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21/07/2014 07:05 CEST | Actualizado 19/09/2014 11:12 CEST

Es oficial: la política nos hace más estúpidos

El profesor Dan Kahan sostenía, provocadoramente, que los escépticos ante el cambio climático no lo son por mera ignorancia sino porque desean estar en fase con los de su parroquia. ¿Pero cómo demostrarlo? Su estudio nos permite anticipar que ciertos debates y ciertas prácticas periodísticas persistirán mientras los ciudadanos construyamos nuestra identidad en relación a lo que piensen quienes nos rodean.

Un reciente artículo del periodista y bloguero Ezra Klein en la web Vox.com se hacía eco del que puede ser uno de los estudios más importantes de los últimos tiempos, llevado a cabo por el profesor de Yale Dan Kahan.

El profesor Kahan y sus colaboradores se plantearon la cuestión siguiente: si la opinión pública estuviera mejor informada, ¿se podrían excluir ciertos asuntos del debate político? Kahan y los autores del estudio estaban pensando en el cambio climático, para el que cada día que pasa hay mayores evidencias y con todo en Estados Unidos es objeto de debate, por lo que es relativamente fácil anticipar en aquel país que si alguien es de derechas dudará casi sistemáticamente que el cambio climático sea un problema. Quiero pensar que en nuestro país este debate está menos politizado y que incluso en la derecha la opinión de que el cambio climático es real es mayoritaria: un 85% de nuestros ciudadanos creen que el cambio climático es un problema, y 3/4 de los mismos creen que este problema está provocado por la actividad humana, pero nuestro presidente del Gobierno y su primo son de una opinión distinta.

Alguno de los colaboradores de Kahan partían del principio de que un mayor nivel de información haría cambiar de opinión a Rajoy, a su primo y a otros escépticos. Kahan dudaba al respecto, ya que la información en éste y en otros asuntos ya es abundante y resulta fácilmente accesible. Kahan sostenía provocadoramente que los escépticos no lo son por mera ignorancia sino porque desean estar en fase con los de su parroquia, que son mayoritariamente escépticos. ¿Pero cómo demostrarlo?

Kahan y su equipo sometieron a un test a una muestra de más de mil personas, a las que se les hacían preguntas sobre su orientación política, su habilidad matemática y a continuación se les mostraban tablas de datos en una matriz muy simple de 2x2.

En algunos casos los datos contenidos en la tabla no tenían connotación política alguna. Por ejemplo, se explicaba a los individuos de la muestra que cierto laboratorio ha desarrollado una pomada para tratar picores, y que un ensayo clínico de la pomada arrojó el resultado siguiente:

A priori puede parecer que el picor de más personas mejoró con el uso de la pomada. Una observación atenta de los datos permite sin embargo darse cuenta de que la proporción de pacientes que mejoraron con la pomada es ligeramente inferior a la del grupo de control que no la usó, y sobre todo que la proporción de los que empeoraron entre los que usaron la pomada (un 25%) es sensiblemente mayor que en el grupo de control (un 16%). Los datos en cuestión demuestran por lo tanto la ineficacia de la pomada para tratar picores.

Ante tales preguntas, el estudio de Kahan demostró que los individuos con habilidades matemáticas eran consistentemente mejores en llegar a las conclusiones adecuadas que los individuos con pocas habilidades matemáticas, lo que no resulta en absoluto sorprendente. Pero Kahan sometió a sus cobayas humanos igualmente a una versión politizada de la tabla de datos 2x2: en lugar de hablar de la eficacia de una pomada se les preguntaba sobre la eficacia de una política de control de armas en dos ciudades, comparando la criminalidad en una ciudad en la que se introdujo una prohibición de armas con respecto a una ciudad en la que no se introdujo prohibición alguna, o bien al contrario (una ciudad en la que se levantó una prohibición de armas con respecto a una ciudad en la que se mantuvo la prohibición de las mismas).

En el problema politizado, Kahan vio que la tendencia política era un predictor mucho mejor de la respuesta que la habilidad matemática de los encuestados para evaluar los datos. Un individuo de izquierdas sería pues extraordinariamente bueno resolviendo el problema si los datos apuntan a que la prohibición es efectiva y extraordinariamente incompetente resolviendo el problema si los datos muestran lo contrario. De hecho, entre los individuos con menor habilidad matemática las respuestas variaban menos (un 25%) que entre los individuos altamente competentes en matemáticas, que eran hasta un 45% peores resolviendo el problema si éste no se ajusta a su ideología que cuando sí lo hace. Si las cuestiones tratadas tenían relación con el cambio climático, el efecto era similar, refrendando así la intuición inicial de Kahan.

Me divierte pensar las preguntas que Kahan y sus colaboradores hubieran podido plantear si su estudio se hubiese hecho en Francia, España o en Cataluña. En Francia podría usarse una tabla de datos como la de la pomada para valorar la eficacia (o ineficacia) de cierta política anti inmigración. En España se podrían mostrar datos de dos países, uno con un gobierno republicano y otro con un gobierno monárquico, y seguramente la posición personal del encuestado en este tema orientaría las respuestas con independencia de lo que diga la tabla. O de dos ciudades costeras: una favorable a realizar prospecciones petrolíferas y otra favorable a prohibirlas, por ejemplo. O bien se podría mostrar una matriz 2x2 con datos de israelíes y palestinos, y las respuestas serían con seguridad respondidas en relación a la simpatía que el encuestado tenga por uno u otro bando. En Cataluña los autores del estudio podrían comparar los datos financieros de un país recién independizado con respecto a los de su antigua metrópolis, y los independentistas valorarían positivamente los primeros, aunque los datos fueran peores y los independentistas tuvieran conocimientos financieros. Y los no independentistas harían posiblemente lo contrario, por supuesto.

Es posible que para un periodista serio las conclusiones de este estudio sean bastante deprimentes. Por ejemplo, durante una huelga general ¿tiene sentido intentar valorar objetivamente los datos de movilización? ¿ O vale más posicionarse de antemano con respecto a lo que opine mi parroquia sobre el gobierno de turno? Pensemos que si a los de mi tribu les gusta el actual Gobierno desdeñarán las movilizaciones independientemente de lo que digan los datos, es más, si informo de una movilización masiva mis lectores se sentirían traicionados. En tal caso, nada me impediría escribir mi crónica antes incluso de que la movilización se produzca.

El estudio de Kahan nos permite pues anticipar sin miedo a equivocarnos, y como muchos ya intuíamos, que ciertos debates y ciertas prácticas periodísticas persistirán mientras los ciudadanos construyamos nuestra identidad en relación a lo que piensen quienes nos rodean. Así las cosas, el que crea que la verdad siempre se abre paso será probablemente poco apreciado por los de su propia parroquia si por azar la verdad se encuenta en la de enfrente.