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29/05/2013 08:35 CEST | Actualizado 28/07/2013 11:12 CEST

Intervenir

Llevo días oyendo repetidamente la palabra 'intervenir'. Sobresale por encima de cualquier otra en las conferencias, exposiciones y noticias que me llegan. Llevo, en realidad, meses escuchándola en mi cabeza, pero se ha hecho materia y se ha convertido en un animalejo con casi instintos primarios.

Llevo unos días oyendo repetidamente la palabra intervenir. Sobresale por encima de cualquier otra en las conferencias, exposiciones y noticias que me llegan. Llevo, en realidad, meses escuchándola en mi cabeza como un martilleo constante y perturbador, pero ahora se ha hecho materia y se ha convertido en un animalejo con casi instintos primarios. Es curioso cómo un término va evolucionando y muta su significado al ritmo de los tiempos. Es un eco, una huella existencial, casi un latido social. Hemos crecido interviniendo en diferentes causas o actividades y por delirios del destino, hemos acabado interviniendo sin más, o bien siendo intervenidos. No deja de ser extraño que en el mismo término converjan los opuestos.

En el mundo del arte, desde hace un tiempo, el término se ha convertido en un elemento básico a la hora de hablar prácticamente de cualquier puesta en escena. Todo se interviene: los espacios, museos, la materia... Ese algo intervenido ha dejado de ser simplemente un algo modificado para ofrecerse con envoltorio conceptual y aportar, de ese modo, un significado superlativo y cuasi metafísico que predispone al espectador virgen a ver algo supuestamente interesante. Hablamos de algo muy sutil, pero este tipo de términos que acuñan las diferentes disciplinas, fomenta un cierto halo de elitismo al tiempo que aleja al ciudadano de a pie. En Superdumbo o Sangüi de Murcia -no me digáis que no tenemos nombres increíbles de supermercado por el sudeste- no suelen intervenir los pasillos ni las latas de aceitunas de cuquillo, que yo sepa, y seguramente sus cajeras anden despistadas al respecto.

Por otro lado, esa misma acepción nos traslada al mundo del desamparo versus salvación: Europa nos interviene, las toneladas de hachís son intervenidas, los bancos y cajas, entidades, accesos, escaleras, pasillos, 50 Kgs de pescado en Almería, teléfonos móviles, el país entero... Existe una necesidad de intervenirlo todo desde arriba y una abrumadora sensación de que alguien está ejerciendo su autoridad sobre individuos anónimos. Encontramos en su acepción descripciones como examinar y censurar, controlar, dirigir, limitar incluso, que oscurecen aquel primer significado colaborador y buenrrollero.

Una extraña sensación de que nadie nos pide permiso y a nadie se lo pedimos. Esa petulancia que desprende la palabra hoy, unida a un contenido ambiguo, me hace estremecer produciéndo una gran punzada en la boca del estómago cuando suena a mi alrededor. El verbo en sí mismo supone una intromisión y es en sus límites donde radica su significado, con un matiz claramente ético.

Y a mí me parece que ahora menos que nunca cabe este término oscuro y altanero más que para guardarlo en el cajón, retorcerlo o hacer pan con él. No solo porque la vida se está simplificando sino porque también es primavera, que ha dejado de ser una estación para convertirse en un estado de ánimo, en operación bikini, hormona vivida y festivales de música. Como mucho, y puestos a no banalizar demasiado, un espacio de luz tan pura que solo uno debe controlar. En ningún caso ser intervenido ni violado ni cotejado desde fuera.

Es simplemente hora de mudar la piel. Las demarcaciones elitistas y las actitudes prepotentes son tan demodé como la propia palabra demodé que, por otro lado, me encanta.