo diminuto en el que, según relata, “tenemos el lago, una gasolinera, la residencia donde yo trabajaba y poco más, no hay nada más en ese pueblo”. Hasta aquí, postal nórdica. El problema empieza cuando se mide la distancia real con el resto del mundo. “No os voy a engañar, fue duro”, resume. La ciudad más cercana quedaba a dos horas y media en autobús y llegar a Oslo suponía cerca de cinco horas combinando trayectos y esperas.
Durante ese tiempo, el entorno laboral compensó parte del aislamiento. “En la residencia tengo muy buenos compañeros, me acogieron súper bien, no tuve ningún problema”, explica, aunque matiza que el pueblo estaba “muy apartado de todo”. Allí permaneció dos años y medio. El primer año, contratado a través de la empresa; después, él y otros compañeros españoles pasaron a ser empleados fijos porque resultaba demasiado caro mantenerlos vía ETT. “Nos dijeron tanto a mí como a otros tres españoles que estábamos allí que si queríamos seguir trabajando en esa residencia nos teníamos que hacer fijos”, cuenta.
Ese paso les permitió ganar estabilidad, mejorar el idioma y, con el tiempo, dar el salto a Oslo. “Ya teníamos buen conocimiento de noruego y nos mudamos a Oslo y ya pude encontrar trabajo sin necesidad de este tipo de empresas”. El mensaje, sin embargo, no pretende espantar a nadie. De hecho, el propio autor insiste en lo contrario: “No quiero desanimar en cuanto a venir a Noruega porque la verdad es que se trabaja muy bien en este país, hay mucha menos carga de trabajo, se vive muy bien”.
La advertencia va por otro lado y apunta directamente a la letra pequeña del paraíso. Si se llega mediante este tipo de contratos, lo habitual es empezar “en un pueblo bastante alejado del resto de la civilización”. Y ahí, avisa, hacen falta algo más que ganas. “Tenéis que tener una actitud positiva, mucha fuerza mental para aguantar en este tipo de sitios y sobre todo lo que más ayuda es una buena red de apoyo”, señala, antes de lanzar otra realidad incómoda: “Es muy difícil hacerse amigo de los noruegos”.
El cierre vuelve a bajar el balón al suelo. La experiencia merece la pena, pero conviene saber a qué se viene. “Tenéis que tener claro que venís a trabajar y que más adelante podréis optar a trabajos mejores y a sitios con más vida social”. Sin humo, sin promesas mágicas y con una conclusión clara: Noruega funciona, pero no regala nada. Y el paraíso fácil, si existe, no suele estar a cinco horas de autobús y tren.