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22/03/2016 07:00 CET | Actualizado 22/03/2016 11:35 CET

Podemos y la tentación autoritaria

podemosMuchos militantes y simpatizantes de Podemos se encuentran desolados ante la impresión de que son incapaces de responder al análisis determinista imperante y que solo les cabe resignarse a pensar que la culpa es de alguna campaña y que mejor vale preservar el orden interno por precario que sea.

Foto: EFE

Kazuo Isighuro escribió este relato para inspeccionar el corazón de la actitud autoritaria en el personaje de un mayordomo que no es capaz de entender que sus acciones son injustas y que las intenciones de su señor lo son aún más. El relato discurre en los prolegómenos a la Segunda Guerra Mundial, cuando su señor se ha hundido en el pantano del autoritarismo. Stevens el mayordomo arriesga y pierde el amor Kenton, el ama de llaves (que observa con lucidez lo que ocurre), por no poner en peligro el orden de la casa. El relato de Isighuro es uno más, aunque uno de los más hermosos, de los múltiples análisis de actitud y la tentación autoritaria. El poder no reside tanto en los poderosos como en quienes sufren de dificultades para juzgar lo que ocurre, como Hanna Arendt explicó en su estudio sobre los orígenes del autoritarismo.

Me he sentido estos últimos días próximo al señor Stevens, el mayordomo, intentando mantener mi orden interno o el orden externo en los conflictos que afligen a Podemos y que han sido suficientemente aireados en la prensa. El conflicto de Podemos que está en el aire estos días es interpretado por los analistas bien como un resultado de la ley de hierro que llevaría a los partidos a una dirección fuerte y unificada, bien como efecto de un conflicto interno entre análisis y estrategias en la situación política contemporánea (entre esencialistas de izquierda o transversalistas populistas). La primera interpretación consuela bastante a una cierta superestructura política y mediática: "ya son casta como nosotros", se dirían. La segunda, no deja de producir sus efectos consoladores, pues permite la expectativa de "están divididos, no tendrán fuerza de negociación". De manera que las dos interpretaciones han fatigado las tertulias y análisis del momento. El consuelo que producen parece basarse en una estrategia ganadora: o bien son unos autoritarios, o bien no se aclaran.

Hay muchos que sostienen que toda la crítica es un invento mediático pero aceptan de hecho la lógica en la que se basa esa crítica: que hay una ley de hierro y que toda división es signo de debilidad.

Muchos militantes y simpatizantes de Podemos se encuentran desolados ante la impresión de que son incapaces de responder al análisis determinista imperante y que solo les cabe resignarse a pensar que la culpa es de alguna campaña y que mejor vale preservar el orden interno por precario que sea. La tentación de ser Stevens el mayordomo. Otros militantes han aceptado con menos agobio este doble análisis. En realidad lo han aceptado con el mismo sentimiento consolador que la superestructura dominante. Han aceptado que hay reglas de hierro que hay que obedecer y que cuando existen discrepancias hay que resolverlas expeditivamente. No tienen la tentación de Stevens, simplemente se ven bajo la misma lógica de la necesidad de los señores. Sostienen que toda la crítica es un invento mediático pero aceptan de hecho la lógica en la que se basa esa crítica: que hay una ley de hierro y que toda división es signo de debilidad.

Pero el orden interno no tendría que nacer de la negación radical de la acusación externa. Puede que tengan razón las dos interpretaciones que hacen los analistas: que haya dinámicas necesarias de unificar las voces -hacer de la discrepancia acción, sostiene Rancière, es la esencia de la democracia- y que la división sea una buena descripción de lo que ocurre. Al fin y al cabo, un movimiento de movimientos como ha sido la indignación es un proceso transversal que agrupa demasiadas sensibilidades que no son fácilmente compatibles, y ello se manifestaría en Podemos en tanto en cuanto se reclama heredero e instrumento político de la indignación.

El ama de llaves de la novela de Isighuro, cuyo papel tan bien ejerce Emma Thompson en la película homónima, representa otra actitud ante el conflicto político. No niega el orden, no niega el disenso. Sabe que las cosas son complicadas. Pero no se resigna a las órdenes ni a las formas autoritarias. Su silencio, y en un cierto momento su abandono, ejerce una suerte de resistencia que, pocos meses más tarde, representaría la verdadera fuerza que desde Inglaterra resistiría al fascismo: las fuerzas de la flaqueza.

Hay ejercicios de poder en el discurso político que son también ejercicios discursivos de dominio: la orden ejecutiva, la interpelación autoritaria, el silenciamiento de las voces. Hay también, ciertamente, formas simétricas de resistencia: la desobediencia y el grito, la interrupción del discurso de quien ordena o interpela. También, y es la alternativa de tantas amas de llave que en el mundo han sido, el silencio como espacio de interrogación. Por último, hay otras formas de discurso, las que sustituyen el poder y el dominio por la autoridad. Son aquellas en las que el acto discursivo lo llamamos diálogo, por más que asuma las formas de debate o controversia (donde convencer es el objetivo), que se distingue de la polémica (donde el objetivo es vencer). Ser Emma Thompson es otro modo de estar en el espacio del poder.

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