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23/02/2016 07:06 CET | Actualizado 22/02/2017 11:12 CET

'Hamlet' o Shakespeare en el limbo

hamletSi usted es una de las personas afortunadas con una entrada para ver Hamlet, de Shakespeare, con la dramaturgia y dirección de Miguel del Arco en el Teatro de la Comedia, ya le informo que no le defraudará. Del Arco es un hombre de teatro. Es un hombre de acción. Un emprendedor.

Foto cedida por La Compañía Nacional de Teatro Clásico/Alberto Nevado

Si usted es una de las personas afortunadas con una entrada para ver Hamlet, de Shakespeare, con la dramaturgia y dirección de Miguel del Arco en el Teatro de la Comedia, ya le informo que no le defraudará. Y si usted es una de las personas afortunadas que vive en algunos de los lugares a los que la lleva de gira, vaya comprando la entrada, pues es seguro que, como ha pasado en Madrid, también se agotarán (entre otras cosas, por los pocos días que está programada en cada lugar).

Hay que reconocerle a Miguel del Arco que tiene arrojo al montar Hamlet después del que hizo Tomaž Pandur en las Naves del Español del Matadero de Madrid. Montaje que todavía se recuerda a pesar del tiempo que ha pasado. Un suceso teatral con una Blanca Portillo como Hamlet y diciendo sola y desnuda en la sala grande "Ser o no ser...". O con Etxeandía como maestro de ceremonias de la juerga que los cómicos de la legua de la propia obra montaban en el bar de el Matadero en el intermedio para amenizar el pincho y la bebida que se tomaba el respetable.

Miguel del Arco hace olvidar ese Hamlet (al menos yo no he encontrado referencias en las primeras crónicas ni en las primeras críticas) por dos motivos fundamentales. El primero, su Hamlet. Quiero decir, su actor protagonista, Israel Elejalde, Al que no importa cómo vistan o en qué situación le pongan. Allí está él encarnando el texto y nadie puede decir al verle que no es Hamlet. ¡Qué facilidad para entrar y salir de escenas, estados de ánimo y situaciones sin moverse del escenario! Algo que exige este montaje.

Vídeo cedido por la Compañía Nacional de Teatro Clásico - CNTC/Kamikaze Producciones

El otro acierto es la forma de decir el texto. De nuevo, muestra de la competencia profesional de los actores españoles. Servido con voz y, como siempre que se sirve bien, con cuerpo. Consiguiendo que cada palabra, cada frase y la poesía de Shakespeare se oigan, se entiendan y lleguen al espectador. En este caso, más a su cabeza que a su corazón. No porque sea un montaje cerebral o sesudo, sino por cómo está servido.

Si han visto más montajes de Miguel del Arco, habrán comprobado que lo cerebral y lo sesudo no son sus poéticas. Es un hombre de teatro. Es un hombre de acción. Un emprendedor. Una acción que últimamente se focaliza más en los elementos escénicos que en otros aspectos. Tal vez porque gracias a su éxito empieza a manejar presupuestos algo más abultados que le permiten experimentar con una complejidad escenográfica que su talento teatral no necesita.

Es ese perderse en el cómo hacer la obra la que impide de alguna forma que este Hamlet vuele. A la manera que ya le pasaba con su Antígona, donde era aún más evidente. Dejando el montaje en el limbo. Y obligando al crítico a pararse más en los elementos técnicos y pasar de puntillas por el qué quiere contar. Es decir, tratar de responder a la pregunta de por qué un artista de su calidad monta Hamlet hoy y ahora para sus contemporáneos. Sobre todo, en un arte tan efímero y pegado a su tiempo como es el teatro.

Así, la conocida historia de venganza de este príncipe danés, ante la sospecha de que su madre y su tío han matado a su padre para arrebatarle el trono, una de las ficciones que ha construido y construye Europa, se escucha bien, entretiene y se ve bonita. Elementos suficientes para que la obra guste y agrade al público. Para que este aguante clavado a la butaca y aplauda al final con entusiasmo, incluso se levante y grite bravos. Y se vaya a casa con la sensación de haber tenido una gran tarde o noche de teatro y las palabras del bardo en los oídos. "Ser o no ser, esa es la cuestión".