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16/02/2016 07:01 CET | Actualizado 15/02/2017 11:12 CET

Habrá Gobierno

trioLa cosa parece complicada, muy complicada, pero mi apuesta, sin embargo, es que habrá pacto y investidura. En el peor de los casos, porque es lo único que justifica el buen sueldo que cobran (sobres aparte quien los cobre); en el mejor, por vergüenza torera.

Foto: EFE

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Hace algo más de diez años, cuando se reformó el Estatuto de Cataluña, había serias dudas de que llegara a buen puerto. Sí, me refiero al que fue groseramente cepillado por un orondo Alfonso Guerra y compañía en el Congreso; aquel contra el que el PP puso mesas petitorias para firmar, decían, contra Cataluña; el que fue llevado al Tribunal Constitucional por el propio PP y, finalmente, tras una agonía propia de la de los peces fuera del agua que duró años, tumbado por este mismo tribunal a pesar de que había sido refrendado por la ciudadanía y había sido aprobado tanto por el Parlamento como por el Congreso.

Sucede que la memoria (no ya la histórica sino la normal) es muy corta y ya no lo recordamos. En aquellos momentos, aunque no soy politóloga ni tengo ni idea de política, mi razonamiento era que no era posible que los partidos implicados fracasaran en el empeño, puesto que sería reconocer de plano su inutilidad, enseñar las vergüenzas y mostrar que no sabían desempeñar el único trabajo al que dedican su tiempo: hacer política. Finalmente, después de muchos tiras y aflojas que incluyeron carreras por pasillos y ruborizantes escenas de sainete se concretó un nuevo estatuto.

El caso debería haber arrojado luz sobre el resultado final de las negociaciones para la investidura entre la CUP y Junts pel sí del pasado otoño. Confieso que a la vista de las esperpénticas negociaciones pensé que no habría acuerdo y que las elecciones se repetirían. Tal vez simplemente porque yo era partidaria de ellas y la ideología y el deseo suelen ofuscar el entendimiento, si es que no te pierden directamente. Bien mirado, sin embargo, se trataba de un caso muy parecido. No pactar (lo que fuera) era una derrota para los partidos implicados, para la política, ponía en cuestión su razón de ser.

Ahora estamos ante un escenario similar pero a nivel del Estado. La cosa parece complicada, muy complicada. Por un lado, los partidos ya antes de ponerse a hablar han minado el campo de líneas rojas (eso cuando no se las arrojan por la cabeza); por otro, consideran que pactar, cosa que siempre implica alguna renuncia, es de gallinas y un baldón para su hombría; además, algunas formaciones han pasado de proclamar que una idea política, véase el independentismo, era perfectamente legítima siempre que se defendiera pacíficamente a considerar apestada a la gente que la defiende hasta el punto de no querer ni sentarse en la misma mesa.

Finalmente porque hay elementos con los que cada vez está más claro que no se puede ir a ninguna parte, por ejemplo, un declinante Mariano Rajoy inmerso en el baño María de la corrupción y tan enfurecido y fuera de sí y de la realidad que incluso le han abandonado los pocos vestigios de educación que le quedaban: no estrechar la mano de su adversario principal es el símbolo de una derecha que, ungida por la gracia de Dios (el Ibex 35 y el establisment), se cree con derecho a todo, piensa que le toca gobernar y mandar por derecho natural y al resto obedecer ciegamente y de rodillas; es una metáfora perfecta del «o yo o el diluvio».

Mi apuesta, sin embargo, es que habrá pacto y investidura. En el peor de los casos, porque es lo único que justifica el buen sueldo que cobran (sobres aparte quien los cobre); en el mejor, por vergüenza torera.