Radiografía de la violencia política: cuando el ataque a Trump es la punta del iceberg
El tercer intento de matar al presidente en dos años es la muestra más visible de una tensión constante: amenazas, insultos y ataques que hacen que los políticos eludan debates, cedan en su voto o se retiren. Los ciudadanos quieren calma, ante todo.
Han intentado matar a Donald Trump por tercera vez en menos de dos años. El presidente de Estados Unidos y su gabinete eran la diana de un lobo solitario que atentó en el Hotel Hilton de Washington el pasado sábado por la noche, ante 2.500 invitados, cuando se estaba repartiendo el segundo plato en la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca. "Nadie me dijo que este trabajo fuera tan peligroso", explicó el republicano cuando las aguas se calmaron. Sin embargo, asumió la violencia política como parte del cargo.
Ni relativizar lo pasado ni glorificar a las víctimas es el camino. La persecución a Trump es sólo la punta del iceberg de un problema que arrastra toda la sociedad norteamericana y que no se cura con echarle la culpa al adversario, como ha hecho él a las primeras de cambio. "Siempre ha estado ahí pero... sí, creo que el discurso de odio de los demócratas es muy peligroso. Realmente creo que es muy peligroso para el país", atacó.
Estamos sólo ante la muestra más visible de una tensión constante: amenazas, insultos y ataques que hacen que los políticos, de lo local a lo federal, eludan debates, cedan en su voto o se retiren directamente porque no quieren pagar el precio del asedio. Los ciudadanos quieren calma, ante todo, lo dicen las encuestas, pero el clima de polarización les hace creer que es el adversario el que quiere guerra. Y ni unos ni otros.
Demasiado, simplemente demasiado
Ahora ha sido Trump, como lo fue en el verano de 2024, en Pensilvania y en Florida, pero lo cierto es que la lista ya es ominosamente larga: de Charlie Kirk, el activista político de ultraderecha asesinado el pasado septiembre, a la legisladora demócrata Melissa Hortman, muerta junto a su esposo en junio del mismo 25. De Nancy Pelosi, expresidenta de la Cámara de Representantes por los liberales, cuya casa fue atacada en 2022 con su marido dentro, que acabó en el hospital con la cabeza abierta a martillazos, al coordinador de la mayoría republicana en la Cámara de los Representantes, Steve Scalise, que se recuperó tras estar en estado crítico, baleado en 2017 cuando un grupo de congresistas conservadores jugaban a béisbol (hubo cinco heridos más).
"No se trata de incidentes aislados", alerta la investigadora Maya Kornberg, del Brennan Center for Justice, un instituto de investigación no partidista afiliado a la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York (NYU). En un análisis publicado a raíz de la muerte de Kirk, sostiene que hay un número "alarmante" de amenazas y agresiones contra políticos en EEUU, que crecen en número, en frecuencia y en gravedad.
Según lo sondeado por su organismo entre políticos de todo el país, en encuestas nacionales que preguntan de concejales a senadores, el 40% de los entrevistados sostienen que ha crecido la frecuencia de los ataques que reciben (insultos, amenazas, acoso y ataques físicos) y casi un tercio sostiene que también son cada vez más serios. La respuesta es uniforme en miembros del Partido Republicano y del Partido Demócrata. El mal es extendido.
Según un análisis de Bloomberg Geo-Economic, los últimos cinco años de asesinatos e intentos de asesinato de políticos son los que arrojan datos más altos de violencia política los registros nacionales, que se remontan a la década de 1960. Desde entonces, la tendencia era a la calma. En instituciones concretas, como el Capitolio, la tendencia al extremismo ha quedado patente en informes de su propia policía: sólo en 2023 -último año con datos revelados- se registraron más de 8.000 amenazas a su personal, lo que supone un 50% más que en 2008 y 10 veces más que lo conocido en 2016, el año en el que Trump ganó sus primeras elecciones.
En enero de 2024, el propio Brennan Center ya publicó otro informe, llamado Intimidación a funcionarios estatales y locales, en el que exponía que EEUU afronta una "avalancha de abusos intimidatorios" a los profesionales de la política. "Si ellos están en peligro, la democracia también", afirmaba. Más del 40% de los legisladores y más del 18% de los profesionales locales afirmaban haber sufrido amenazas en los tres últimos años y un 38% del total constatan que van en aumento. El 29% añade que son cada vez más graves.
