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12/06/2018 08:25 CEST | Actualizado 12/06/2018 08:25 CEST

Así reacciona tu cerebro al ver o leer historias de crímenes reales

Hay motivos psicológicos por los que estas historias nos resultan tan atractivas.

Illustration Gabriela Landazuri/HuffPost Photos: Courtesy of CBS Netflix Serial HBO Robyn Von Swank

Siempre me han fascinado las historias reales de crímenes, pero no me convertí en adicta hasta hace dos años. Empecé con el descubrimiento del podcast de culto My Favorite Murder (Mi asesinato favorito), que escuchaba cada día durante horas mientras cocinaba, hacía deporte o limpiaba.

Cuando eso ya no me era suficiente, me sumergí en otros podcasts como Undisclosed (No divulgado) y Someone Knows Something (Alguien sabe algo), y empecé a ver series centradas en asesinatos, como The Keepers y The Jinx, por las noches, y culminaba los días leyendo absorbentes novelas de no ficción (como el inquietante libro After the Eclipse) sobre la devastadora naturaleza de los crímenes sin resolver.

Huelga decir que estaba enganchada. Lo que había comenzado siendo una fascinación sana se había transformado rápidamente en una obsesión. Acabé pagando las consecuencias en forma de pesadillas y ansiedad, dos problemas que nunca antes había tenido.

Los crímenes reales son tan cautivadores porque nos permiten intuir las partes más perversas de la psique humana.

Como género de entretenimiento, los crímenes reales han experimentado un importante resurgimiento en los últimos cinco años. Esto se debe en parte a series como Serial, un adictivo podcast de 2014 que va sobre un hombre llamado Adnan Syed, que fue encarcelado por asesinato y al que recientemente le fue concedido un nuevo juicio. Fabricando un asesino, un adictivo y controvertido documental de Netflix, también tuvo un enorme seguimiento por el análisis que hace de un espeluznante asesinato y del sistema judicial estadounidense.

Ya han quedado atrás los días en los que había que trasnochar y esperar a que empezaran programas como 48 Hours para recibir una dosis de misterios y asesinatos. Ahora, con los servicios de streaming o con la aplicación de Apple para tener acceso a podcasts gratuitos, todo el mundo tiene al alcance de sus manos horas de entretenimiento escalofriante y fascinante. Pero, ¿qué es lo que alimenta la obsesión por estas historias? ¿Es una simple cuestión de accesibilidad o hay algún motivo más?

A. J. Marsden, profesora asistente de Recursos Humanos y Psicología en la Escuela Universitaria Beacon de Leesburg (Florida, Estados Unidos), explica al HuffPost que uno de los motivos por los que los crímenes reales son tan cautivadores es porque nos permiten intuir las partes más perversas de la psique humana.

Nos atraen estas historias, según dice, en parte porque queremos comprender la motivación que hay detrás de unos actos de violencia tan horripilantes, inusitados e insensatos: "Queremos entenderlos porque tenemos miedo".

Con estas historias nos sumergimos en la faceta más siniestra del ser humano desde la seguridad del sofá.

Ver crímenes reales en casa permite a los espectadores explorar los miedos en un entorno controlado, "sumergirnos en la faceta más siniestra del ser humano desde la seguridad del sofá".

También puede haber otras motivaciones psicológicas. Por ejemplo, descubrir cosas sobre crímenes reales resulta atrayente al instinto humano innato de supervivencia, afirma Amanda Vicary, profesora asociada de Psicología en la Universidad Wesleyan de Illinois (Estados Unidos).

"Al aprender sobre asesinatos (quién es más probable que se convierta en un asesino, cómo se producen estos crímenes, quiénes son las víctimas...), los espectadores también aprenden formas de evitar convertirse en víctimas", señala Vicary.

Las mujeres, más propensas a buscar estas historias

Esta motivación interior se cumple especialmente en el caso de las mujeres. Un estudio de 2010 de la revista especializada Social Psychological and Personality Science reveló que las mujeres son más propensas a buscar historias de crímenes reales que los hombres.

