Héroes con y sin capa

Entrevista con el sociólogo alemán Ulrich Bröckling.
'Héroes Postheoricos', de Ulrich Bröckling.
Alianza Editorial
'Héroes Postheoricos', de Ulrich Bröckling.

Es un lugar común decir que no todos los héroes tienen capa. En el caso de Héroes Postheoricos (Alianza, 2021), resulta literalmente cierto. El libro de Ulrich Bröckling es un estudio sociológico de la figura del héroe, personas extraordinarias que se nutren inconscientemente del halo de las historias clásicas o de la imagen proyectada por los superhéroes actuales. El prólogo a la edición española arranca con la pandemia y lo que esta crisis supone para el heroísmo. Mi héroe sociológico tiene nombre alemán y sus palabras pueden leerlas a continuación, sin dificultad ni heroicidad alguna.

Un héroe postheroico sería un héroe que lleva en su seno al antihéroe, alguien formidable que conserva el orden social mientras él mismo lo quebranta.

La expresión héroe postheroico es una formulación paradójica. Se refiere al hecho de que el heroísmo se ha vuelto cuestionable; hay demasiada glorificación de la violencia, demasiadas apelaciones al victimismo y demasiado machismo. El mundo es harto complejo como para que resolver sus problemas solo dependa del coraje y determinación de individuos extraordinarios. Por otra parte, el hambre de héroes persiste, especialmente en tiempos de crisis, como pasa con la pandemia. Ya no creemos ni aguantamos a los héroes y heroínas, pero al mismo tiempo los disfrutamos en los mundos imaginarios del cine o los juegos de ordenador. Anhelamos figuras salvadoras, incluso aunque sabemos que no va a venir ningún caballero de brillante armadura. Esta es la situación postheroica, la cual crea sus propios héroes postheroicos.

El sociólogo alemán Ulrich Bröckling.
Alianza Editorial
El sociólogo alemán Ulrich Bröckling.

Carlyle escribió que la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres.

Carlyle fue defensor de una historiografía romántico-heroica. Desde la perspectiva actual, la idea de que grandes personalidades sean quienes hacen la historia no parece realista ni deseable. Esta creencia es una ideología que sirvió para justificar la subordinación ante los poderosos. Las democracias están basadas en un ethos de igualitarismo: sus representantes políticos son elegidos y destituidos por votación. El heroísmo, por el contrario, es una categoría aristocrática: los héroes son unos elegidos, pero no han sido seleccionados realmente. Ellos viven de la adoración y admiración de sus seguidores. Carlyle sentía nostalgia por el mundo feudal que había desaparecido hacía ya mucho tiempo.

Un político contemporáneo queda reflejado antes como un villano que como un héroe.

La política significa conflicto, así que los héroes y heroínas de este ámbito son impugnados: el héroe de uno es el villano de otro. Cuanto más dividida está la sociedad, más contradictorias son sus figuras heroicas. En la actualidad, por un lado, podemos observar el auge de hombres fuertes populistas. Personas como Trump, Putin o Bolsonaro se presentan a sí mismos como gente enérgica y como la voz del pueblo. Ellos revientan tabúes y no ocultan su desprecio por las reglas democráticas. Con sus autorretratos heroicos reducen la complejidad y así se acercan a sus seguidores.

Es sorprendente que al mismo tiempo están entrando en el espacio público sus contrapartidas femeninas: mujeres jóvenes llenas de coraje que aparecen en los medios como las antagonistas de esos hombres poderosos.

La agenda política de la activista Greta Thunberg y la del antiguo presidente Donald Trump no podrían ser más opuestas. Mientras Trump se ve a sí mismo como el mejor presidente de la historia, Thunberg destaca que ella es solo una simple niña con síndrome de Asperger a quien le preocupa la catástrofe climática. Ambos están sujetos a la lógica del personalismo: los dos tienen tintes heroicos y están muy polarizados.

“Las heroínas y los héroes son espejos de las sociedades”

A Greta Thunberg iba yo: para Helen Morales es una nueva Antígona. Por otro lado, Julian Assange o Carola Rackete son otros héroes al borde del precipicio porque los medios pasan rápidamente a describirlos como criminales, tras haberlos presentado como gente extraordinaria. ¿Es que no hay forma de dar con héroes menos controvertidos?

Las heroínas y los héroes son espejos de las sociedades. Eso los vuelve interesantes para un sociólogo como yo porque podemos interpretar a partir de ellos dónde surge el conflicto social. Sin embargo, no creo que sea una estrategia inteligente intentar reemplazar las figuras heroicas problemáticas por otras menos problemáticas moralmente. Después de todo, cada culto al héroe tiene su momento antidemocrático. Quien mira constantemente hacia arriba se hace pequeño, así que es necesario cuestionar la forma misma de lo heroico.

