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17/09/2020 11:19 CEST | Actualizado 17/09/2020 11:19 CEST

¿Tenemos que estar desnudas las mujeres para entrar a los museos?

El problema surgido en el Museo d’Orsay es un debate mucho más profundo sobre el que las feministas trabajamos constantemente.

Hace más de treinta años que Guerrilla Girls se preguntaban, irónicamente, si las mujeres tenían que estar desnudas para entrar al Museo Metropolitano. Las cifras de entonces indicaban que menos del 5% de las artistas en la sección de arte contemporáneo eran mujeres, pero el 85% de los desnudos eran femeninos. 

La sorpresa mayúscula la hemos vivido esta semana cuando el Museo d’Orsay prohibía la entrada a una joven, Jeanne, por llevar un escote demasiado pronunciado (a ojos de la seguridad del museo). La sugerencia de que se cubriera con una chaqueta, algo que indignó a la protagonista, no hace más que poner de relieve algo que ella también ha denunciado en su Twitter: la sexualización de quien mira a las mujeres, con unos parámetros que pasan por una inexistente educación sexual y una profusión de imágenes en el ámbito público donde los cuerpos de las mujeres siguen siendo cosificados y sexualizados.

Sobre la construcción cultural del “cómo miramos”, cargada de siglos de patriarcado y sexismo, ha escrito mucho la artista y activista feminista Yolanda Domínguez, desgranando los mecanismos por los cuales asumimos con naturalidad el desnudo femenino en un póster a doble página en las centrales de una revista, en la publicidad o en el porno (y por supuesto en las paredes de los museos) pero rechazamos ese desnudo cuando deja de estar mediado por la sexualización. 

Ocurre lo mismo con las activistas Femen (que por cierto han llevado a cabo una acción en el museo para denunciar el hecho), nos molesta el cuerpo femenino desnudo cuando es libre, cuando es un cuerpo convertido en un lugar de denuncia, cuando esa sexualización ya no busca el placer escópico masculino sino que supone una bofetada a esa construcción patriarcal.

En las exposiciones, repletas de cuerpos desnudos femeninos (por cierto, casi todos en actitud pasiva y yacente) no existe escándalo posible: esas mujeres están ahí para el deleite del que mira.

Por supuesto, en el caso de los museos y el arte pasa exactamente lo mismo: la chica ya no era una visitante al museo, era un cuerpo femenino sexualizado que tapar. En las exposiciones, repletas de cuerpos desnudos femeninos (por cierto, casi todos en actitud pasiva y yacente) no existe escándalo posible: esas mujeres están ahí para el deleite del que mira (ahora miramos hombres y mujeres pero no olvidemos que la práctica totalidad de estas obras las encargaban mecenas hombres). Por eso tampoco es casualidad que haya tan pocos desnudos masculinos a la vista de todos y todas en los museos (pienso, por ejemplo, en lo extrañísimas que resultaron las pinturas de Sylvia Sleigh, buscando precisamente ese desconcierto visual que nos sacara de nuestras “cómodas” casillas patriarcales).

Sylvia Sleigh, The Turkish Bath, 1973, Óleo sobre lienzo, Smart Museum of Art, The University of Chicago.

El problema surgido en el Museo d’Orsay es un debate mucho más profundo sobre el que las feministas trabajamos constantemente, especialmente las que nos dedicamos a cuestiones visuales: ¿no nos damos cuenta de que este hecho tiene una relación directa con cómo hemos construido nuestros patrones visuales? La misma semana que a Jeanne le piden que se cubra para entrar al museo se presenta en España la Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado, donde se alerta del incremento de los delitos de abuso sexual cometidos por menores, que subieron un 15% el año pasado. La Fiscalía señala que le preocupa “un problema educativo en origen” donde hay carencia total de formación en materia de educación sexual y donde el consumo de pornografía se da a edades cada vez más tempranas, lo que podría estar “en la raíz de una buena parte de los hechos cometidos por menores de edad inferior a los 14 años”. 

Defendamos los cuerpos de las mujeres como cuerpos “reales” pero sobre todo quitémosles la pátina de sexualización patriarcal que los acompaña desde hace siglos.

Analizar los hechos de manera aislada nos impide un estudio profundo del problema: los cuerpos de las mujeres, sobre todo desnudos, están prácticamente en nuestro día a día desde que nacemos, con una carga cultural de cosificación y sexualización que acabamos asumiendo como “natural” y que nos construye un imaginario ficticio y peligroso sobre los mismos; sin embargo, esos mismos cuerpos son rechazados fuera de ese contexto sexual. 

Dice la gran artista Esther Ferrer que “sigue siendo una revolución que te vean el culo. Me desnudo por militancia. Una mujer tiene que ser perfecta, guapa y tener siempre 20 años, y yo con 74 años me doy el derecho como mujer a ir como quiero”. Defendamos los cuerpos de las mujeres como cuerpos “reales”, pero sobre todo quitémosles la pátina de sexualización patriarcal que los acompaña desde hace siglos. Solamente así podremos vestir como queramos sin que suponga ningún escándalo a la puerta de ningún museo.