'El perdón', la autoficción llega al teatro comercial

'El perdón', la autoficción llega al teatro comercial

Una muestra más de cómo la llamada autoficción va ganando terreno.

'El perdón', la autoficción llega al teatro comercial.Pentación

Juana Acosta, Chevi Muraday y Juan Carlos Rubio estrenan en el Teatro Bellas Artes El Perdón. Una muestra más de cómo la llamada autoficción va ganando terreno de tal modo que algo que empezó como una tendencia en el teatro alternativo o de calidad artística e intelectual y minoritario, llega a un espectáculo con clara vocación comercial y popular como es este.

Es autoficción porque es autorreferencial a la vida de Juana Acosta, la actriz que la protagoniza. Es ella la que cuenta su historia en primera persona, con las acciones y las palabras que otros marcan. Con la que Juan Carlos Rubio ha hecho un texto muy contemporáneo, en el sentido de entrecortado, autorreferencial, reiterativo.

Y lo que cuenta es una historia macabra, el asesinato de un padre. No importa que fuese en la convulsa y violenta narco Colombia de los años noventa. Cuando ella era una adolescente y salía de la clase de baile. Unas clases que posteriormente abandonaría. Un padre que, por la descripción que hace la actriz en la obra, era todo un galán, todo un señor, que amaba la vida y amaba el amor, como cantaría Julio Iglesias.

Para los habituales del teatro, la obra no ofrece nada nuevo a parte de esta historia. Chevy Muraday, coreógrafo y bailarín, ya ha bailado con y ha hecho bailar a una gran parte del estrellato teatral patrio. Y en esta coreografía parece repetirse a sí mismo o tirar de recursos ya vistos o ya utilizados. Aunque quien tuvo y retuvo, pues ofrece alguna imagen sorprendente, como la del torbellino de papel dorado, por ejemplo.

Juan Carlos Rubio también está acostumbrado a lidiar con el estrellato patrio. Ha trabajado con muchas y muchos de ellos. Desde Concha Velasco, de la que dramatizó su biografía que ella protagonizó bajo la dirección de José María Pou, a Lolita. Y lo está haciendo con Jorge Javier Vázquez, que en breve estrena en Madrid Desmontando a Séneca.

Es un autor y director que sabe respetar lo que son las celebrities. Que sabe que el público que va a ver las obras protagonizadas por una estrella, paga por ver cómo se lucen estas y hacen lo de siempre, lo que se espera de ellas. A la vez que es capaz de introducir pequeñas perlas, textos, reflexiones, acciones que tiñen esos espectáculos de aliento poético o de aspectos de cualité. Aspectos que tampoco faltan en esta obra.

A priori, son ellos los tres atractivos de la obra. Sin embargo, sentado en la butaca y, tratando de verlo desde el punto de visto crítico, no son los aspectos que brillan. Sino que lo son la música de Mariano Marín, que el año pasado ganó un Max, y la iluminación de Nicolás Fischtel.

El primero atrapa el oído y el segundo la vista. Son los que mantienen alerta a ambos sentidos. Sobre todo, el último que se enfrenta a un escenario completamente negro por el que se mueve una actriz vestida de rosa pálido. Y que consigue cierta sensación de irrealidad con las luces que utiliza.

  Los protagonistas de 'El perdón' en escena.Pentación

Pues la historia, tal y como está puesta en escena, no da para mucho, la verdad. Vaya por delante que la cosa tuvo que ser dura. Perder a un padre, sobre todo si era querido y no era fuente de conflictos, no debió ser fácil.

Y menos siendo adolescente, aunque viviese en una sociedad en el que la violencia era algo evidente y corriente. Casi una costumbre. Lo normal. Cosa que se marca diciendo el número de muertos por violencia en los años anteriores a la muerte de su padre. Hasta el año en el que ese número de muertos anónimos y lejanos se reduce a uno, bien concreto y bien cercano, el de la figura paterna.

Un espectáculo en el que se aplican fórmulas y referencias que ya han funcionado. Las que banalizan una historia que sin duda fue fuerte de narices y difícil de comprender y digerir. No obstante, la actriz cuenta en las entrevistas que su hermano se suicidó quince años después por este motivo, por no poder gestionar las emociones que se producen cuando un padre es asesinado.

De tal forma que a esta obra se le podían achacar todas las críticas que los desafectos de la autoficción le hacen al género. Entre ellas, qué tiene de valioso la historia real que se cuenta frente a otras historias también reales. Qué la hace extraordinaria para el común de los mortales, aunque para su protagonista lo sea y sea el puntal sobre el que ha construido una vida y una biografía.

Es cierto que en la obra se dice, de forma apresurada y al final, lo que dicha historia activó en la protagonista y los beneficios que ha tenido para ella eso que activo. Pero de lo dicho al hecho hay un trecho. Decir no es hacer comprender, ni hacer entender, ni hacer que se sienta.

Así que se podría decir que a esta obra, que tiene emoción, le falta sentimiento. No es lo único. También da la sensación de que necesitaría un espacio más grande, aún más vacío. Un espacio en el que la bailarina que Juana Acosta fue pudiese volar y bailar como cuando era niña.

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.