En la primera mitad de 2025, el 35% de los incidentes violentos registrados por investigadores de la Universidad de Maryland tuvieron como objetivo a personal o instalaciones del gobierno estadounidense, más del doble de la tasa registrada en 2024. En los últimos años, la violencia de la extrema derecha ha sido más letal que la violencia de la izquierda: ha sido responsable de la inmensa mayoría de las muertes, representando aproximadamente entre el 75% y el 80% de las causadas por terrorismo interno en EEUU desde 2001.
Las cifras de casos son similares entre formaciones, aunque ya vemos que no en gravedad. También hay variables si miramos el sexo o la raza. Por ejemplo, una política tiene de tres a cuatro veces más posibilidades de sufrir abusos que un político, igual que son cuatro veces más las que se hacen referencias sexuales en estas amenazas a ellas que a ellos. Un representante de color tiene el triple de posibilidades de ser diana de estos ataques que un blanco.
Es un problema de base a esta violencia: que se levanta sobre una sociedad que ya tiene problemas de misoginia, homofobia, transfobia, racismo, antisemitismo... en niveles alarmantes. Eso ayuda a que haya más odio y más disposición a que se dé violencia política.
Aún así, el principal factor que parece estar contribuyendo a su reciente auge es la "intensificación de la polarización política", indica el estudio de la agencia económica. De hecho, la distancia ideológica entre los legisladores demócratas y republicanos ha aumentado tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, según los datos recopilados por Voteview, un instituto de la UCLA que utiliza los datos de las listas para estimar la ideología de cada miembro del Congreso. Eso se ha trasladado a la ciudadanía, concluyen.
Miedo, autocensura, rechazo
La investigación de Kornberg expone que este amedrentamiento al alza influye sensiblemente en la manera de hacer política en los dos partidos y hasta en el hecho en sí de seguir con una carrera de servicio público, vistas las posibles consecuencias. Expone, según se extrae de las entrevistas, que hay "cautela al hablar de temas" espinosos, nacionales o internacionales, y que eso incluso influye en el voto que emiten los políticos cuando llegan casos complejos.
Por ejemplo, cita el intento de juicio político a Donald Trump, que compartía incluso la parte más moderada de su formación. Hay quien no se atrevió a que se viera que votaba a favor. La exrepresentante conservadora Liz Cheney, una de las dos únicas republicanas en el Comité del 6 de enero para investigar el asalto al Capitolio por parte de afines a Trump en 2021, reconoció al comentarista político David Axelrod: "Varios miembros me han dicho que habrían votado a favor del juicio político, pero que les preocupaba su seguridad, ya sea personal o familiar, y eso influyó en su voto. Esto dice mucho sobre el estado actual de nuestra política".
Otro congresista republicano admitió ante el senador Mitt Romney que quería votar a favor del segundo juicio político contra Trump, pero que temía por la seguridad de su familia y finalmente votó en contra. En un tercer caso que aparece en el informe, un senador que les había dicho a sus colegas que apoyaría la condena recibió súplicas para que reconsiderara su postura. Según él, le dijeron: "No puedes hacer eso. Piensa en tu seguridad personal… y en la de tus hijos". Al final, ese senador votó en contra de la condena.
La posibilidad real de consecuencias físicas para los políticos hace que se "disuada a personas de entrar" en la vida de partido y en cargos de elección popular. Los alcaldes, por el contacto más directo que tienen con los ciudadanos, se ven especialmente afectados. La representante Angie Craig, demócrata, quien fue agredida por un hombre que la siguió hasta su apartamento en 2023, señala abiertamente este mal a la hora de captar candidatos: "El mayor obstáculo para que personas competentes entren en política hoy en día es que hay que tomar precauciones que quizás no se tomaban hace 30 años".
El informe del Brennan dice que el 40% de los encuestados reconocen que tienen una menor disposición a postularse de nuevo. La cifra sube diez puntos si se le pregunta a mujeres. Un 53% del total cree que las amenazas han disuadido a colegas suyos de seguir o presentarse de nuevas.