Zimbardo cree que no solo existe una banalidad del mal, sino también una banalidad del heroísmo. ¿Está de acuerdo con él? Esos héroes ordinarios aparecieron al principio de la pandemia, pero una vez más, ahora la sociedad parece más preocupada por resucitar un hedonismo mal entendido que por proteger a la ciudadanía.

La pandemia ha mostrado una vez más que los malos tiempos son buenos tiempos para las historias heroicas. Cuanto más ruidosas son las sirenas de una crisis, mayor la necesidad de ayudantes abnegados. Su compromiso desinteresado confirma la seriedad de la situación, pero también garantiza la confianza de que las cosas saldrán bien al final. Los sanitarios fueron el núcleo irradiador del heroísmo durante la crisis del coronavirus. Con las atestadas unidades de cuidados intensivos saturadas, la amenaza invisible se volvió muy vívida. Quienes estaban de guardia en esos lugares fueron aplaudidos por llevar a cabo actos heroicos; estaban directamente implicados en la lucha entre la vida y la muerte y se expusieron a un riesgo elevado de infección.

Las metáforas militares se usaron con frecuencia (por ejemplo, enfermeras y médicos en primera línea de guerra contra la enfermedad). La batalla no estaba perdida mientras aguantaran en sus puestos. Otros grupos laborales fueron elevados al estatus de héroes: los empleados de supermercados que hicieron turnos adicionales y reabastecieron los estantes vacíos, los basureros que se aseguraron de que los contenedores estuvieran vacíos durante el confinamiento, los transportistas, la Policía o los camioneros, por nombrar solo a algunos. La inflación de héroes devaluó ese título honorífico.

Las enfermeras nos recordaron que durante mucho tiempo hubo una falta crónica de personal en los hospitales y que habían estado trabajando al límite y por poco dinero, incluso antes de la pandemia. En lugar de palabras amables, reclamaron una subida salarial y más contratación. En retrospectiva, toda la campaña “sois nuestros héroes” borró la línea entre el marketing inteligente y el deseo genuino de dar reconocimiento a aquellos trabajos que normalmente reciben poca atención. Ahora resulta difícil saber si el elogio estuvo envenenado desde el principio porque así se ocultaban fallos organizativos y se engatusaba a los héroes con gratificaciones simbólicas o si fue simplemente un gesto amistoso que reconocía un determinado sentir con ciertos guiños.

“La pandemia ha mostrado una vez más que los malos tiempos son buenos tiempos para las historias heroicas”

Dígame que Jeff Bezos o Elon Musk no van a ser nuestros héroes contemporáneos. Me parecería ridículo.

Los empresarios hechos a sí mismos de Silicon Valley son sin duda venerados como héroes de la era digital. Sus historias de éxito (desde el comienzo en el garaje a la gran multinacional) son variantes contemporáneas del ciclo del héroe. Las historias heroicas siempre muestran lo que sueñan quienes se inspiran en ellas. Personalidades como Bezos y Musk representan la fe neoliberal en el emprendimiento. Lo que les falta de las figuras heroicas clásicas es la autoridad moral y la voluntad de sacrificar sus vidas.

Termina el libro con una reflexión antropológica de Ursula K. Le Guin sobre la narración heroica. ¿Qué pasará con el heroísmo?

No hay heroínas ni héroes sin narrativa heroica. Y aunque los héroes rara vez solventan los problemas en la vida real, al menos proporcionan grandes historias. Esa es la base de gran parte de su fascinación. Para calcular los peligros del culto al héroe, sin embargo, nos hace falta no solo la crítica, sino también contar con otras historias. Esa es la tesis de Ursula K. Le Guin. Las historias de héroes tratan casi siempre sobre el combate; Le Guin contrasta esa visión con historias sobre reuniones y comunidades.

Tengo numerosos héroes en la ficción y en la filosofía, pero no en el periodismo, lo cual me preocupa.

El periodismo tiene, sin duda, sus propios héroes. Piensa solamente en los corresponsales de guerra y en los fotógrafos que van al frente, o en los valientes blogueros de regímenes autoritarios como Bielorrusia, o en los periodistas de investigación que descubren delitos de cuello blanco, a menudo con el apoyo de informantes. Este último ejemplo también muestra que se necesitan no tanto individuos excepcionales como departamentos de investigación bien conectados y un esfuerzo colectivo. Por supuesto, todo eso se vuelve invisible cuando la filtración se cuenta como una historia heroica.

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