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05/10/2012 08:54 CEST | Actualizado 12/03/2013 11:04 CET

Qué significa mojarse

Por primera vez en sus catorce años de liderazgo, Chávez se enfrenta a un rival, Capriles Radonsky, al que ha ninguneado, incluso a veces irrespetado y siempre descargado su verbo feroz y directo. Capriles Radonsky se ha apoderado del rol de David.

Muchas de las expresiones de uso frecuente en España fascinan a los latinoamericanos que nos afincamos aquí. Una de ellas es "mojarse" que quiere decir implicarse, decantarse, comprometerse. Para los venezolanos, mojarse solo sucede cuando te empapas en una lluvia, que en nuestro país tropical son torrenciales y demoledoras en los llamados "barrios", como nos referimos en Caracas a las favelas.

Por eso "mojarse" gusta tanto a los venezolanos que vivimos en España. Preferimos de lejos su acepción de compromiso antes que la terrorífica visión de nuestros ciudadanos convertidos en damnificados. Seguramente por eso una elegante dama caraqueña me pidió que "me mojara más" con respecto a las próximas elecciones presidenciales este domingo en Venezuela.

Me gustaría describir a la dama, infinitamente bien peinada, las puntas de su morena melena brillando en los sitios justos, sus uñas de perfecta manicura cubiertas por un delicado tono entre el rosa y el beige, sus labios tan bien perfilados que no se notaba y también acariciados por ese leve rosa y la base correctora indescriptiblemente fundida a su piel. La perfecta encarnación de la "Miss Centro Derecha". Mientras pensaba en una respuesta ella aprovechó para decirme que estaba vinculada al partido opositor Primero, Justicia, que forma parte junto a otras organizaciones políticas de la Mesa de la Unidad que tiene a Capriles Radonsky como candidato único. En la recta final de la campaña, Capriles se ha convertido en un fuerte competidor para Chávez en estas elecciones. Fue allí cuando le respondí: "La que tiene que mojarse eres tú que para eso eres de un partido político".

La política, como la televisión (que conozco un poquito más) es generalmente una empresa disfrazada de ideales, pero que como todas las empresas te usa, te explota y te desecha. En la televisión sabes cuando se acabó en el momento que la regidora te saca de la butaca y te quitan el micro. En la política puedes no darte cuenta. Por eso muchos no somos tan partidarios de vernos involucrados en eventos relacionados con las campañas. Pero al final, no se sabe bien si por perenne ingenuidad o esa estúpida necesidad de adrenalina, terminamos envueltos de alguna manera.

Como español, que también lo soy tanto por vida conyugal como profesional, me vi acudiendo a una extraña cena con nuestro anterior presidente y terminé formando parte de una foto de gente acariciándose una ceja como símbolo. Otro día recordaré más cosas de esa cena, pero este mismo lunes me encontré cómodamente sentado entre varios venezolanos residentes en Madrid pidiendo el voto de todos aquellos compatriotas en la misma situación. En esta ocasión ese volver a estar en lo mismo venía explicado porque la recta final de las elecciones presidenciales se han convertido en históricas para Venezuela y porque el voto de los venezolanos en España, al parecer mas de cien mil, son muy importantes y mediáticos.

Por primera vez en sus catorce años de liderazgo, Chávez se enfrenta a un rival, Capriles Radonsky, al que ha ninguneado, incluso a veces irrespetado y siempre descargado su verbo feroz y directo. Pese a todo ello, haciendo alarde de una campaña puerta por puerta en los más recónditos pueblos venezolanos, donde mojarse sigue siendo peligro, Capriles jamás usó la misma dialéctica contra el presidente. Ni tampoco puso, como dicen los americanos, la otra mejilla. Simplemente mantuvo ese perfil de cambio, de esperanza, de unidad que ha decidido representar. Poco a poco las encuestas fueron dándole la razón a su campaña y esta misma semana las palabras "empate técnico" han entrado a formar parte de las elecciones. Sean cuales sean los resultados de las elecciones, la revolución bolivariana estará obligada a replantearse.

No me fui de Venezuela por razones políticas sino económicas, aproveche una invitación gallega y me marché. Pero es verdad que cuando te haces de dos países, terminas involucrándote o te quedas "seco" y desubicado. Pero el factor David y Goliat de esta campaña electoral, terminó por humedecer mi corazón electoral. El enfrentamiento entre el poder de un Estado que lleva catorce años transformando a un país y el surgimiento de una fuerza política que parece madurada, construida y reconstruida a partir de esa transformación. Chávez siempre me ha parecido la consecución de un proceso de degradación en nuestra democracia. Los partidos políticos que le precedieron en la democracia venezolana no hicieron más que aprovecharse del dinero petrolero y hundirse en la corrupción. Esa corrupción impune trajo deuda, la deuda crisis y la crisis descontento y deformación de la figura del líder. Y entonces El Comandante surgió como respuesta, si se quiere como un David enfrentándose al terrorífico Goliat en que se había convertido el país.

Catorce años después, no hay respuestas para las mismas preguntas. ¿Por qué el petróleo es nuestro único motor económico? ¿Por qué la corrupción continúa devorando la mala repartición de esos beneficios? ¿Por qué es tan importante que el Gobierno controle y censure los medios de comunicación? Y, sobretodo, ¿por qué Chávez no ha sabido no convertirse el mismo en otro Goliat?

Con mucha inteligencia y cálculo, Capriles Radonsky se ha apoderado del rol de David. Me atrevo a imaginar a Chávez detenido delante de la papeleta electoral, observando a Capriles mirándole desde muchos sitios y recordándole ese David que una vez fue. Sería un excelente final, al menos para este artículo, imaginarse a Chávez votando por Capriles Radonsky. El recuerdo y el sucesor. Eso sí que sería mojarse.

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