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30/12/2020 07:00 CET

El acoso a profesores se reinventa con la pandemia: “Estamos desarmados”

Preocupan las amenazas por parte de alumnos y padres, tanto en lo presencial como en lo virtual: "Es intolerable".

JOSEP LAGO/AFP via Getty Images
Una profesora da la bienvenida a sus alumnos el primer día de clase, el 14 de septiembre de 2020, en Barcelona. 

La pandemia no ha puesto freno a las amenazas y al acoso que sufren muchos profesores por parte de sus alumnos o de sus familias. La pandemia ha transformado los medios, pero no el fin. 

Eso pudo comprobar un profesor de un pequeño pueblo de Asturias, que después de un tiempo de baja por las faltas de respeto que recibía, pidió el alta confiando en que las clases online mejorarían la situación. No fue así. A finales de curso no pudo aguantar más el “acoso y derribo” al que le sometían sus alumnos. Se quitó la vida. 

Este es el caso más extremo que atendió el Defensor del Profesor del sindicato ANPE en el curso 2019-2020. El más extremo, sin duda, pero no el único. Durante el curso pasado, 1.594 docentes de toda España pidieron ayuda a ANPE, sindicato de atención al profesorado de la enseñanza pública, por conflictos o problemas relacionados con los alumnos, con las familias de estos o con el entorno laboral.

“La situación está descontrolada”

Esos casos son “sólo la punta del iceberg”, asegura Laura Sequera Molina, coordinadora nacional del Defensor del Profesor de ANPE. “Los profesores que vienen a pedirnos ayuda son los que están en situaciones extremas, límite: cuando se ha abierto un expediente, cuando hay una denuncia policial de por medio, cuando un padre le ha pegado, cuando un alumno le ha empujado”, enumera Sequera. 

El 73% de los docentes atendidos por ANPE presentaban unos niveles de ansiedad impropios de la tarea a realizar, un 11% mostraba síntomas depresivos y un 11% estaba de baja laboral.

“Vienen cuando no pueden más. El problema es que antes han estado soportando y normalizando acusaciones, injurias o violencia verbal; situaciones que en absoluto son normales, y que no deberían darse en la enseñanza”, detalla. “La situación está descontrolada”, afirma la coordinadora. 

Este año ANPE ha atendido unos 500 casos menos que el curso anterior, pero en el sindicato están convencidos de que la violencia no ha disminuido, sino que ha mutado. 

Se ha abusado de la situación de pandemia y de que las clases se hacían online

“Ahora, para hablar de acoso, tenemos que hablar también de ciberacoso”, explica Laura Sequera. “Cuando uno no está cara a cara frente a la otra persona, se crea una sensación de impunidad en la que el alumno, o la familia, puede difamar, injuriar, burlarse…”, describe. “No te imaginas la cantidad de grabaciones que se han hecho de los profesores sin su consentimiento, y que después se han distorsionado, descontextualizado o les han cambiado el cuerpo y han mantenido su cara”, cita.

En su opinión, “se ha abusado de la situación de pandemia y de que las clases se hacían online”. “Precisamente ahora estamos investigando unos vídeos de un youtuber menor de edad muy famoso en los que incita a la rebeldía, a la desobediencia y a la violencia contra los profesores”, comenta Sequera, especializada en Ciencias de la Educación y Formación del Profesorado. “Es intolerable que este tipo de ‘líderes’ sociales hagan esto de forma impune”, sostiene. “Hay jóvenes a los que les encanta este tipo de violencia; y hay otros que callan por miedo”.

De todos los casos atendidos por ANPE el curso pasado, el 11% corresponden a ciberacoso a los profesores por parte de los alumnos, siendo un 1% más que el año anterior. “Pero quien se lleva la palma son los padres”, apunta Sequero. “Su comportamiento negativo ha subido este curso en cuatro indicadores diferentes: el ciberacoso, que ha pasado de un 2 a un 5% de media, las acusaciones carentes de fundamento, las faltas de respeto y la presión para poner notas más altas”, explica la coordinadora del Defensor del Profesor. 

