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01/03/2013 08:32 CET | Actualizado 30/04/2013 11:12 CEST

El cambio de discurso político en las elecciones italianas

Los italianos han comprendido y se han hecho cargo de la mala situación en la que ya se encuentra el progreso. Frente a un Monti que prometía el futuro como recompensa de las penas del presente, se han inclinado mayoritariamente por un Beppe Grillo que reivindica la vida en el presente.

Hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que el progreso ya no es lo que era, que no funciona con las fuerzas de antes y que se encuentra convaleciente. Tanto que ya ni siquiera nos atrevemos a reivindicarlo, como si fuera un moribundo al que mejor dejar en paz, que es una manera de dejarnos en paz a nosotros mismos. Ante las promesas de futuro, invocamos: ¡Virgencita, que me quede como estoy!

Las llamadas de atención sobre la situación del progreso vienen dándose desde hace más de un siglo. Cabe situar a Nietzsche a la cabeza de los mismos y recordar los originarios -por su retórica tecnoprimitiva- alaridos punk, hasta llegar a la caída del muro. Allí, entre los pedruscos, parecía que también se derrumbaba el progreso. Paradojas de la felicidad: la libertad ganada por unos abría un panorama de incertidumbre.

Los italianos, en su penúltima convocatoria electoral -pues parece que el resultado principal es que hace falta otra convocatoria electoral- han comprendido y se han hecho cargo de la mala situación en la que ya se encuentra el progreso. Frente a un Monti que prometía el futuro como recompensa de las penas del presente, se han inclinado mayoritariamente -en número de votos- por un Beppe Grillo que reivindica la vida en el presente, en el compromiso en el día a día, sin tener que esperar a lo que estará por venir, especialmente cuando el futuro es más amenazante que halagüeño. La acción se realiza ahora para ahora. Una extensión del presente en todos sus niveles. Se piensa más en la supervivencia de lo existente, que en las expectativas del porvenir.

Como puede comprobarse en su blog, en el discurso de Grillo tienen un lugar protagonista los jóvenes sin futuro. Habla a los que no tienen futuro que conservar porque carecen de él, a los que, estando sin presente, utilizando las propias palabras del político, necesitan empezar por recuperar éste.

Berlusconi, cuyos resultados han sorprendido a Europa, representa el pasado, el agarrarse a una especie de genotipo situado en la noche de los tiempos de la identidad cultural-nacional, al "los italianos somos así porque siempre hemos sido así". Cuando el futuro es incierto, también el pasado busca su oportunidad como refugio, como una manera de encerrarse en la cueva. Bersani, con su eslogan L'Italia giusta, procuraba situarse en el equilibrio. Entre unos y otros. Dados los resultados alcanzados, está claro que, como ganador minoritario en escaños, tendrá que hacer grandes equilibrios. De alguna manera, el secretario del Pd sigue representando la confianza en el progreso, en la posibilidad de obtención de unos valores ampliamente consensuados, como la propia justicia social. Bersani sigue siendo el político de la modernidad, en un escenario realmente pintoresco de liderazgo político: un actor, un empresario de dudoso comportamiento moral.

Es cierto que las dos alternativas que aún se encuentran en el discurso del progreso, Bersani y Monti, son muy distintas. El primero es el progreso de la Humanidad, del sujeto que transforma el presente en pos de un potencial horizonte mejor. En el fondo, es el progreso que dibuja un mañana, que será mejor que el hoy y que nos espera. El progreso de Monti es el de la tecnocracia, más atento a las dimensiones (macroeconómicas) que a las emociones y los problemas. El que plantea: hay un problema y yo conozco las técnicas para solucionarlo. Es el progreso de los expertos. Es el progreso que no repara en los sacrificios del presente, en lo que haya que amputar. Hace un par de siglos, era el sacrificio en vidas que levantaba ciudades, abría canales, movía montañas y trazaba vías de tren. Fue el sacrificio de la modernidad. Hoy este discurso tiene muy pocos oyentes.

Los italianos nos han mostrado su distancia del progreso y el futuro. Al menos, de esa idea del progreso que propugna el perder ahora algo, para poder ganar mañana mucho. Parece que han dicho: venga el futuro que venga vamos a perder, por lo que es mejor ganar el presente o, al menos, conservarlo. La resistencia no es contra la situación presente, es a favor del presente, de los que necesitan recuperar el presente, tener un presente. Sólo teniendo un presente, se piensa, puede empezar a pensarse en el futuro.

Tal vez estemos asistiendo a una transformación esencial del discurso político. Algo que va más allá de los líderes que lo pronuncian. La fuerza del discurso político ya no está en el futuro sino en el presente o, en el peor de los casos, en el pasado, en forma de nacionalismos o regresiones locales y localistas. Pero tal vez eso sea una excesiva proyección sobre un caso más cercano.

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