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24/11/2018 19:10 CET | Actualizado 24/11/2018 19:11 CET

Sergio del Molino: "Detrás de un discurso cursi se esconde casi siempre un hijo de puta"

El escritor, que acaba de publicar 'Lugares fuera de sitio', habla de fronteras, patriotismo y banderas: "Ahora en Cataluña lo 'punky' es ser español".

CARLOS PINA
Sergio del Molino, en la Gran Vía de Madrid.

Pasó de ser conocido por La hora violeta a ser "el autor de La España vacía". Por esa regla de tres, Sergio del Molino quizás ahora pase a ser identificado por Lugares fuera de sitio. La obra obtuvo el Premio Espasa 2018 y al autor no le pesa este baile de títulos. Al contrario. "Es algo que celebrar, porque significa que no me he quedado estancado en dos libros y que la obra ha tenido calado", apunta el escritor.

En Lugares fuera de sitio, Del Molino hace un recorrido por las fronteras españolas más olvidadas, y algunos lectores han visto en este ensayo una especie de continuación de su archiconocida España vacía. El propio escritor reconoce que "este libro no existiría si no fuera por La España vacía", pero matiza: "El eje temático es muy distinto, aunque sí retoma y hace crecer algunas reflexiones ya esbozadas sobre la idea de convivencia y la mirada hacia el país".

A fuerza de mirar y mirar los pliegues de España, Sergio del Molino ha descubierto que probablemente ahora entiende su país menos que al principio, "porque cuanto más de cerca miras algo, más complejo te parece y más se van ampliando tus dudas".

¿Qué tienen los pliegues y las zonas más olvidadas de España que te atraen tanto?

Siento curiosidad por la rareza. En un mundo donde todo es uniforme y homogéneo, donde cada vez las ciudades se parecen más, comemos todos lo mismo y vestimos prácticamente igual... estos son lugares únicos, resisten cualquier comparación. No se parecen a ningún otro sitio más que a ellos mismos. Y eso tiene un atractivo muy grande como viajero curioso. Pero a un nivel más profundo, funcionan también como laboratorios de convivencia. Me gusta explorarlos porque ahí suceden cosas muy a flor de piel y de una forma muy grosera, cuando en el discurso nacional esas cosas están soterradas y son más difíciles de ver. Observar cómo funcionan esas sociedades y cómo han aprendido a lo largo de los siglos a superar su rareza histórica y las limitaciones que les han impuesto la geografía y la historia es una fuente de inspiración para pensar luego el país de manera global.

CARLOS PINA
El autor, durante la entrevista.

Es curioso que convenga fijarse en esos sitios cuando están profundamente afectados por la desigualdad, entre otras cosas. Pienso en Melilla, que es uno de los ejes de este libro. ¿Qué podemos aprender de lugares como este?

Melilla tiene serios problemas y es un lugar donde se manifiestan muchas de las tragedias contemporáneas de una forma muy fuerte, y donde la hipocresía de la UE se expresa de una forma radical y con cuchillas, directamente. Pero Melilla es muchísimo más compleja de lo que parece al principio. La primera imagen que tenía de Melilla era la de una avanzadilla insolidaria de la UE en un continente hambriento que intentaba contener. Pero luego he visto que los melillenses no son monstruos, evidentemente, y que también se sienten concernidos por lo que sucede, les afecta muchísimo ver todos los saltos de las vallas migratorias. Y ha sido la sociedad civil melillense la primera en denunciar todas las atrocidades que están sucediendo. Aunque se piense en ella como una sociedad estabulada en guetos, en realidad tiene unas conexiones mucho más intensas e inteligentes de lo que parece a priori. Con toda su crudeza y toda su dureza, Melilla nos enseña convivencia, porque aunque tiene todos los ingredientes para que explote la violencia, nunca termina de incendiarse la ciudad, porque funcionan unas redes de solidaridad y sabiduría tejidas siglo tras siglo que mantienen un equilibrio muy delicado, pero que funciona. Y es más de los que podemos decir de muchos conflictos.

Casi todas las banderas de los balcones están desteñidas, hechas jirones... Así quieren a su patria.