Pelosi, tras la agresión a su esposo en su residencia de San Francisco, escribió en sus memorias: "De ama de casa a miembro de la Cámara y luego a presidenta de la Cámara, sin duda nunca habría alcanzado mis metas sin el apoyo, el aliento y el amor de Paul. Y nunca lo habría hecho si hubiera pensado que algún día pondría en riesgo su propia vida".
Mordaza, autocensura, miedo a una carrera política... y complicaciones para una "participación crítica" natural. A saber: hay zonas donde los elegidos no van porque saben que pueden tener problemas y evitan actos en los que interactuar con las personas, limitando sus acciones a zonas cerradas, a un público ya muy movilizado, repeliendo a otro tipo de seguidores por la excesiva vigilancia. ¿Actos al aire libre, masivos, donde el político pueda ser tocado? Todo eso está en retroceso.
Pesan casos como el de la representante Gabby Giffords, que fue tiroteada en enero de 20211 durante un evento con sus electores en un supermercado de Tucson (Arizona). La demócrata sobrevivió pero hasta 18 personas resultaron heridas de bala y seis fallecieron (había entre ellas una niña de nueve años).
Parte de la actividad política se ha trasladado a encuentros online, con la pérdida de proximidad que ello conlleva. Aún así, deben tener cuidado por la proliferación de haters en redes sociales, una de las principales puertas de acceso a los agresores. Calcula el sondeo que la mitad de los políticos norteamericanos tienen reticencias a usar estas redes por las consecuencias que puedan tener.
"Cuando los miembros del parlamento no pueden postularse para un cargo, interactuar con sus electores, pronunciarse sobre diversos temas o votar según su conciencia sin temor a la violencia, la democracia estadounidense se ve desfigurada. La representación democrática depende de una sólida participación cívica y de la capacidad de nuestros representantes democráticos para servir a sus electores sin temor por su seguridad", escribe Maya Kornberg, autora de Stuck: How Money, Media, and Violence Prevent Change in Congress (Atascados: Cómo el dinero, los medios de comunicación y la violencia impiden el cambio en el Congreso).
No es lo que quiere la gente
Aunque la violencia parezca estar a flor de piel, los ciudadanos de EEUU gritan en cada encuesta que no, que eso no es lo que quieren para su país, que debe parar. La Asociación Estadounidense de Psicología publicó en enero un estudio firmado por Efua Andoh en el que defiende esa visión frente a quienes entienden que la violencia es un mal generalizado que hay que encajar y punto, avalado socialmente.
No es así: sean del partido que sean, los norteamericanos creen en un 89% que la violencia es siempre injustificada, sea del tipo que sea. Sólo el 1% apoyaría un asesinato partidista. La violencia es aceptable para entre un 2,9 y un 6,9% de la sociedad, en función de los diversos estudios. Hasta un 97% entiende que estamos ante un problema que afecta a todos los partidos.
Sin embargo, la lectura detallada de las encuestas permite ver el encono que tienen con el contrario, a quien culpan de la tensión. Siempre es el otro. El Pew Research Center (Centro de Investigaciones Pew), un destacado tanque de pensamiento washingtoniano especialmente volcado en la demoscopia, expone en un sondeo de octubre pasado que la sensación de que esa violencia crece es generalizada. El 85% de los ciudadanos lo nota. Pero un 77% de los republicanos cree que es culpa de los extremistas de izquierda y un 76% de los demócratas creen que es cosa de los extremistas de derechas. Así que, cuando se les pregunta por las razones de esta tensión, señalan siempre al bando contrario. En el caso de los liberales, en las preguntas abiertas citan expresamente a Trump y al movimiento MAGA como culpables.
Hay un detalle en el estudio impulsado por los psicólogos muy revelador: los entrevistados creen que sus contrarios son los que valoran mejor la violencia. Cuando se les dan datos que lo refutan, que afirman que el rechazo a estas presiones es global, de todos los colores, baja un 44% la disposición de los encuestados de participar hipotéticamente en alguna amenaza o ataque, aunque sea verbal. Problema: ver al otro en el espejo como a un igual dura poco y el contexto de contaminación, de la prensa a los algoritmos, revierten lo avanzado. Se vuelve a priorizar el comentario afín y negativo hacia el otro, en casa, en los amigos, en las redes, y se "altera la percepción de lo que es real". Y ya tenemos el guerracivilismo instalado de nuevo.
