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14/06/2020 10:10 CEST | Actualizado 15/06/2020 11:44 CEST

El patriarcado tiene a Dios de su parte

'Una película de Dios' es un trabajo directo, que apela a la víscera, que atraviesa nuestro privilegio y nos incomoda cuando lo vemos desde la comodidad de nuestro sofá.

Cortesía de la artista.
Un momento del proceso de trabajo. 

Con una frase tan categórica hace Kate Millett, en su libro Política sexual (1970), un análisis de cómo la religión ha sido también un colaborador ideológico para la construcción de los roles y estereotipos de género a lo largo de la historia. “La religión y la ética patriarcales tienden a confundir a la mujer con el sexo, como si todo el peso de la carga y del estigma que asignan a este recayese únicamente sobre ella”, señala Millett.

La idea misma de la religión y su construcción del mundo (más allá solamente de la religión católica, incluso los mitos clásicos) han contribuido a construir la idea de un rol dual de la mujer, o bien como santa o como puta, como pecadora o virginal. Una descripción binaria, y condenatoria en cualquier caso, que va desde la Pandora del mito griego a la Eva del Génesis. 

La artista Nuria Güell (Vidreras, Girona, 1981) ha trabajado en distintos de sus proyectos con este cuestionamiento de cómo, aún hoy, corporalizamos estos estereotipos y condicionan la vida que las mujeres vivimos, en cualquier parte del mundo. Güell va incluso más allá, lo hizo en La feria de las flores (2017), un proyecto en el que las menores explotadas sexualmente en Colombia hacían una relectura de las obras del pintor Fernando Botero en el Museo de Antioquía. 

En 2018 Güell es invitada por el MUAC - Museo Universitario de Arte Contemporáneo de México a realizar una investigación para una exposición en noviembre, cuyo tema principal sea la violencia que han sufrido las mujeres y sus cuerpos a lo largo de la historia. El proyecto Una película de Dios es una colaboración de la artista con seis menores afectadas por la explotación sexual infantil en México. La obra se concreta en la creación de unas audioguías (como las que usamos cuando visitamos un museo) que explican una serie de obras de arte en la que las menores hablan de las relaciones desiguales de poder y violencia hacia las mujeres.

Cortesía de la artista.
Maritza, Izzy, Nayeli, Katherine, María Ángela, Halcel, Ezra y Damaris durante el proceso de trabajo. 

La selección de las obras, casi todas pertenecientes al período colonial y con temática religiosa, es realizada en conjunto entre Güell y las menores, haciendo una lectura diferente a lo que aparentemente muestran. “Les mostré alrededor de cincuenta pinturas pertenecientes a museos mexicanos y entre ellas tenían que elegir aquellas que más las interpelasen. Basándose en sus propias experiencias, las menores interpretaron las escenas católicas representadas en las nueve pinturas que seleccionaron; interpretaciones que acabarían conformando la audio-guía de nuestra curaduría”, señala Güell.

En una segunda etapa de la investigación la artista va más allá y contacta con una familia de exproxenetas (una madre y dos de sus hijos) mientras cumplen condena y dicen haber “encontrado a Dios”, convertidos en pastores cristianos. Güell les invita a complementar, a partir de su experiencia como tratantes, los comentarios de las pinturas realizados por las menores.

Cortesía de la artista.

Dice Millett que “la mujer no acuñó los símbolos con los que se la describe en el patriarcado” y esta obra de Güell así lo confirma. Las distintas audioguías sobrecogen al escuchar las voces de las menores narrando las escenas (están disponibles en la web de la artista). Además, este proyecto, como otros proyectos de esta artista, apelan directamente al cuestionamiento de la construcción visual del mundo que habitamos, especialmente desde la perspectiva de una artista contemporánea. Güell presenta, a través de un recorrido por el museo y el relato de las obras, una iconoclastia narrativa: no se trata, desde luego, de destruir las imágenes sino de releerlas con un sentido crítico más allá de lo que siempre han querido decirnos sobre estas.

En el proceso de creación de la obra final, durante los meses de investigación, Güell charla con las menores: “Vosotras tenéis un conocimiento, tenéis una experiencia, habéis pasado por un montón de cosas que la gente no sabe ni quiere ver ni quiere saber…”, les dice ella. “Y que sabe… la gente sabe, pero lo que pasa es que se tapan los ojos y se callan, y les vale”, contesta una de las menores. El museo, convertido en espacio de visibilidad de la violencia y la explotación sexual, tensiona su naturaleza, es un “templo” pero es también territorio para la denuncia.

Una pintura de Magdalena penitente (principios del XVII), del círculo de Rubens, se convierte en una menor obligada a prostituirse por su madre, violada, drogada y abusada por los explotadores. El martirio de Santa Catalina de Alejandría, de Lucas Cranach El Viejo (1508) narra cómo engañan a una menor para que abandone su casa y cómo se ve obligada a la explotación sexual “bajo amenaza de que si no lo hace la van a matar. Estos chicos le dicen a ella que escoja: si se deja prostituir o se mete a realizar todas estas pruebas para que no la maten”. 

Una película de Dios es un trabajo directo, que apela a la víscera, que atraviesa nuestro privilegio y nos incomoda cuando lo vemos desde la comodidad de nuestro sofá, desde el confort de la pantalla como intermediaria. Güell cuestiona la representación visual misma y nos dice, a las claras, que los códigos de interpretación del arte, a lo largo de la historia, están cargados de ideología, tanto en obras del siglo XVII como hoy. El varón se implanta como norma humana en la cultura visual, “como sujeto absoluto respecto del cual la mujer no es sino el “otro”, es decir, un extraño”, señala Millett. Vamos al museo a admirar las obras, a deleitarnos con ellas… veámoslas en todo su sentido. En este proyecto Dios es más que representación, es patriarcado en estado puro. 

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