Defiendes que España necesita un relato común. Con el nacionalismo, los símbolos y las banderas, ¿no se está buscando esto, de algún modo?

Más que el hecho de necesitar un relato común, que creo que lo necesita, España ha desaprovechado una oportunidad histórica de construir un relato complejo y múltiple que no se parezca en nada a los otros relatos nacionales. El hecho de haber vivido el franquismo podía haber sido una bendición. Para mí, el hecho de que durante cuarenta años la extrema derecha secuestrara todos los símbolos nacionales —hasta el punto de que la mayoría de la población no se identifica con ellos porque están manchados y si sacas la bandera española significa que eres un facha— daba la oportunidad de crear otro discurso, de salir del patrioterismo y tomar conciencia de lo compleja que es una comunidad. Sería un relato basado en nuestra nostalgia, en nuestra mitología familiar, en otra cosa que no tenga que ver con tipos que degollaban moros ni brazos incorruptos de Santa Teresa, que son las cosas repugnantes que suelen conformar la mitología de los países.

Durante un tiempo tuvimos la oportunidad de llenar ese hueco y la desaprovechamos y, mientras tanto, los nacionalismos —sobre todo el vasco y el catalán— sí usaron ese vacío para construir unos relatos nacionales fuertes frente a los cuales no podemos hacer nada ahora mismo. Con esa oportunidad histórica podríamos haber creado una identidad mucho más abierta, más a la canadiense. Podríamos ser el Canadá de Europa y hemos perdido esa ocasión, siendo como somos: uno de los primeros países que aprobó el matrimonio homosexual, siendo un lugar que destaca en derechos sociales, que tiene una democracia avanzada. Podríamos haber convertido todo eso en símbolo de orgullo nacional y no lo hemos hecho, lo dejamos pasar.

CARLOS PINA

¿Ya no estamos a tiempo de darle la vuelta a esto?

Creo que es difícil, porque la embestida de la mitología y del nacionalismo (no sólo en España, sino en toda Europa) es tan fuerte que ahora mismo nos obligan a estar a la defensiva. Hemos perdido unos años preciosos en los que podíamos haber construido en paz ese relato.

Dices que la bandera española sigue asociada al fascismo, pero no hay más que salir a la calle para verlas en los balcones.

Están casi todas desteñidas, hechas jirones. No las han lavado, nos las han cuidado... Así quieren a su patria (risas). Muchas casi se han convertido en la bandera de Austria, lo amarillo se ha quedado blanco.

Pablo Casado trata de apelar a una España que no existe.

Cuando Pablo Casado reivindica la conquista de América, ¿no trata de buscar un tipo de relato común?

Pablo Casado trata de apelar a una España que no existe y que no sé si existió alguna vez, probablemente ni siquiera durante el franquismo. Trata de buscar y de excitar unos sentimientos que sólo tiene una minoría de la población y pienso que así está lejos de ganar elecciones, aunque igual luego me equivoco. Creo que con ese discurso ningún partido en democracia ha conseguido ganar elecciones. Siempre han tenido que replegarse para llegar a una sensibilidad mayoritaria. Si el tío se pone con la bandera española delante del peñón de Gibraltar, lo único que va a hacer es el ridículo. Creo que en la España de 2018 detrás de él va a ir muy poquita gente.

Antes hablabas de los casos de Cataluña y País Vasco. ¿Ellos sí que han sabido construir su relato?

Sí, sí. Además tenían a su favor que eran fuerzas antifranquistas y tenían un pedigrí democrático que les hacía muy atractivos y, como ese relato había sido represaliado por la dictadura, podían presentarse como mártires y luchadores demócratas. Pero ha habido un cambio generacional y ahora se incorpora a la política y al electorado un montón de gente para la cual el franquismo es algo lejanísimo, y que ha crecido viendo que el establishment era precisamente el PNV o las múltiples mutaciones de Convergencia de la burguesía catalana. Cuando lleguen a votar los que ahora tienen 15 o 16 años que han crecido en ese ambiente, será muy interesante ver qué giro sociopolítico se da. En Euskadi ya se ha producido: en las últimas elecciones generales, la fuerza más votada fue Podemos, que rebasó al PNV. Creo que los jóvenes no van a seguir tragándose ese discurso, porque lo van a percibir como hegemónico y su impulso natural va a ser tratar de buscarle la vuelta. A pesar de que han asentado muy bien el modelo nacional, es interesante lo que puede pasar allí en los próximos años. Ahora mismo, en Cataluña lo punky es ser español. Si quieres provocar, te pones una camiseta del Real Madrid. Y va con la juventud ser provocador.