Un rumor falso que acabó en “drama”

Virginia (nombre ficticio) es profesora de instituto desde hace más de 20 años en un pueblo de Castilla-La Mancha, y sabe bien de lo que habla Laura Sequera. Ella lo sufrió con un alumno de 2º de la ESO, o más bien con la madre del joven. 

“Lo que ocurrió fue totalmente surrealista”, avanza Virginia. Todo empezó con un suspenso en la primera evaluación, en la que el chico tuvo un 4.

“Un día fui a recoger a mis hijas al colegio y me encontré a la madre del chico. Se acercó y me preguntó qué podía hacer para que su hijo aprobara. Le dije que no se preocupara, que se tenía que esforzar un poco más y ya está”, relata Virginia. 

“Al cabo de los días el chico se tiró un eructo en clase, y decidí ponerle un parte. Hasta que no tienes tres partes, no te expulsan; o sea que es más una forma de que los padres lo sepan y pongan ellos un castigo, si lo ven necesario”, explica. “Al día siguiente, me encuentro a la madre del chaval en el pasillo del instituto. Por obligación moral, me acerqué, pensando que quería que hablásemos por lo del parte. Y entonces empezó a insultarme y a cuestionar mi trabajo. Me dijo que yo tenía a su hijo enfilado porque su marido tenía un problema de lindes con mi marido”, cuenta. “Era totalmente falso, ¡ni siquiera conocemos al marido!”, exclama.

Es increíble, pero la que se siente avergonzada soy yo. El equipo directivo me dijo que nunca desconfió de mí. Pero al final es el clásico ‘difama, que algo queda’

Virginia se enteró después de que el padre de su alumno es agricultor, como su marido, y que la madre achacaba, sin fundamento, los malos resultados de su hijo a un conflicto sobre la propiedad de los terrenos agrícolas. Un tema en el que no estaba en absoluto involucrado la pareja de Virginia.

“No entendía qué pintaba mi marido en todo este fregado”, explica la profesora. “Enseguida fuimos a hablar con el director y la madre se reafirmó: que su marido y el mío habían estado a punto de llegar a las manos, que se lo había contado su hijo”, recuerda Virginia. “Puso en duda mi profesionalidad y mi imparcialidad”.

A Virginia todavía le cuesta hablar de ese episodio que ocurrió hace ya casi un año. Le dolió la mentira del alumno y la reacción de la madre, pero sobre todo la actitud que adoptaron sus superiores. “En vez de desacreditar esta acusación, lo único que me dijo el equipo directivo es que no me preocupara, que no dudaban de mi verdad, y que seguramente la madre se estaría confundiendo con otra persona”, señala. 

Álex Cámara/NurPhoto via Getty Images
Primer día de escuela en Granada, el 10 de septiembre de 2020. 

Pero Virginia quería que se aclarara definitivamente el tema. “Pedí que se creara una comisión de investigación para tomar medidas legales, y me dijeron que, en todo caso, tendría que ser la madre la que la pidiera”, recuerda. “Me parece una dejadez de funciones, porque la acusación que habían hecho contra mí era muy grave”, sostiene.

Al poco tiempo, la madre del alumno reconoció que todo era mentira. “Vino la mujer, descompuesta, y contó que su hijo se lo había inventado todo porque le había puesto un parte”, dice. “Me pidió disculpas. Y nada más”. Esas disculpas llegaban tarde. Virginia ya había dejado de sentirse a gusto en el instituto. 

El chico tampoco tuvo ningún castigo. “Lo curioso es que a los alumnos se les penaliza con tres días de expulsión si cuentan rumores sobre otros compañeros. ¿Pero si es contra los profesores? Nada. Lo que quieran poner sus padres”, apunta Virginia. 

Me he sentido violada en mi intimidad. Sé que era un rumor, pero, ¿por qué tengo que dar explicaciones de mi vida privada?

