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27/07/2014 09:57 CEST | Actualizado 25/09/2014 11:12 CEST

Cuaderno de México

Descomunal, México DF. Imposible hacerse una idea del tamaño de las áreas, zonas, barrios, secciones o como se diga esto en México DF. Muchas veces no hay solución de continuidad entre la opulencia y la miseria; ni siquiera un paso brusco de los rascacielos a las barracas.

Este artículo también está disponible en catalán.

Verano. Días de ocio (para quien puede). También para quien puede, tiempo de viajes. Por ejemplo, a México.

Descomunal, México DF. Imposible hacerse una idea del tamaño de las áreas, zonas, barrios, secciones o como se diga esto en México DF. Difícil saber cómo se cosen entre sí. Muchas veces no hay solución de continuidad entre la opulencia y la miseria; ni siquiera un paso brusco de los rascacielos a las barracas. De las grandes avenidas pensadas con tiralíneas, a la sucesión ininterrumpida y abigarrada de los mercados de la calle. Un festival de olores, y el vivo esplendor y la alegría de todos los colores de México.

Hace poco, tuve la oportunidad de ir a México invitada por los tribunales electorales de la Ciudad de México y de Monterrey. Esto hizo que residiera en estas dos ciudades una intensa, soleada y llena de venturas quincena. El libro Quadern de Mèxic. De chilanga a regiomontana recoge las impresiones de esta tímida pero maravillada aproximación y es un homenaje lleno de gratitud a aquel país (no se priven: si les apetece, ahí va un capítulo). Si no, he aquí dos pequeños fragmentos:

Metros y peseros

«De momento, no necesito taxis. Estoy más contenta que unas pascuas con mi flamante tarjeta de metro de plástico recargable. ¡Cada viaje, con tantos transbordos como quiera, cuesta 3 pesos = 0,17 euros! Y el metro pasa raudo cada medio minuto. Es bastante limpio, y el sistema de transbordo, sencillo.

Indiscutiblemente, la divisa que hermana a todos los conductores de peseros [autobuses urbanos] es: «Antes muerto que que me adelanten». Esto les obliga a ir a toda castaña, a ponerse en marcha pegando saltos, a cambiar de marcha dando escalofriantes tirones a los enormes cambios, a parar en seco y, sobre todo, a coger las curvas con una especie de osadía desenvuelta con cierta tendencia a derrapar. Sin embargo, siempre que cogí un pesero, me sentí muy bien acompañada y confortable, incluso cuando no había asiento libre y me tocaba ir agarrada (como una garrapata: me iba la vida en ello) en la barra situado cerca de la entrada, porque el hecho de que conduzcan a toda velo no implica que alguna vez cierren las puertas; siempre las llevan abiertas de par en par. De todos modos, tanto en el metro como en el pesero, casi siempre iba sentada; si no había un sitio vacío, alguien me lo cedía. Nunca supe a ciencia cierta si por vieja o por blanca.

Por otra parte, no creo que puedas llegar a conocer mínimamente una ciudad (si es que puede conocerse alguna vez una), hasta que no usas el metro y el autobús, hasta que no percibes el ritmo de las estaciones, la configuración de los andenes, los peldaños de las escaleras, hasta que no hablas con la gente, aunque sea del tiempo, de dónde tienes que bajar o cambiar de línea o de dónde eres, a dónde vas, cuántos días hace que estás en la ciudad y qué has visto.»

Sor Juana Inés de la Cruz

«La mañana ha dado mucho de sí, pero no podía volver al hotel sin rendir homenaje a la inmensa sor Juana Inés de la Cruz. Metro, transbordo, me apeo en la estación de Isabel la Católica y voy hacia la Universidad del Claustro de Sor Juana. Antes de entrar, y para coger impulso, me tomo un agua fresca en un bar encantador. Otra institución mexicana muy recomendable, esta de las aguas frescas. Fue, concretamente, un agua de Jamaica, de un delicado tono carmín. Buenísima.

Curiosamente, la Universidad se declara laica. Sor Juana Inés de la Cruz lo impregna todo, cada patio, cada claustro; no importa que, en el más grande, haya una especie de ruidosa y expansiva feria de gastronomía. Deambulo aturdida y transida por la emoción y la alegría. ¡Por aquí debió pasar!, ¡aquí tal vez meditaba!, ¡quizás se sentaba en este banco para platicar con la virreina mientras organizaba ya el soneto!

Paseo por patios y claustros en estado de arrobamiento. Contemplo unas estatuas que realmente no hacen gran justicia a la genia. De repente, llego al meollo, una pequeña estancia decorada con una enorme firma de la escritora no muy rubricada, muebles de la época (auténticos o apócrifos, que, la verdad, tanto me da) y el retrato pintado por Miguel Cabrera, que tantas veces he contemplado en libros y revistas.»

Un libro que puede leerse como una invitación a México; un ensayo que puede ser útil si tienes la intención de ir algún día (o en vez de ir); o para leer porque sí, que es la mejor razón, quizás, para adentrarse en un libro, para visitarlo. (O para empezar a familiarizarse con el catalán, si es el caso.)

Que pasen unas muy buenas vacaciones.

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