Ahora mismo, en Cataluña lo punky es ser español.

Seguimos con el nacionalismo. Tú que conoces bien Gibraltar, ¿cómo están viviendo allí toda la locura del Brexit?

Con mucha inquietud. Son los últimos, saben que no importan nada, que el escollo principal era la frontera con Irlanda del Norte y que en el capítulo de negociaciones están vendidos. Creo que hay más preocupación en la Línea [de la Concepción] que en Gibraltar, pero está a ambos lados de la verja. Al final, lo apañarán como sea, pero sienten que en cualquier caso saldrán perjudicados. En Gibraltar, el 96% del electorado votó 'sí', votó 'remain' [quedarse en la UE]. Gibraltar es muy pequeñito y la mayoría de la población trabaja en Gibraltar pero vive en Sotogrande, en San Roque... están muy integrados dentro de Andalucía y de la provincia de Cádiz, son un pueblo más. El hecho de que se establezca una frontera nueva les aterroriza, porque puede cambiarles la vida de una forma radical.

CARLOS PINA

Últimamente está muy de moda hablar de la despoblación rural: en reportajes, ferias, festivales... ¿A qué crees que se debe? ¿Ha surgido una especie de 'fiebre' por la España vacía o es sólo cuestión de marketing?

Creo que hay dos niveles. El libro puso nombre a un fenómeno y cambió el discurso, pero el asunto de la despoblación y la memoria rural, de la nostalgia y la rabia política por la desaparición de ese mundo es algo recurrente en España desde los años 70 e incluso antes. Pero antes estaba reducido a un gueto y culturalmente también había sido una expresión marginal. El discurso estaba un poco agotado, secuestrado por académicos y por un tipo de literatura excesivamente nostálgica que no conseguía seducir. Al cambiar de tono, y al escribir desde fuera sin caer en el punto de vista académico ni nostálgico, se ha refrescado el discurso y ha permitido que surjan otros. Y eso ha ido unido además a cierto oportunismo político, ya que es un tema del que se saca mucha rentabilidad política. Es uno de los pocos que genera consenso entre los partidos. Cuando alguien dice que hay que salvar los pueblos, nadie se le echa encima. A nivel retórico funciona muy bien, aunque a nivel práctico no sirva de nada. Pero me gusta mucho más ese despertar íntimo y delicado de quien ha hecho de La España vacía una lectura sentimental que todo el ruido político de alrededor.

¿Pero se sigue pecando de paternalismo al hablar de la España rural?

No, creo que se ha renovado esa mirada de superioridad moral por la que antes veíamos a los habitantes de la España rural casi como indígenas, casi con racismo o clasismo, en este caso. Eso se está limando.

Detrás de un discurso cursi se esconde casi siempre un hijo de puta.

En Lugares fuera de sitio dices que "la cursilería es el estadio inicial del fanatismo". No sé si iba por Cataluña y el procés, pero recuerda un poco a eso.

Va por ahí y por todo. En general desconfío mucho de lo cursi. Creo que detrás de un discurso cursi se esconde casi siempre un hijo de puta. Los discursos honestos casi nunca se enuncian desde la exaltación y desde la floritura. La antesala del fascismo es la cursilería y todos los grandes fascistas han sido grandes cursis.

¿Y consideras que en Cataluña están pecando un poco de eso?

Mucho. El movimiento del procés ha sido profundamente cursi y eso revela una visión muy pobre, muy simplista y muy peligrosa, porque cosifica al otro, crea guetos y es muy poco humanista.