La profesora no hizo nunca alusión al tema en clase, y ni siquiera se vio con fuerzas para contárselo al resto de docentes. “Un día, una compañera me vio llorando en la sala de profesores y no me atreví a contárselo. Le dije: ‘Nada, que he puesto un parte y me lo han cuestionado’. Y me respondió: ‘Ah, como a mí me el otro día’”, recuerda Virginia.

“Es increíble, pero la que se siente avergonzada soy yo. ¿Por qué tengo que estar yo avergonzada? Fue él el mentiroso y su madre la que careció de la madurez suficiente como para distinguir entre la rabieta y la sinceridad de su hijo”, lamenta. “El equipo directivo me dijo que nunca desconfió de mí. Pero al final es el clásico ‘difama, que algo queda’”, reflexiona.  

“Cuidado con decir algo, que te puedes meter en un lío”

Desde entonces, los compañeros de Virginia saben que le pasa algo. “Yo suelo ser muy habladora, muy extrovertida, y notan que ya no soy así. Los que lo saben me dicen que me olvide del tema. Pero es que el rumor es fuerte”, recalca. “Me he sentido violada en mi intimidad. Sé que era un rumor, pero, ¿por qué tengo que dar explicaciones de mi vida privada?”.

Virginia considera que, en estas situaciones, los profesores están “desprotegidos”. “Lo de las amenazas es bastante habitual. Pero todo se tapa, todo se diluye”, dice Virginia. “Y cuidado con decir algo, que te puedes meter en un lío”, advierte. “Tenemos muy pocos recursos para defendernos y los que tenemos no los usamos. Los padres tienen un poder inmenso; lo que digan va a misa. Y nosotros, aquí andamos”. 

El desgaste emocional que he tenido, y que tengo, no me lo quita nada

La principal herramienta con la que cuentan los docentes para amonestar a los alumnos son los partes de incidencia. Virginia, que se lo piensa muy bien antes de poner uno, firmó cuatro el año pasado: “Dos porque dos alumnos se escaparon del centro, el tercero fue a este alumno del incidente, y el cuarto, porque pillé a uno copiando con el móvil en un examen”. “Luego tengo que dar muchísimas explicaciones... Pero si eso es poner muchos partes, ¿qué nos queda?”, plantea.

El pasado mes de septiembre, el alumno con el que tuvo el incidente se trasladó a otro instituto y ella no ha vuelto a saber más de él, pero todavía recuerda lo que vivió como “un drama”. “Los compañeros que sí saben lo que ocurrió me dicen: ‘Ole por ti, que has ido hasta el final. Has tenido un par de ovarios’. Pero el desgaste emocional que he tenido, y que tengo, no me lo quita nada”, asegura.

Acusaciones de satanismo por dar clases de Latín

Arístides Mínguez, profesor de Latín en un instituto de Murcia, también se ha sentido en ocasiones “desarmado” como docente. En febrero, antes de que el coronavirus se inmiscuyera en todos los ámbitos de la vida, publicó un tuit en el que trataba de desahogarse de la presión que sintió por parte de la familia de una alumna simplemente por dar clase.

En ese momento, imperaba el debate sobre el mal llamado ’pin parental’, ese veto promovido por Vox y asumido por el Partido Popular con el que los padres pueden atacar lo que se enseña en las aulas, y Arístides Mínguez había empezado a sufrir sus consecuencias.

“Al ver a su hija dibujando un sátiro, el padre tenía la intención de denunciarme ante mis jefes por adoctrinar en el satanismo”, explica el profesor. “La cría estaba avergonzada, me dijo que iba a intentar que su padre entrara en razón, pero al parecer el hombre estaba furioso”, cuenta.

Con ese tuit, que obtuvo mucha repercusión, Arístides no pretendía en absoluto poner a la familia de la chica en el ojo del huracán a la que cree víctima de los “bulos” y “barbaridades” sembradas por la ultraderecha, sino “denunciar el clima de desconfianza en los educadores, la demonización de lo que hacemos y el ataque a la enseñanza, sobre todo a la pública”, matiza. “Quería denunciar los peligros de resucitar la censura y cuestionar a los educadores”.  

