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04/08/2014 07:43 CEST | Actualizado 03/10/2014 11:12 CEST

La amnesia de Rajoy

Sin pudor. Su balance de fin de curso no pudo ser más triunfal. Con todo, lo peor no fue la euforia con la que Mariano Rajoy diera por sentado que ahora viene la remontada; celebrara que a la vuelta del verano el PIB vaya a crecer al 1,5% o sacara pecho por "no haber dejado desguarnecidos a los más débiles"... Lo realmente duro fue su amnesia.

Sin pudor. Su balance de fin de curso no pudo ser más triunfal. Una mezcla de desbordante optimismo y seguridad hasta dibujar un panorama casi inmejorable. Así se presentó el presidente del Gobierno ante todos los españoles, incluidos los más de cinco millones de parados y los más de 750.000 hogares sin ningún tipo de ingreso a los que la glosa presidencial de fin de curso debió de resultar más insultante que verosímil.

Con todo, lo peor no fue la euforia con la que Mariano Rajoy diera por sentado que ahora viene la remontada; celebrara que a la vuelta del verano el PIB vaya a crecer al 1,5% o sacara pecho por "no haber dejado desguarnecidos a los más débiles"... Lo realmente duro fue su amnesia. Y no porque un día dijera "yo lo que no llevo en mi programa, no lo hago", otro prometiera mantener el poder adquisitivo de las pensiones, al siguiente recortar en todo menos en sanidad o educación y uno más tarde negara la existencia de sobresueldos en su partido, una contabilidad B y su estrecha relación con el extesorero del PP hoy en prisión, alias Luis, el cabrón.

Todo forma parte de lo que se llama Arte de la mentira en política y escribió ya a principios del XVIII Jonatan Swift: mentir bien a los ciudadanos no es cosa que se improvise; es un arte con todas sus reglas... Pero, a juzgar por su torpe calumnia, ni Rajoy planea las patrañas ni sabe de los preceptos de su maestría. De lo contrario, jamás hubiera dicho lo que dijo sobre la reforma federal de la Constitución durante su jocosa comparecencia: "Nadie me ha contado en qué consiste y qué se pretende con ella. Si alguien tiene que plantear algo, tiene que ser claro. El presidente del Gobierno no puede frivolizar con estas cosas ni fijar posiciones sobre asuntos que no están planteados".

Con semejante desparpajo el jefe de Gobierno viró del "no es el momento" que esgrimía hace meses cuando se le pedía opinión sobre la reforma de la Carta Magna al "nadie me ha contado". ¿Desmemoria? Una cosa es que Rajoy no pueda, no quiera o no le dejen dar un paso en favor de la reforma constitucional y otra es que niegue conocer el contenido de la misma. Es la diferencia entre la vacilación y la mentira. Es tan público y notorio que el ex secretario general del PSOE Alfredo Pérez Rubalcaba ha desmenuzado en sus conversaciones con Rajoy los problemas de nuestro modelo territorial desde la primera vez que visitó La Moncloa como jefe de la oposición en febrero de 2012 como que éste ha sido, junto a la política económica y la europea, el asunto central en los encuentros mantenidos durante dos años y medio. Reuniones en las que, por cierto, el presidente en alguna ocasión confesó a su adversario político estar "maniatado" por el inmovilismo de algunos sectores de su partido, léase la factoría FAES con Aznar y Aguirre a la cabeza.

Debe ser amnesia, sí, porque Rajoy conoce perfectamente los elementos centrales de la propuesta socialista que contiene la llamada Declaración de Granada con la que el PSOE cerró su oferta federal, ya que dos días después de ser aprobada por el Consejo Territorial el 6 de julio de 2013, el propio Rubalcaba se la remitió a La Moncloa. Veinte folios que han dado para escribir ríos de tinta sobre la incorporación del mapa autonómico de España a la Constitución; la distribución de competencias; las responsabilidades y obligaciones del Estado y las Comunidades Autónomas; la reforma del Senado; la incorporación de los hechos diferenciales y las singularidades políticas, institucionales, territoriales y lingüísticas; la financiación autonómica; la incorporación como derecho fundamental de la sanidad pública; los mecanismos de cooperación institucional de los Estados federales o la regulación constitucional de las competencias de la Administración local.

Un documento al que siguieron otras 24 páginas que, bajo el título Hacia una estructura federal del Estado, también fueron remitidas desde la calle Ferraz a La Moncloa para el mismo destinatario y en las que se ponían negro sobre blanco el cuándo y el por qué encalló el Estado autonómico, incluidos los riesgos de ruptura nacionalista. No era una reforma que situara a España al comienzo de su andadura democrática ni iniciara un nuevo momento constituyente, sino la evolución natural del Estado autonómico en dirección de los modelos federales más perfectos. "Un modelo cooperativo y pluralista para dar respuesta a las legítimas diferencias que se presentan desde diversas Comunidades Autónomas, sin quebranto del respeto eficaz e igualitario reconocimiento de los derechos de los ciudadanos y la solidaridad interterritorial", según reza en la explicación de los doce puntos de la Constitución que el PSOE se proponía reformar y que le fueron entregados a nuestro amnésico presidente del Gobierno.

Haría bien Rajoy en preguntar a su ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, quien tras reconocer el éxito de la última Diada, coincidió con el PSOE en que era necesario escuchar las demandas de los catalanes y trabajar en una revisión del reparto de competencias y el sistema de financiación. O quizá le baste con la lectura de las 23 peticiones de Cataluña que Artur Mas le entregó la semana pasada y que básicamente se resumen en más financiación, más infraestructuras, más respeto competencial y más inmersión lingüística. Ojalá dentro de un año no padezca de otro episodio de desmemoria y diga que nadie le ha contado lo que, al margen de la consulta soberanista, quiere Cataluña. Ya se sabe que la salud del cerebro depende de la cantidad y la calidad de lo que se la haga trabajar, y que para tener una buena memoria los médicos aconsejan salir a la calle y relacionarse con la gente; llevar una vida saludable y dormir ocho horas diarias para archivar los recuerdos del día. Duerma, presidente, duerma.