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10/01/2016 09:56 CET | Actualizado 10/01/2017 11:12 CET

Mientras hablamos de reinas magas, Susana y Venezuela

manifestacionesSeguimos hablando de lo mismo. De apocalípticas reinas magas, de líneas rojas, de Susana, de Soraya, de siglas, de radicales, de romper España y de Venezuela. Pero no hablaremos de toda la sangre derramada en República Centroafricana o Burundi. Ni unos, ni otros. Como no hablamos del drama de los refugiados en campaña, como seguimos sin hablar ahora.

Manifestantes piden en Nairobi, Keni, la reactivación de las conversaciones de paz en Burundi/REUTERS

Menudas Navidades llevamos. El aperitivo fue el sprint preelectoral: mucho espectáculo, algún que otro tropezón y grandilocuentes promesas. A Rajoy tuvimos que conformarnos con verlo entregándose a los encantos de Bertín. Luego vinieron los resultados de las elecciones y, de repente, nos dimos cuenta de que no era tan fácil ser Dinamarca. Pero por algo hay que empezar. Luego empezaron las conspiraciones de los pactos. Las culpas volaron a un lado y otro de la mesa, como vuelan los afilados calificativos e improperios en las temidas comidas familiares navideñas.

Pero es que además tocaba (otra vez, o por fin) Cataluña. Y vuelta a empezar. España se echaba las manos a la cabeza por que un partido de radicales antisistema tomase una decisión que podría condicionar su futuro y el de sus conciudadanos a partir de una votación entre sus militantes. Será que soy muy despistado, pero mi sensación fue que nadie pone el grito en el cielo cuando las decisiones a nivel estatal de un gran partido las toma un corrillo de barones regionales. O cuando un partido propone pactos con aquellos con los que en campaña juró y perjuró que no pactaría. Será cuestión de percepciones. Siempre lo es.

El resultado es que, mientras tanto, seguimos hablando de lo mismo. De apocalípticas reinas magas, de líneas rojas, de Susana, de Soraya, de siglas, de radicales, de romper España y de Venezuela. Aquí todos los caminos llevan a Venezuela. País, dicho sea, que se encuentra en un momento de tensión e incertidumbre y que sin duda merece todo nuestro apoyo para que se garantice el pleno funcionamiento de la democracia y el respeto por los derechos humanos.

Unas horas antes de escribir estas líneas leo en un importante periódico nacional el siguiente titular: Podemos elude apoyar la democracia en Venezuela. Grandes palabras. Por lo visto, se reunieron el PP, el PSOE, Ciudadanos, UPyD y el PNV y firmaron un "manifiesto por la defensa de la democracia" en el país sudamericano. Es decir, en una reunión extraparlamentaria, con partidos que antes no tenían representación en las Cortes y algún otro que ahora ya no la tiene. Para más inri, faltaba todo un abanico de fuerzas políticas. Pero solo una se ganó el premio del titular.

Por la tarde, el artículo seguía en la portada digital del diario. Era uno de los más compartidos y comentados.

Aunque considero innecesario aclararlo, añadiré que mi intención no es ni de lejos defender a Podemos. Creo que, si lo desean, pueden defenderse ellos solitos. Y, de paso, ojalá su entrada en el Congreso y el Senado sirva para que la ciudadanía, si así lo desea, obtenga tarde o temprano una respuesta clara sobre su postura respecto a las problemáticas que se plantean en Venezuela.

Seguimos hablando de lo mismo de siempre, unos y otros, y seguimos pagando por las mismas portadas.

Tarde o temprano. En su momento. Entiendo que nuestro país tiene importantes vínculos humanos, políticos y económicos con Venezuela (entre ellos, las ventas de armas y buques de guerra autorizadas por parte del saliente ejecutivo de Rajoy). Venezuela y los derechos humanos de los venezolanos (que dudo se beneficien de este flujo de armas) deben y deberían importarnos.

Pero, mientras hablamos de reinas magas, de líneas rojas, de Susana, de Soraya, de siglas, de radicales, de romper España y de Venezuela, ahí fuera están ocurriendo cosas terribles. Una ejecución masiva en Arabia Saudí ha convertido a la diplomacia de Oriente Medio en una sucesión de amenazas que no ha dejado a ningún actor internacional indiferente. El país ejecutor es, además, uno de los mayores clientes de la venta española de armamento.

O quizás sea más urgente Yemen. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha denunciado la muerte de 2.795 civiles en los últimos nueve meses de conflicto. El organismo se ha mostrado especialmente preocupado por el uso de bombas de fragmentación por parte de la coalición internacional que lidera Arabia Saudí. El altísimo porcentaje de víctimas mortales y heridos entre los civiles en los ataques y bombardeos es consecuencia de la utilización de unas armas de una crueldad inimaginable y un respeto nulo por el derecho internacional humanitario. La pregunta es por qué a algunos partidos (así como a parte de la ciudadanía) no les urge siquiera saber si nos estamos lucrando con sangre yemení.

También podríamos hablar de la República Centroafricana. ¿Sabían que el pasado 30 de diciembre se celebraron allí unas elecciones presidenciales que, se espera, podrían poner fin a uno de los conflictos más cruentos del planeta? O de Burundi, donde alrededor de 400 personas han muerto y cientos de miles han huido a Tanzania y Ruanda ante un aumento de la violencia y la represión desde que el presidente Nkurunziza anunció el pasado abril su candidatura a un inconstitucional tercer mandato. Dicen quienes han visto aquello que los cadáveres inundan las calles. ¿Qué tienen que decir nuestros partidos al respecto?

Pero aquí no hablaremos de toda esta sangre derramada, de todo este sufrimiento. Ni unos, ni otros. Como no hablamos del drama de los refugiados en campaña, como seguimos sin hablar ahora. Como no hablamos de la violencia en Centroamérica, a pesar de estar tan cerca de Venezuela. Como no hablamos la narcopolítica cuando estrechamos lazos comerciales, o de los asesinatos de personas trans, o de la mutilación genital de los bebés intersexuales. Como aún cuesta hablar de feminicidios. Seguimos hablando de lo mismo de siempre, unos y otros, y seguimos pagando por las mismas portadas.

La pregunta es si de verdad somos tan fáciles de manipular.

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