En su opinión, “el ambiente está tan tenso que el padre lo único que hizo fue reproducir lo que había oído: que estamos adoctrinando a los niños y enseñándoles perversiones sexuales”. 

El ambiente está muy tenso, y el padre lo único que hizo fue reproducir lo que había oído: que estamos adoctrinando a los niños y enseñándoles perversiones sexuales

Tampoco era esta la primera vez que Arístides se enfrentaba a una reacción de este tipo. “Cuando fuimos a ver una obra de teatro clásico de Aristófanes, que suele incluir chistes subidos de tono, los directores me llamaron para preguntarme qué debían hacer, si censurar o no la obra”, recuerda. “Mis amigos me dicen que me busque un abogado, porque ahora te denuncia cualquier asociación de carroñeros y estás desarmado. La Administración prefiere echarnos las culpas”, lamenta. 

“No podemos hacer enseñanza a la carta”

A Laura Sequero, de ANPE, le sorprendió mucho el clamor procedente de una parte de la población en favor del pin parental. “Es llamativo, porque la programación general anual —el proyecto que va a seguir el centro— está aprobada por Inspección, supervisada por el Consejo Escolar y a disposición de los padres y de cualquiera; está colgada en las webs. Pero, además, estos planes se basan en valores y principios constitucionales”, explica. “No estamos adoctrinando a nadie; lo que no podemos hacer es enseñanza a la carta”, se queja. 

Aunque este tema sigue siendo motivo de preocupación para muchos profesores, las quejas que proceden de los padres no se dan tanto por el contenido de las enseñanzas, sino por las calificaciones de sus hijos o por las aptitudes del profesorado. Cuando en marzo de este año las clases dejaron de ser presenciales y pasaron a la esfera virtual por el coronavirus, los acosadores vieron ahí una nueva vía.

“Como los padres no se veían cara a cara con el profesor, el acoso ha venido en forma de correos que han sido un horror: amenazas si no aprueban a su hijo, decir que el profesor no tiene ni idea cuando pone los exámenes, que no sabe corregir, lanzar agravios comparativos, quejarse porque se les mandan muchos deberes, que si el niño no ha estudiado es por su culpa, que no les motiva…”, enumera Laura Sequero. “Da la impresión de que todo lo que ocurra relacionado con sus hijos no es responsabilidad de sus hijos ni suya, sino culpa del profesor”, lamenta.

Los profesores no pueden trabajar libremente. A un médico o a un juez no se les cuestiona diaria y rutinariamente

No obstante, antes de los mails amenazantes ya existían los WhatsApps difamadores. “Desde que existen los grupos de WhatsApp, es habitual que se creen subgrupos de los grupos, y esta es una forma muy rápida y sencilla de injuriar al profesor”, explica Sequero. “Los padres están constantemente cuestionando y menoscabando su profesionalidad y, al final, los docentes están más pendientes de eso que de dar clase”, señala. “A un médico o a un juez no se les cuestiona diaria y rutinariamente. Así los profesores no pueden trabajar libremente”.

El suicidio del profesor asturiano ha marcado un año nefasto para la docencia. Pero, con toda la gravedad del suceso, Sequera ve más representativos y preocupantes otros casos. “A los 50 años, muchísimos profesores están psicológicamente destrozados. Están deseando salir corriendo y jubilarse porque ya no pueden aguantar más estrés, ansiedad y maltrato”, asegura.

Ningún profesor atendido por ANPE ha querido responder a las preguntas de El HuffPost. Y Laura Sequera lo entiende. “Lo último que quieren es revivir o contar lo que les ha pasado. La mayoría acuden a nosotros llorando. Muchas veces no lo sabe ni su familia, porque encima se sienten hasta culpables”, dice. “Algunos inspectores les llegan a decir que ‘se les paga para esto’. Si para esto se nos paga, la sociedad está enferma”. 

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