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04/11/2019 07:37 CET | Actualizado 04/11/2019 07:37 CET

El día que la agricultura condenó a la humanidad

Hasta hace 70.000 años, el homo sapiens deambulaba por el planeta sin ansiedad ni apuros...

Nastco via Getty Images

Aunque pudiera parecer que el título de este post llama a engaño, no es así. Yuval Noah Harari, autor de Sapiens (una obra muy recomendable e indispensable para cualquier libre pensador), sostiene que el feliz cazador-recolector condenó a sus descendientes al despotismo y la arbitrariedad del estado cuando en el neolítico decidió cubrir su cabeza con un techado, vencer la espalda sobre un arado de forma miserable y ver crecer los cultivos con angustia e incertidumbre. De esas mieses, este hombre infeliz y atormentado que tan bien conocemos todos nosotros.

Hasta ese momento -hace 70.000 años-, el homo sapiens deambulaba por el planeta sin ansiedad ni apuros, desplazándose en pequeños grupos de nómadas que se alimentaban de lo que iban encontrando a su paso. No tenían muchos hijos y, cuando así era, los períodos de gestación y madurez eran muy rápidos, para favorecer la marcha y la dinámica vital de esos primeros homínidos con capacidad de raciocinio. Consumían lo que necesitaban y seguían su marcha. Así, sin más.

Pero un buen día, algunos de estos clanes se detuvieron más de lo habitual en un sitio, y descubrieron la siembra: el génesis de la agricultura. ¡Qué felicidad! -debieron pensar- y se figuraron que eso era tan sencillo como posar las nalgas sobre una piedra mientras esperaban ver brotar frutos y bayas como si fuera el maná. ¡Infelices…! Fue entonces cuando aprendieron a temer, no el presente, sino el futuro. ¿Y si las alimañas se ceban con nuestras cosechas? ¿Y si no llueve? ¿Y si esta cosecha es mala? ¿Y si…?

Y así aprendieron a vivir del futuro, y se olvidaron del presente. Cosechemos más y guardemos para los malos tiempos -susurraban prudentes- mientras se reproducían a un ritmo frenético (alguien tendrá que trabajar el campo cuando nosotros no podamos, se decían ufanos) y los períodos de gestación se adaptaban al sedentarismo, alargándose en el tiempo, mientras el terreno cultivable crecía de forma exponencial, y no por necesidad, sino por el miedo a no poder alimentar a una población que crecía de forma desmesurada.

Hasta hace 70.000 años, el homo sapiens deambulaba por el planeta sin ansiedad ni apuros...

En estas primeras sociedades agrícolas, ese homínido con capacidad de raciocinio se levantaba al alba y bregaba sin descanso hasta el ocaso, y le costaba conciliar el sueño muchas veces, porque le podía la congoja cuando pensaba qué desgracia podía acontecerle mañana. Curiosamente, otras tribus no cayeron es este burdo engaño, y vagaron durante casi un milenio más por el mundo disfrutando del libre albedrío, recolectando y cazando como lo habían venido haciendo cientos de generaciones anteriores.

A día de hoy todos tenemos más que presente el término sostenibilidad, luego sería bueno significar que los cazadores-recolectores apenas llegaron al millón y medio de habitantes, con lo que los recursos de todo tipo eran abundantes hasta la saciedad; ahora, en apenas un siglo, las sociedades agrícolas decuplicaron su población de largo, adueñándose y dominando la tierra -generalmente prendiendo fuego a vastas extensiones de suelo- e iniciando la domesticación y sometimiento de otras especies (a excepción del perro, que ya acompañaba a los homínidos desde tiempos ancestrales).

Y todo esto está muy bien, pero en el momento en que el homo sapiens apuesta fuerte por la agricultura se encuentra con un nuevo problema: ¿y ahora cómo nos organizamos? Hasta la fecha, los homínidos convivían y cooperaban entre sí en grupos no mayores al centenar de individuos (como el resto de la mayoría de las especies del planeta), siguiendo normas biológicas: vamos, aquello de lo del más fuerte y capaz de cada grupo…

Pero mira por dónde el hombre, cuando desarrolla ese intelecto que le permite situarse en la cúspide de la pirámide trófica, concibe una realidad ‘imaginada’; es decir, deja que la imaginación modele la realidad que conoce (la realidad tangible: el árbol, el depredador, la cueva…) y es capaz de empatizar y agruparse siguiendo conceptos abstractos. Y aquí es donde comenzamos a vivir sometidos a las ficciones que nos gobiernan desde que un bárbaro peludo y unicejo agitaba al viento su mazo en plan machote: mitos, principios, compensación, estados… que terminaron por dar lugar a leyes, religiones, monedas, comercio y estructuras políticas.

En apenas un siglo, las sociedades agrícolas decuplicaron su población de largo, adueñándose y dominando la tierra.

Los homínidos inteligentes se organizaron en torno a ‘conceptos’ que sólo existen en su imaginación y no las realidades que conocían desde tiempos ancestrales, como el resto de las especies que poblaban la Tierra. Y consiguen que esa cooperación necesaria dé lugar a un sistema donde la gran mayoría produce y una minoría gestiona en aras del bien común… ¿Os suena esa música tan desagradable…?

Dicho esto, muchos de vosotros os preguntaréis: “Jorge, ¿no ibas a hablar de una infinidad de cosas que nos afectan a todos hoy en día?”. Sí, claro que sí, pero sin contextualización no hay lugar para la definición, y ya os avanzo que la próxima semana os contaré cómo el bruto de la garrota aprende a vestirse con tela y firma algo llamado ‘contrato social’: el origen de todas nuestras desgracias. Y después ya hablaremos de esas muchas realidades que nos perturban…

 

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