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09/09/2020 12:28 CEST | Actualizado 09/09/2020 12:28 CEST

Vuelta al cole

Vincent West / reuters
Un aula en el País Vasco. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

El curso está a punto de empezar, en algunos lugares ya ha comenzado, y aterrorizan las consecuencias de lo que pueda provocar este inicio. Más bien lo que pueda provocar la ineficiencia e inoperancia, por decirlo de manera suave, de quien tenía que implementar que esa vuelta fuera segura. Una serie de personajes que, por un lado, cobran por hacerlo y, por otro, han aceptado voluntariamente esa responsabilidad; incluso a veces han hecho lo imposible para conseguirla.

Las preguntas clave serían cuánto profesorado más ha contratado cada autonomía —un profesorado que año tras año se ha ido reduciendo—; cuánto ha aumentado la dotación para cada centro; qué se ha pensado para que las escuelas tengan más espacios. Viene de lejos: recuerdo las pomposas declaraciones de las personas responsables de la consejería de Educación en Cataluña, una tras otra, manifestando que no era necesario que los centros de nueva creación tuvieran sala de actos o sala polivalente, y mientras tanto sus ojos, sus pupilas —como al tío Gilito— les brillaban de pesetas y duros, más tarde de euros. Que bueno sería que en estos momentos las hubiera.

El resto son distracciones. Que la comunidad de Madrid convoque a todo el profesorado a la vez a realizarse el PCR para que quien no tenga coronavirus agarre una insolación; pura anécdota y maniobra de despiste. Vete a saber qué aviesa privatización tapa Isabel Díaz Ayuso con ese despropósito. Que el consejero Josep Bargalló «advierta» —el verbo adecuado sería «confiesa»— que un 30% de los grupos supera la ratio de veinte alumnos que su propia consejería ha decidido, es otro esperpento. ¿A quién advierte, para quién habla? Porque es una advertencia que debería hacerse a sí mismo. Es el responsable. Es quien debería haber posibilitado que las ratio (que consideró razonables y seguras) se cumplieran poniendo los medios necesarios. Por otro lado, me maravilla que ninguna comunidad haya propuesto hacer un turno de mañana y otro de tarde; les aseguro que las ratio bajarían en picado; eso sí, se verían obligadas a contratar personal.

También ha comenzado el curso judicial, y bien orondo que se ha iniciado, con toga, ridículos medallones por todas partes y fastuosas puñetas.

En paralelo, estaría bien saber cuántas contrataciones (si es que las ha habido) se han realizado para los CAPs y los hospitales. Hace muchos años el corrupto Jordi Pujol dijo que «el trabajo que hacen los maestros es impagable»; supongo que por eso cínicamente no les subía el sueldo sino que se lo escatimaba. Las instituciones más que animar a aplaudir a las y los profesionales de la sanidad pública deberían imprescindiblemente dotarla.

Otra maniobra de distracción es si las madres (y unos pocos padres) tienen derecho a la baja cuando su criatura tenga el coronavirus o deba de confinarse. Agua de borrajas. El núcleo de la cuestión sería discutir si cuando tienen cualquier enfermedad hay derecho a esa misma baja. ¿O es que cuando tienen la gripe o una hepatitis, etc., una enfermedad que no es el coronavirus, siguen yendo a la escuela? Los cuidados gratis, despreciados y a costa mayormente de madres y abuelas.

También ha comenzado el curso judicial, y bien orondo que se ha iniciado, con toga, ridículos medallones por todas partes y fastuosas puñetas. El rey ha podido alternar con miembros del tribunal que quizás deberán juzgar a su huido padre. El mismo Tribunal Supremo que exoneró a Pablo Casado a raíz del fraude de los másteres; decisión que provocó que otros tribunales tuvieran que dar marcha atrás con la gente encausada por haber perpetrado lo mismo que Casado ya que consideraban que era bien punible o al menos juzgable. ¿Y todavía hay quien se pregunta por qué el PP en general y Pablo Casado en particular no quieren renovar (por muy anticonstitucional que sea ese proceder) el Tribunal Supremo y el Consejo del Poder Judicial? Gracias a ello está al frente del PP.