Las conclusiones del Pew, mientras, no limitan las razones del problema al choque partidista sino que, con números muy similares, unos y otros hablan de la polarización política (11%), la falta de voluntad con quien tiene opiniones diferentes y comprenderlos (10%), la aceptación de la violencia (9%), o el papel de los medios y de las redes sociales (6%).
Hay declaraciones espeluznantes que apuntalan los números. "La división entre derecha e izquierda es mayor que nunca, así que no nos vemos como personas, sino como el enemigo. Cuando ves a alguien como un enemigo, puedes justificar muchas acciones terribles", dice un entrevistado de 30 años. "Mi generación y la siguiente creen que obtienen justicia mediante la violencia e incluso matando a quienes no están de acuerdo con ellos", dice otro, de apenas 20.
Un perfil complejo de definir
La Asociación Estadounidense de Psicología cita a Diego Reinero, doctor en psicología social e investigador postdoctoral de MindCORE en la Universidad de Pensilvania, para dibujar el posible perfil del agresor en este tipo de política y en su país, EEUU. El especialista ya avanza que es "difícil" tener un perfil único, porque cada caso tiene sus particularidades, como el de Cole Allen, el detenido por intentar atacar a Trump en la cena de corresponsales, quien dejó un manifiesto afirmando que iba a por el presidente por ser "pedófilo, violador y traidor".
Aún así, expone Reinero algunos rasgos que suelen repetirse, como el victimismo, la ira ante una injusticia percibida (colectiva o individual), la falta de "autoeficacia" en su vida, la desconfianza en las instituciones públicas, la falta de pertenencia social o, incluso, vulnerabilidades en materia de salud mental, que puede llevarlos a ser más manipulables, por ejemplo, ante la desinformación o las noticias falsas.
Suelen ser también personas "orientadas a la acción", que buscan "generar un cambio en su entorno" y que cargan con algún sentimiento de "indignación moral" (como las referencias de Allen al caso Epstein), con agravios personales, que buscan un estatus o reconocimiento o un deseo de identificación con un grupo.
A todo ello se suma, claro, que EEUU es un país donde es sencillo acceder a armas de fuego, donde hay más licencias que habitantes. Si están "demasiado disponibles" se dispara la posibilidad de que se usen.
Qué se puede hacer
Tanto el informe de Bloomberg como los de Brennan y los psicólogos colegiados coinciden en la dificultad para romper el círculo vicioso de la violencia política, porque el entorno está demasiado cargado como para que esa niebla deje ver el deseo popular de paz. Con sus roces, pero sin amenazas ni ataques. Los políticos en sí, con sus cargas partidistas, y las redes, que todo lo magnifican, son los principales obstáculos.
Si todos se confabularan para cambiar las cosas, dicen, ayudaría, aunque no sería suficiente. Apuestan por que se muestre un rechazo frontal a la violencia por parte de personas destacadas e influyentes, en vez de echar más gasolina al fuego, pero también por educar más en valores, invertir en seguridad y en salud mental, regular la tenencia de armas, revisar las leyes electorales para agrandar los presupuestos de prevención, proteger mejor la información privada de los servidores públicos y crear una red de detección y asistencia en las redes sociales, hoy un coladero.
Reclaman a las administraciones programas de desradicalización para posibles agresores -justo los que la Administración Trump ha dejado sin presupuesto- y mejores sistemas de detección temprana de los riesgos, muchas veces minimizados.
Todo ello necesita un caldo de cultivo más complejo y completo: que no haya por lo que enfadarse con un político, léase que apoyen el Estado de derecho, que haya justicia procesal, un trato justo a las minorías, la aplicación tajante de la ley, protocolos policiales que eviten la violencia... Cosas que calientan los ánimos, como se ha visto con la campaña de redadas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EEUU, conocido como ICE. "Finalmente, hay que tener el convencimiento de que las disputas se resuelven en las urnas y no a tiros", concluyen.
No es nuevo. En la Cámara de los Comunes de Reino Unido hay pintadas líneas rojas que los políticos no deben traspasar precisamente para evitar la violencia. Hoy EEUU es un país entero necesitado de líneas rojas y de voluntad de no traspasarlas. Si no, el ciclo de violencia recíproca se mantendrá y nadie sabe con qué consecuencias.