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11/05/2013 10:13 CEST | Actualizado 10/07/2013 11:12 CEST

Sexo literario para eternos adolescentes

Las editoriales están apostando por un nuevo género juvenil, lleno de controversia porque muchos de sus libros incluyen sexo explícito. Muchos lectores adolescentes ya no se conforman con un puñado de metáforas cuando se habla del encuentro físico entre los protagonistas de las historias que leen.

GTRESONLINE

Las editoriales están apostando por un nuevo género juvenil bautizado al otro lado del charco como new adult fiction, literalmente ficción para nuevos adultos. Los protagonistas y lectores de sus libros estandartes, Maravilloso desastre (Jamie McGuire, Suma de letras) o El chico Malo (Abbi Glines, Destino) entre otros, se encuentran en esa edad intermedia entre la adolescencia y la edad adulta que no tiene nombre. Son ficciones de jóvenes que llegan a la universidad o a sus primeros trabajos, conflictos a los que se tienen que enfrentar ya sin la protección de sus padres; libros que dialogan sobre la pérdida de los resquicios de la inocencia y la confirmación de la identidad.

En realidad estos temas no son nuevos, aunque lo que había antes se publicaba en sellos adultos y no se catalogaba como un género propio. Ponerle un nombre y agruparlos en las filiales más juveniles los ha hecho mucho más accesibles.

También da la sensación de que con este movimiento las editoriales quieren alargar la adolescencia de los lectores, aunque el fenómeno puede entenderse como una necesidad de ofrecer ficciones más acordes con la realidad actual. Ahora los adolescentes lo son por mucho más tiempo, el acceso al verdadero mundo laboral o la maternidad se pospone casi una década por culpa del engranaje defectuoso del sistema. Los libros de la ficción para nuevos adultos se adaptan así a un tiempo de letanía en la transición a la vida adulta, en el que las limitaciones de la crisis que asfixia el mundo no permiten que los jóvenes crezcan.

Fotos: imagen cedida por Destino (izq.) y Vimeo (dcha).

El tema de la NA (acrónimo en inglés de new adult fiction) está lleno de controversia, no sólo por los motivos de su repentina aparición y las dudas sobre su existencia previa, sino porque muchos de sus libros incluyen sexo explícito. Si bien es cierto que no es una condición intrínseca del género (The scorpio Races de Maggie Stiefvater es otro de los libros insignes en el que no hay páginas de alcoba), una parte de ellos se centra más en el sexo que en dar cabida a los problemas de una etapa vital concreta.

Encontrar esas descripciones tan exhaustivas en las páginas de una novela con intención de convertirse en un éxito de ventas aparentemente es una consecuencia de la onda expansiva de la novela erótica de moda 50 sombras de Grey. Parece innegable lo mucho que ha tenido que ver en el surgimiento de ciertos títulos de NA ya que los viciosos protagonistas escritos por E. L. James se encuentran en la veintena. Aunque el hecho de que los sellos juveniles incorporen títulos calientes a su catálogo evidencia un cambio... Parece que muchos lectores adolescentes ya no se conforman con un puñado de metáforas cuando se habla del encuentro físico entre los protagonistas de las historias que leen.

Este cambio comenzó en Internet, en parte porque muchos libros de la nueva ficción para adultos se autoeditaron en la red, y en parte por el cada vez más poderoso fenómeno de la fanfiction (ficción de fans). En estos relatos, escritos sin pretensión económica por los seguidores de una novela o película, se utilizan los personajes y las situaciones de la historia original para crear una nueva ficción. La web FanFiction.net es la más famosa de todas ellas, aunque ya no aceptan nada para mayores de dieciocho años. La censura llegó entre otros motivos porque mucha de la fanfiction gira en torno a las relaciones sexuales no tratadas en la versión original y a menudo descritas con detalles explícitos (la propia 50 sombras de Grey comenzó de esta manera en la red).

El fenómeno existe desde la década de los sesenta, en los fanzines, pero antes de Internet los jóvenes estaban más protegidos de este tipo de literatura no adulta con contenido erótico. Ahora el acceso se ha vuelto mucho más natural y no sólo para su lectura, sino también para su escritura. Y es que la mayoría de los que crean los contenidos en esas páginas webs que reciben millones de visitas diarias son adolescentes. Las editoriales supieron ver que el sexo, en todo su esplendor literario, podía tener un mercado y decidieron apostar por lo que ya triunfaba en Internet, primero en adultos y ahora en adolescentes. En nuestro país se aunaron a ambos lectores en la novela Los tatuajes no se borran con láser, de Carlos Montero, coordinador de una de las series de la televisión que más ficción de fans generó en la red, Física o química.

La inclusión del sexo sin tabúes en la literatura juvenil siempre ha suscitado la polémica. Aunque lo realmente paradójico de su repentina invasión es que los adolescentes no parecían necesitarlo; ahora más que nunca el acceso a la pornografía en bruto está a golpe de clic en Internet. No sería justo generalizar, pero da la sensación de que en la literatura juvenil se encuentra algo diferente a la actuación exigente y rápida del sexo de la red. La elaboración imaginaria que ofrece la lectura del erotismo, aún en su extremo más pornográfico, devuelve parte de lo que el sexo tenía de misterioso y de descubrimiento antes de su sobreexposición en la red.

Las encargadas de este rescate de la sexualidad, por llamarlo de alguna forma, han sido las chicas, ya que son ellas mayoritariamente las que lo escriben y también las que lo leen. Este fenómeno podría tomarse como una reacción a las (necesarias) libertades que se ofrecieron en las décadas pasadas y que hicieron que la sexualidad, para muchos jóvenes y no tan jóvenes, se convirtiera en una forma más de consumo y no en un conocimiento de uno mismo a través del otro.

La literatura juvenil erótica parece que ha echado el freno a la pornografía de la pantalla de ordenador. Se ofrece una alternativa menos obvia desde el papel, lo que podría interpretarse como una vuelta atrás, aunque también como una búsqueda para reordenar o redefinir la sexualidad tras las vueltas de más que se le han dado. Tal vez haya ocurrido como con el péndulo de Foucault, que una vez alcanzado el límite de un lado sólo puede volver al otro.