"Tiene sentido si se analizan las clases de crímenes que abordan los podcasts y los documentales", ya que la mayoría de los casos son brutales, casos desconcertantes en los que las mujeres son las víctimas, según Amanda Vicary, coautora del estudio.

"A la hora de evitar ser la víctima de un crimen, las mujeres tienen más que ganar, en comparación con los hombres, cuando escuchan esos podcasts y leen esos libros", añade.

¿Tiene algún beneficio?

Aunque los beneficios que menciona Vicary a veces son complicados de cuantificar, la obsesión por los crímenes reales sí se traduce en ciertos efectos positivos y concretos.

"Si la gente cambia su actitud de formas socialmente aceptables tras informarse sobre estos crímenes, como empezar a asegurarse de cerrar la puerta con llave por las noches, entonces probablemente sea un aspecto positivo", admite.

La comunidad Murderino, una red internacional de fans del podcast My Favorite Murder, también viene a la cabeza en este sentido. Este grupo se ha convertido en una especie de red de apoyo. Los usuarios se desahogan contando sus angustias y comparten consejos de seguridad los unos con los otros, ya sea de forma personal o mediante redes sociales como Reddit y Facebook.

Sin embargo, recopilar información práctica para protegerte solo es útil hasta cierto punto, ya que al mismo tiempo te arriesgas a entrar en terrenos peligrosos, un círculo vicioso paradójico que intensifica y perpetúa tus miedos en vez de calmarlos.

"Es posible que las mujeres quieran informarse sobre los crímenes porque temen convertirse en víctimas, pero en cada podcast que escuchan o en cada libro que leen descubren otro caso de una mujer que fue raptada o asesinada, y eso puede incrementar su temor aún más", razona Amanda Vicary.

El precio de la sobreexposición

Además de una mayor ansiedad y de sufrir pesadillas, pasarte de la raya con las historias de crímenes reales también puede tener otras repercusiones negativas. Consumir un exceso de productos de este género intensifica la sensación de paranoia y te bloquea a la hora de asumir riesgos, aunque se trate de riesgos mínimos, según comenta la profesora Marsden.

"Por ejemplo, puede que renuncies a oportunidades de pasar un buen rato con amigos o familiares porque no quieras arriesgarte a verte en una situación peligrosa, como salir de un aparcamiento a altas horas de la noche", ilustra.

Por ello, la profesora Marsden recomienda autoevaluar de forma periódica tu comportamiento y estado emocional para comprender mejor cómo te pueden estar afectando las lecturas o las series sobre crímenes.

En el apogeo de mi obsesión, por ejemplo, me di cuenta de un pronunciado cambio en mi estado de ánimo, de estar normalmente animada a estar melancólica. También me costaba mucho esfuerzo distanciarme del material que absorbía, que me dejaba con una especie de tensión ligera pero perpetua.

La exposición prolongada a las historias de crímenes reales afecta negativamente a tu organismo, ya que, según la profesora Marsden, tus niveles de estrés se disparan cuando las ves o lees.

Consumir estos productos en exceso intensifica la sensación de paranoia y bloquea a la hora de asumir riesgos.

Es cierto que no todos los seguidores acérrimos de crímenes reales sufren efectos secundarios, además de que cada persona tiene distintos niveles de tolerancia a la cantidad y el tipo de contenidos que consumen. Pero si cada vez te parece más perturbador o sientes que la obsesión empieza a deteriorar tu rutina, es hora de tenerlo en cuenta.

"Si llega a un punto en el que una persona empieza a tener miedo a salir de casa o sufre pesadillas de forma habitual, quizá conviene despedirse de esos libros y podcasts por una temporada", advierte Vicary.

En cualquier caso, puedes seguir satisfaciendo tu amor por las historias de crímenes reales, pero en pequeñas cantidades, recomienda la profesora Marsden. Que no te dé miedo apartarte si lo necesitas. Si tomamos la cultura popular como un indicador, los documentales y los podcasts de crímenes reales no van a desaparecer en un futuro cercano.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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