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18/12/2015 07:02 CET | Actualizado 18/12/2016 11:12 CET

De coches autónomos, drones y viajes al espacio (y 2)

naveElon Musk es una de las personalidades vivas más fascinantes, y no solamente está revolucionando la industria del automóvil, sino que muy pronto tiene pensado hacer lo mismo con la industria aeroespacial, e incluso con la energética.

Ilustración: Alfonso Blanco

Hace unas semanas concluí mi anterior post con un link al muy recomendable blog del escritor Tim Urban, que recientemente entrevistó a Elon Musk, el fundador de PayPal, Tesla y Space X, entre otras empresas. Como se desprende de la serie de posts que Tim Urban ha escrito sobre Musk a raíz de su entrevista, Elon Musk es una de las personalidades vivas más fascinantes. Y no solamente está revolucionando la industria del automóvil, sino que muy pronto tiene pensado hacer lo mismo con la industria aeroespacial e incluso con la energética.

Hace un par de años escribí en este blog con respecto a Amancio Ortega que la receta que explica su éxito casi inconmensurable consiste en mucho talento combinado con muchísima más suerte. El éxito de Elon Musk, alguien capaz de crear varios negocios multimillonarios en cadena, sea quizás el caso conocido en el que el equilibrio de los factores, talento y suerte, esté más decantado hacia el primero.

Tesla, la compañía fabricante de coches eléctricos sobre la que he escrito anteriormente y con la que Musk se propone igualmente liderar la revolución del coche autónomo, es probablemente la criatura de Musk que más cobertura de prensa está teniendo últimamente, pero la niña de sus ojos es sin embargo la menos conocida SpaceX, para la que Musk tiene objetivos de tan largo alcance que quizás contribuya con la misma a la salvación de la humanidad.

Permítame el lector elaborar la anterior afirmación, que Tim Urban explica perfectamente -en uno de sus posts de diez mil palabras dedicados a Elon Musk- con una apropiada metáfora. La Tierra es un lugar bastante menos seguro de lo que nos gusta pensar, y es razonable esperar que en los próximos treinta millones de años un meteorito como el que provocó la extinción de los dinosaurios vuelva a chocar contra nuestro planeta. Si bien es extremadamente improbable que, como individuos, presenciemos una catástrofe de este tipo a lo largo de nuestras vidas, es casi seguro que la humanidad en su conjunto se vea enfrentada tarde o temprano a una situación de este tipo. Si pensamos en la humanidad como en un ser humano, y en un millón de años como en un día, la situación a la que la humanidad se enfrenta es similar a la de una persona encerrada en un cubículo sobre el que de forma certera va a caer un relámpago en el plazo de un mes.

La situación anterior resulta bastante aterradora, y como humanidad es razonable que queramos tener la posibilidad de movernos a otro cubículo. Es decir, hacernos redundantes para asegurar el futuro de la especie. Pues bien, Musk tiene claro que Marte es ese otro cubículo, y se ha propuesto como misión contribuir a la colonización del mismo. El pensamiento convencional, ilustrado perfectamente por artículos como Coches pilotados, una interesante utopía y publicado recientemente en El HuffPost, pretende hacernos creer que semejante pretensión es absurda, pero afortunadamente, Elon Musk es inmune al pensamiento convencional. Y la forma en que Musk pretende contribuir a esta colonización de Marte es reduciendo el precio de los viajes espaciales en varios órdenes de magnitud.

Es por ello que Musk reinvirtió la fortuna lograda con la venta de PayPal en desarrollar los cohetes Falcon 1 y Falcon 9 en lugar de retirarse a una isla del Caribe, una apuesta en principio demencial, y que nadie había intentado antes, creando la primera startup de la industria aeroespacial viable, al lograr ser contratista de la NASA para el transporte a la Estación Espacial Internacional.

Musk ya ha logrado revolucionar la industria de varias formas. La elección de sus colaboradores, a menudo sin experiencia alguna en el mundo de la aeronáutica, y la casi total integración vertical de SpaceX (mientras que la mayor parte de actores de la industria optan por subcontratar todas las operaciones excepto el ensamblaje) han hecho levantar la ceja a más de uno, por no hablar del precio de 2.000 $/kg en órbita, que es ya el más competitivo en este mercado y que Elon Musk confía en reducir aún en un factor 10X combinando varias mejoras, más concretamente los cohetes reutilizables, tecnología en la que parece haberse embarcado en una carrera con Jeff Bezos, el fundador de Amazon, que hace solamente unas semanas publicaba su primer y espectacular tuit para celebrar el éxito de un ensayo de su empresa Blue Origin:

A los pocos minutos, Musk (que ya ha tenido un encontronazo con Blue Origin por el alquiler de unos terrenos en Cabo Cañaveral) felicitaba a Bezos, pero puntualizaba que se trata solamente de un ensayo suborbital, y que SpaceX ya ha logrado resultados similares que se propone repetir en vuelos espaciales.

En efecto, la situación actual para transportar material al espacio supone algo parecido a enviar un A320 al espacio por cada lanzamiento, sin la posibilidad de recuperarlo. Imagine el lector solamente el precio de un vuelo a Londres si el avión fuese inutilizable al llegar a Heathrow, y piense luego que esa es sustancialmente la situación actual cuando se trata de enviar un astronauta al espacio.

La batalla entre estos titanes promete pues ser tan apasionante como la Guerra de las corrientes que enfrentó a Nikola Tesla y Thomas Edison hace ciento treinta años. Y el resultado de esta bendita guerra industrial, si Dios no lo remedia, será que viviremos para ver como una posibilidad real el ir a la Luna a pasar un fin de semana.